Un dios libre

Grandes manadas de antílopes se acercan con sigilo a las oscuras aguas del lago. El miedo a ser devorado por un cocodrilo les obliga a permanecer juntos y expectantes. Flamencos desfilan altivos junto a la orilla. Un gran pelícano blanco intenta capturar varios pececillos que, siendo mucho más rápidos, escapan de su pico. Un gran grupo de hipopótamos camina con la seguridad que les da saber que ningún animal se atrevería a acercarse a ellos. Uno de los hipopótamos se queda rezagado, observando a su alrededor. Poco a poco, la manada va alejándose y, en vez de acelerar el paso, el hipopótamo camina mucho más despacio hasta llegar a parar. Sabe que debe seguir a su grupo, pero decide no hacerlo. Gira la cabeza y comienza a caminar en dirección contraria. Ninguno de los demás hipopótamos parece haberse percatado de las intenciones de su compañero.

Durante el día se refugia en el lago, muy lejos ya de su manada; el fango le protege del asfixiante calor manteniendo su piel húmeda. Sumergiéndose en el agua, juega con los peces que nadan tranquilos a su alrededor. No parece echar de menos a los demás hipopótamos.

Un fotógrafo lo observa en la orilla de un río, pero parece no preocuparle en absoluto. No se oculta, como si quisiera que el fotógrafo le retratase. Camina por senderos donde otros como él jamás lo hubieran hecho. Al atardecer, dormita tumbado en un puente de piedra. Los pocos transeúntes que se lo cruzan huyen presas del pánico al pensar que esa bestia puede llegar a atacarlos, aunque eso parece estar lejos de su intención.

Han pasado varios meses y el hipopótamo continúa su marcha. La escasez de agua del río le obliga acercarse a las aldeas cercanas en busca de alimento. Algunos aldeanos huyen despavoridos; otros temen que, en cualquier momento, irrumpa en sus casas, destruyéndolas, pero en su mayoría los indios de la zona adoran a Hubert, nombre con el que ha sido bautizado. La tranquilidad que emana cuando es avistado se contagia en la población, creyendo muchos de ellos que es una reencarnación del rey Shaka. Su soledad voluntaria es motivo de discusiones entre la gente de las ciudades y aldeas por las que pasa. Sigue su caminar lento, alejándose de cualquier atisbo de lucha, haciendo que en los feligreses de los templos de la zona lo vean como una deidad.

Al amanecer de una lluviosa mañana, varios muchachos zulúes se disponen a realizar una emboscada para atrapar a Hubert y acabar con esa temible bestia, causante de ese terror ancestral que provoca lo desconocido. Permanecen agazapados detrás de unas grandes rocas, cerca de la cascada del río. Se mueven sigilosamente, arrastrándose. Cuando creen estar a salvo de la bestia, pero lo suficientemente cerca como para poder dañarla, lanzan varias piedras que rozan la piel del hipopótamo sin hacerle el menor daño. Ladea la cabeza en busca de sus atacantes, pero permanece inmóvil. Sabe que su sola presencia es suficiente para hacerles huir sin necesidad de responder al ataque. Mueve ligeramente una de las patas e, inmediatamente, uno de los chiquillos corre despavorido gritando que la enorme bestia les persigue. El otro permanece petrificado. Pasan varios minutos y el hipopótamo voltea la cabeza, haciendo caso omiso del asustado muchacho, aprovechando este para salir corriendo tras su amigo. Días más tarde, se rumorea en el pueblo que unas enormes piedras cayeron sobre esos dos desgraciados, muriendo en el acto. El rey Shaka se ha vengado. Esas historias corren entre los aldeanos. La mayoría extasiados ante la presencia de Hubert, que prosigue su viaje.

Una tarde de primavera, atraviesa una gran explanada, sin árboles ni animales. Recorre el sendero muy despacio, observando a varias personas que no dan crédito a lo que están viendo: un hipopótamo ha invadido su campo de golf. Sigue caminando, atravesando el campo, totalmente ajeno a las reacciones que provoca a su paso.

Pasan los mesesy los años y muchas noches se aproxima a las aldeas observando las reacciones de sus habitantes. La mayoría camina cabizbaja, deprisa, rehuyendo miradas. No hablan, no escuchan. Son seres vivientes, que no saben dónde deben ir, ni qué deben hacer, pero cuando están cerca de Hubert sus ojos brillan. Sienten que están ante un ser diferente, digno del mayor de los respetos. Nadie sabe por qué está realizando esa travesía, cuánto durará ni a dónde le llevará, pero deben protegerle. Y lo intentan.

Pero Hubert no puede llegar a su destino, sea el que sea. Almas oscuras están deseando acabar con él. Tienen miedo de un ser que ha decidido cambiar, que ha decidido no seguir al grupo y vivir por su cuenta. ¿Por qué?, se preguntan muchos. ¿Y por qué no?, se preguntan otros. La respuesta a esa pregunta son seis disparos que consiguen acabar con la vida de Hubert.

La naturaleza libre de Hubert había chocado contra los cañones de los que nunca entendieron la naturaleza y nunca fueron libres.

Y en ese momento descubrieron que Hubert era Huberta, y es lo único que han podido averiguar, porque es un alma salvaje que durante toda su vida hizo lo que pudo con lo que tenía.