Casuarina
Tengo tras el ventanal una casuarina; árbol de la tristeza lo llaman. Sus ramas, movidas por el aire, juegan con mis cortinas a las sombras chinescas.
Tengo tras el ventanal una casuarina; árbol de la tristeza lo llaman. Sus ramas, movidas por el aire, juegan con mis cortinas a las sombras chinescas.
El siglo XX comienza con Salvador Rueda en la cumbre de su trayectoria literaria; y así seguirá durante los primeros veinte años del novecientos. Aunque, a nivel personal, padeció la herida incurable de la muerte de su madre (1906) y de su hermano José (1915); a nivel artístico se vio ampliamente reconocido llegando al culmen con los viajes que realizó a Hispanoamérica y Filipinas. Aclamado y laureado como poeta de la raza. Salvador Rueda vivió los momentos más gloriosos de su vida.
La última década del siglo XIX se inicia garantizando la estabilidad económica de Salvador Rueda, quien ya tiene puesto fijo como Jefe de Negociado de la Dirección General de Instrucción Pública (1890) y poco después en 1894 será promocionado como Facultativo de Archivos y Bibliotecas. Con la confianza que ofrece el tener sueldo asegurado, Rueda se vuelca en cuerpo y alma a la creación literaria. Para cuando acabe el siglo estará en la cumbre de su carrera.
Arquitectos y obreros de construcciones efímeras, los niños juegan en ese límite entre lo húmedo y lo seco, frontera de espumas y sal que el mar traza a sus pies.
Parece ser que fue a instancias del poeta y político D. Gaspar Núñez de Arce cuando, nombrado ministro de Ultramar en el gobierno de Sagasta (1882-1883), es llamado Salvador Rueda a trabajar en La Gaceta de Madrid. La inicial simpatía de Núñez de Arce por Rueda irá evolucionando hacia una amistad y una relación paternofilial con buenas dosis de maestrazgo. Núñez de Arce tutelará literariamente a Salvador, le instruirá y abrirá las puertas al mundo literario de la Corte.
Un científico tiene una gran idea para que su hijo de 7 años se distraiga y deje de distraerle. Coge una revista que tiene sobre su mesa, y arrancando una de sus páginas en las que se representa el mapa del mundo, la corta en pedacitos desiguales y se los da al chiquillo para que lo recomponga.
Por las noches, ya en la cama, se ponía la caracola al oído para escucharla hasta quedarse dormido. Al sonido de la caracola aparecían los sueños. Pero ocurre que, a veces, entre estos sueños se cuela alguna que otra pesadilla.
Sueño, pesadilla y realidad se mezclan hasta que Salvador Rueda descubre que de esos materiales también saldrá algo bueno. Y así será, porque pronto la vida pondría en su camino a esa otra persona que le ayudaría, ese otro ser benefactor será Narciso Díaz Escovar.
Parece que en la niñez el tiempo pasara despacio, que los días son inacabables, que hay lugar para todo. Tiempo para perderse en el ensueño que brinda el horizonte marino; tiempo para observar los nidos de perdices, abubillas, o verderones. Tiempo para escuchar los cuentos de la madre y los consejos del padre; tiempo para jugar con sus hermanos Ubalda y José. Pero en ese tiempo lento y armonioso, Salvador comienza a vislumbrar una nube.
Llega el verano con su aliento de fuego. Son días estos en los que una no tiene ganas de nada; en los que hasta el aire parece materializarse y el cuerpo se hace pesado.
¿Creéis en las hadas? ¿En los ángeles de la guarda? ¿En esos seres benéficos que a veces parece que os acompañan para facilitaros el camino? Pues en la vida de Salvador Rueda se les puede ver. Aparecen y lo guían, lo acogen y aconsejan. El primero de estos seres benefactores fue el padre Robles.