Tantos años de amor
"53 años ya. 53 eneros respirando el mismo aire, al calor del mismo sol; mirando los mismos paisajes, sintiendo los mismos miedos, el mismo frío y el mismo calor"
Fue un día como hoy, frío, ventoso, con nubes de paso que ocultaban, a ratos, el sol de un sábado de enero que prometía ser intenso, ilusionante, inolvidable. 53 años atrás, a esta hora de la mañana ella se retocaba el flequillo en el espejo, y salía a recoger, nerviosa, las flores que llevaría en la mano: tres rosas de color rosado, casi cerradas, con un tallo largo sin espinas y un lazo blanco y suave, como el vestido de novia que luciría después. Tras siete años de amor y de espera, ella y él llegaban al santuario con cara de circunstancias, sonrientes, entre montones de caras conocidas y los acordes solemnes del órgano que interpretaba la Tocata y Fuga de Bach. Iban a responder, por fin, a la pregunta soñada. Y los dos dijeron que sí.
Precioso principio para el tiempo intenso que vendría después. Un tiempo que empezaba con ese primer viaje solos a sierras de cumbres nevadas. Allí, descarnando raíces, paseaban entre pinos por senderos verdes y helados. Con las manos frías; con el corazón ardiendo. Ella recuerda siempre la casita con chimenea donde, al calor de las raíces y de las piñas ardiendo, entre miradas furtivas charlaban sin prisa con aquellas personas sencillas, entrañables, que te lo daban todo a cambio de nada: el mejor jamón, el mejor pan, las manzanas de su huerto y ese vino espeso, que hacían ellos mismos, que raspaba la garganta y calentaba el alma. Un coche blanco les llevaba, obediente, de pueblo en pueblo, acercando la ilusión nueva a los paisajes viejos y a otros afectos.
Después, la casa recién pintada, con tazas de cristal y platos de flores en la cocina; con sábanas bordadas, cojines en el sofá y muebles alegres que olían a nuevo. Flores en el balcón, libros de él y de ella, música compartida y fotos de boda aquí y allá. Y un reloj de cuco que cantaba para ellos las horas felices. Empezaba otro tiempo, una vida en común. Las rosas rosadas se fueron abriendo a soleadas mañanas de estreno, entre desayunos en las tazas de cristal, charlas interminables en el sofá, y paseos por las calles de su vida nueva. Lo cotidiano se hizo para ellos importante, y estrenando toallas, manteles y costumbres, sus almas se acercaban más y más. Mientras, el reloj de cuco marcaba, imparable, las horas, los días, los meses, los años… 53 años ya. 53 eneros respirando el mismo aire, al calor del mismo sol; mirando los mismos paisajes, sintiendo los mismos miedos, el mismo frío y el mismo calor. Haciendo la compra, poniendo lavadoras; enseñando a andar a los niños; dormitando en el sofá. Soportando lo triste; disfrutando lo alegre. Trabajando, compartiendo, renunciando, recibiendo, vibrando, empapándose de vida. Latiendo sus corazones a compás.
¡Ay!, el tiempo avanza con cenizas, con aire y con agua… El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa, decía Neruda.
Y el tiempo seguía pasando. Días felices para recibir a los que llegaban; días difíciles para despedir a los que se iban marchando. Bodas, bautizos, comuniones, enfados y desenfados; veranos, inviernos, viajes y amigos alrededor. Los niños crecían, se hacían mayores; crecía también la complicidad entre ellos y, siempre, con el amor a cuestas, maduraban a un tiempo, moderaban los impulsos y aceptaban serenamente, sin resentimiento, las imágenes que les devolvía el espejo.
Hoy, 53 años después, han desayunado como siempre, en las mismas tazas y a la luz de la misma ventana. No han cenado con velitas ni se han hecho regalos especiales; han sacado al perro, han comprado el pan y han paseado al sol recordando aquel sábado de enero que les llevó a compartir habitación, sofá, periódico, libros, música, cocidos castellanos y el esplendor de todas las primaveras. Él dice que no cambiaría casi nada de lo vivido; ella, si acaso, cambiaría la fecha de la boda, que hubiera preferido en verano, con viento terral, con jazmines el pelo y música de vencejos. Con noches de boda con las ventanas abiertas a la luz plateada de la luna de miel.
Si ella escribiera en un periódico como este, utilizaría su altavoz de palabras de papel para pregonar a los cuatro vientos lo que siente. Y le diría al chico de la mirada limpia que para hablar de él no necesita las musas, que la prosa brota imparable, atropelladamente, y tiene que esforzarse para frenar la vehemencia del sentimiento y no caer en el exceso. Que después de más de cincuenta años compartiendo vida, sigue pensando que fue una suerte mirarle, y que él la mirara a ella. Y aunque el viejo cuco se cansó de cantar las horas, le gusta sentir que el tiempo sigue pasando para ellos con la intensidad de siempre, y que está más segura que nunca de que quiere seguir mirando con él el mismo reloj. Que fue una suerte compartir las flores de los almendros…
Y tantos años de amor.