Ellas fueron mis primeros pendientes. Rojas, dulces, brillantes y carnosas, colgaban de mis infantiles orejas supliendo ese adorno de oro o de plata que llevaban otras niñas con las que jugaba. Como no me hicieron los típicos agujeritos al nacer, estuve algunos años luciendo pendientes sólo en tiempo de cerezas, cuando ellas aparecían, allá por junio, en el Valle del Tiétar. Quizá sea por eso...