Cuba sobrevive degradándose

Cuba no se encamina hacia una transición ordenada ni hacia un colapso inmediato. Tampoco hacia una explosión revolucionaria clásica. El escenario más plausible, y quizás el más inquietante, es otro : un régimen capaz de sobrevivir mientras el país se degrada. Cuba es una erosión prolongada y administrada desde arriba en la que el Estado conserva el control mientras la sociedad se empobrece, se apaga y emigra. En este contexto, una pregunta comienza a circular con insistencia en ciertos círculos políticos y mediáticos : ¿puede Cuba convertirse en el próximo escenario de una intervención externa al estilo de Venezuela? Responder a esa cuestión exige separar la retórica política del análisis estratégico y evitar un error recurrente en la lectura del caso cubano : confundir debilidad con vulnerabilidad. Cuba está hoy objetivamente debilitada, pero no necesariamente expuesta a una intervención externa directa, y esa diferencia es decisiva. Durante dos décadas, la alianza con Venezuela permitió a La Habana sostener un modelo económico improductivo a cambio de lealtad política y servicios estratégicos. El petróleo venezolano no sólo iluminaba ciudades, también compraba tiempo, y con él estabilidad política. Venezuela no fue únicamente un proveedor energético, sino también una coartada ideológica y un escudo geopolítico frente a la presión estadounidense, pero ese tiempo se ha agotado. La reducción drástica de los envíos energéticos va a devolver a la isla a una situación que recuerda, sin ser idéntica, al “período especial” de los años noventa : apagones generalizados, transporte colapsado, industrias paralizadas y una economía doméstica organizada en torno a la supervivencia diaria, y la diferencia es profunda. Entonces existía una expectativa de salida, un horizonte incierto de reinserción internacional tras el colapso soviético. Hoy predomina el agotamiento social, ya que la emigración masiva se ha convertido en la principal válvula de escape : descomprime tensiones internas pero vacía al país de capital humano, especialmente joven y cualificado. La crisis energética no garantiza el colapso del régimen, pero agrava una crisis humanitaria crónica y eleva el riesgo de estallidos localizados difíciles de prever, pero cada vez más probables.