El ahora es la noche

No es la noche oscura de San Juan de la Cruz; ese cántico espiritual en el que el alma mística, liberada del tormento, al fin puede alzar el vuelo y hacerse una con su creador.

Tampoco voy a hablaros de Hegel; no soy quien porque, sencillamente, no lo he leído más que a través de otros;  le he tomado prestada  la frase con que doy título a estas líneas porque de algún modo me ha intrigado; se ha puesto a dar vueltas en mi cabeza sin parar. Así que la hago mía, y que Hegel me perdone.

A los que les van las fiestas y las juergas seguro que le encuentran significado rápido; porque efectivamente el día a día; el ahora, la vida misma, ha devenido en absoluto fiestorro. Y no porque sea verano; que estamos sudando cual botijos y ya nos están vendiendo las navidades; es el ahora que se perpetúa en reclamos para todos los gustos. La fiesta está asegurada; quien no se lo pase bien es porque es un esaborío o una esaboría, dicen a coro. Y a nadie le gusta que le llamen eso; así que todos a reír; a disfrutar y a subir fotografías a cualquier plataforma para que los demás vean lo bien que lo pasan. “Yo para ser feliz quiero un camión” cantaba Loquillo en los años ochenta, cuando la Movida todavía cerraba los locales con el sol puestecito.  Ahora, de sol a sol y de luna a luna se fiestea.

Pero no; la frasesilla de marras no creo que vaya por ahí. El ahora es la noche, para mí que tiene otra enjundia. Imaginemos la noche, no la que vivimos rodeados de luces por todas partes, sino la noche. La oscuridad total; ese lugar donde no ves más allá de tus narices; la noche oscura, negra y cegadora. Si el ahora es el lugar donde nos encontramos, el momento en el que se vive, la frase ya empieza a tener sentido: Estamos ante  una oscuridad total.

Con ojos vendados y cegados va parte del mundo a más de cien por hora conduciendo el camión de la falsa felicidad. Ciegos y borrachos de vértigo, sin tiempo ya, porque todo es ahora, sin reflexión y sin capacidad de análisis, se comparten opiniones fugaces, enlatadas, extraídas de acá y de allá que sólo suman más oscuridad.

Como todo es ahora; la mirada al pasado, la historia personal y colectiva, deja de tener importancia; y esa mirada, la que puede llegar a iluminar y hacer comprender nuestro presente para que, con confianza, sabiendo de nuestras raíces, de nuestros logros y de nuestros errores podamos caminar hacia el devenir; esa mirada, al quedar clausurada, se vuelve estéril. Ciegos, sin conocimiento del pasado, nos quedamos sin historia y negamos nuestra participación en la historia futura.

Y así nos va, así nos está yendo. Ciego país en el que su historia más reciente ha sido negada y silenciada hasta el punto de que gran parte de la juventud no conozca ni por asomo lo que ocurría no hace siquiera un siglo; hace cuatro generaciones, apenas cinco.

Ciego continente, ciega Europa, raptada no por un dios del Olimpo, sino por el becerro de oro de la codicia. Ciego continente en el que se ha vertido y ha vertido tantísima sangre. Sangre de millones de hombres, mujeres y niños que pasaron al olvido al brillo de los regalos del raptor.

Dice el mito que una vez raptada Europa por Zeus y después de engendrar con ella, le hizo varios regalos; un collar de oro, un enorme autómata de bronce, Talos, que se encargaría de custodiar sus fronteras; una jabalina que nunca erraba y un perro cazador que nunca soltaba su presa.

Qué ironía que el mito haya llegado a tener un significado tan abrumador convirtiéndose en realidad tangible; y la vieja Europa, cegada por el oro, la frivolidad y la opulencia, descubra abrumada que no tiene nada; que guardián, jabalina y perro están en manos de otros; y que, ahora, le exigen hasta el collar.

Sólo hay que ver la reciente fotografía en la que algunos mandatarios europeos, se sientan, aplicados como escolares ante el mapa de Ucrania que Trump les muestra; cómo asienten con sus cabecitas a las exigencias del mandatario norteamericano; o la actitud de avestruz que ha tomado ante el genocidio en Gaza.

Europa está secuestrada, vieja y enferma, quizás padezca también el síndrome de Estocolmo.

Sí, creo que El ahora es la noche. Por mucha luminiscencia que haya en las ciudades; por muchos vatios que consumamos en los hogares; por muchos fuegos artificiales que se lancen a los cielos; por mucha fiesta que nos oferten; por mucha felicidad que quieran vendernos; estamos ante la noche más oscura. Ya quisiera yo que fuese la de San Juan de la Cruz.