Mi amigo Víctor
Víctor J. fue siempre un joven muy curioso. Nacido a finales de los años cincuenta del siglo pasado, ya de niño estaba todo el día preguntando en su casa y en la escuela el porqué de las cosas. Los libros que más le atraían eran aquellos que explicaban cómo funcionaban las máquinas, cómo era el cuerpo humano por dentro y por qué las personas del hemisferio sur no caían al espacio al estar boca abajo.
De adolescente tuvo la suerte de conocer la música moderna gracias a su hermano mayor, Salvador, que trabajaba en una joyería del centro de la ciudad, situada a escasos metros de la única tienda de discos de la capital. Así, tuvo la suerte de conocer y disfrutar desde muy joven de los discos de grandes del rock, el blues y el soul que traía su hermano a casa. Artistas como los Rolling Stones, los Beatles, James Brown, Otis Redding, Aretha Franklin, B. B. King, etc. llenaban su tiempo de buenas vibraciones, que le insuflaban sensaciones hasta entonces nuevas para él. Su hermano Salvador también traía a casa discos de los mejores grupos españoles modernos (la palabra moderno, entonces, estaba mal vista por muchos): Los Sirex, Relámpagos, los Brincos, el Dúo Dinámico, los Mustang…
Para contrarrestar un poco tanta “modernura”, el joven Víctor J. se veía de alguna forma compelido a escuchar la música que sus padres oían en la radio o en un pequeño picú (así llamaban algunos entonces a los primeros tocadiscos) que había en la casa. Las grandes de la copla y el flamenco de la época, junto al cantante de origen cubano Antonio Machín (que le encantaba a su madre) desfilaban por las ondas y los surcos de los discos, dando un poco de color y compañía en esa oscura y triste época del tardo-franquismo.
Entre unos y otros Víctor J. conformó la que sería la banda sonora de su vida, una banda sonora que se convirtió, con el tiempo, en algo más que simples sonidos de fondo, sino en una compañera importante y fundamental en su vida. De hecho, su padre, Pedro, se extrañaba de que el joven Víctor J. necesitase la música para hacer cualquier actividad. “¡Hay que ver este niño, que estudia con música, va al baño con música, ayuda en la casa con música y lo hace todo con música!” exclamaba a menudo.
Aunque parecía que su padre no estaba muy conforme con esa afición, lo cierto es que en cierta ocasión en que nuestro personaje estaba recuperándose de una enfermedad en casa, y dado que siempre fue un buen estudiante, para consolarlo, le hizo un regalo que envenenó desde entonces toda su existencia: una guitarra española.
Y lo primero que hizo el joven Víctor J. fue cambiar las cuerdas de nylon por otras metálicas, para intentar emular los sonidos de sus héroes de entonces: Bob Dylan, Neil Young, Muddy Waters y otros artistas negros de blues y soul.
Víctor J. siempre fue un niño muy bueno y se creía a machamartillo todas las enseñanzas que recibía, también las religiosas. La Iglesia católica, que apoyó desde el principio el golpe de estado que aupó al dictador Franco al poder, tomó un papel relevante en la educación de los niños y niñas de la época, imponiendo una moral castrante, restrictiva y punitiva que tenía coaccionada a gran parte de la población. Casi todo era pecado o estaba mal visto, sobre todo para los pobres y, especialmente, las mujeres.
Así, con esos mimbres, Víctor J. no entendió un día como sus padres le recriminaron que tocara la guitarra en casa siendo Viernes Santo, ya que lo que sonaba en la radio era la hora del Ángelus, marchas militares y música procesional. Bueno, eso no casaba muy bien con la rebeldía, la libertad y la explosión de sentimientos que traía el Rock and Roll y Víctor J. empezó a cuestionarse algunas cosas.
Menos mal que con la llegada de la democracia a mediados de los años 70 hubo una explosión social, sobre todo entre la juventud, que demandaba libertad y nuevos usos y costumbres. El corsé de la educación recibida hasta entonces saltó por los aires y, poco a poco, nuestro joven empezó a desprenderse de todo lo que le constreñía y ataba. Y la música fue el vehículo principal para esa liberación, que anhelaba otra forma de entender la vida.
Pronto descubrió que el régimen censuraba todo atisbo de pensamiento crítico, de alusión al sexo, a las ansias de libertad o a salirse del tiesto reaccionario en que habían metido a la población. Al escuchar esa “música del diablo”, ver películas sobre el rock y sus grandes festivales (Monterey Pop, Bangla Desch, Woodstock, etc., al descubrir los textos y mensajes que transmitían y, sobre todo, las emociones que despertaban, Víctor J. encontró la horma de sus zapatos y sufrió, por decirlo de alguna manera, un cambio radical en su carácter y personalidad.
Y así sigue, muchos años después y desde que le conozco, pero sufriendo con el reguetón, el flamenquito mal entendido y las estrellitas de pop dulzón y trivial, donde priman la imagen y los ritmos prefabricados y machacones de lo “moderno” de ahora. Y ahí tiene el dilema.
En la actualidad, Víctor J. que se declara agnóstico y no creyente, es, sin embargo, una persona que defiende y practica el humanismo cristiano, no el montaje que la jerarquía de la iglesia ha montado de forma unilateral, dogmática y excluyente. “Por eso -dice- si la ayuda ingente que se le da a la Iglesia y sus adláteres se dedicara a la cultura, en general, y a la música, en particular, otro gallo nos cantaría”.
También considera que mucha de la música que se consume (nunca mejor dicho) en la actualidad tiende a idiotizar a la población y convertirla en mera masa consumista. Por eso, piensa que es más necesario que nunca que, tanto a nivel personal como colectivo, consideremos a la (buena) música, sea del tipo que sea, una actividad cultural fundamental, con sus valores artísticos y estéticos, dedicándole más y mejor atención, también por parte de los poderes públicos.
Y les aseguro que Víctor J. está convencido de lo que dice. De hecho, una vez me espetó con firmeza y rotundidad: “También somos lo que escuchamos” y me dio qué pensar. Si todos nos ponemos a ello, seremos conscientes del tipo de emociones y sensaciones que una escucha musical atenta y profunda produce, que nos puede llevar a territorios para muchos insospechados de disfrute e, incluso, de alimentación espiritual.
Gracias Víctor J. por ser mi amigo.