Sin hacer ruido
Al salir, como todas las mañanas, Leo cerró la puerta con cuidado, intentando no hacer ruido. Pero, a los pocos segundos, escuchó el inconfundible sonido de la mirilla al levantarse. Su vecino fisgoneaba cada vez que escuchaba a alguien entrar o salir.
Sabiéndose observado, el muchacho se colocó la mochila en la espalda y corrió hacia la salida. No quería llegar tarde. Algunos vecinos del barrio le saludaban, otros lo miraban de soslayo, pero para la mayoría pasaba completamente desapercibido. Era un niño normal, como cualquier otro que se dirigía cada día al colegio.
Al llegar a la clase, colocó la mochila con cuidado en el suelo y escuchó atentamente lo que la profesora les decía. A la salida, uno de sus amigos le invitó a jugar a su casa, pero el muchacho declinó la invitación: tenía cosas que hacer.
-Vale, como quieras -se resignó, encogiéndose de hombros. Y, abriendo la bolsa del almuerzo, exclamó: -¡Buah, qué asco! Otra vez bocata de paté-. Lo envolvió de nuevo, lo tiró a la papelera y salió corriendo en busca de los demás para ver si convencía a alguno.
Leo miró cómo se alejaba su amigo y, muy despacio, se acercó a la papelera. Disimuladamente, sacó el bocadillo, guardándolo rápidamente en el bolsillo del abrigo. Era lunes, y primero de mes, por lo que debía darse prisa en llegar a casa.
-¡Mamá! ¡Mamá! -gritó, recorriendo cada una de las habitaciones-. ¿Dónde estás, mamá?
La casa estaba vacía. No era una sorpresa: llevaba casi dos años siendo el único habitante de aquellas cuatro paredes desde que mamá le dijo que se iba a vivir con su novio y que él se quedaría allí. Al principio, se asustó, pero su madre le aseguró que vendría a menudo. “Ya tienes nueve años, es hora de que mamá viva su vida. ¿No quieres que mamá sea feliz, Leo?”. Claro que quería que mamá fuera feliz. Soltó la mochila que aún llevaba a cuestas y, resignado, se fue a la cocina. Todavía le quedaban un par de latas de albóndigas que le había llevado su madre la última vez que vino a visitarle, pero prefirió no utilizarlas. Tenía bocadillo para cenar y en el comedor de la escuela había tocado pasta con tomate. Hoy había sido un buen día.
Recogió la ropa del suelo y se fue al baño. Llenó la bañera y, con varias bolsas de muestras que había conseguido en el supermercado, lavó el chándal del colegio. El pantalón estaba lleno de barro y mamá se enfadaría si le veían sucio. Era el único pantalón que tenía y debía cuidarlo, por lo que lo lavaba cada tres o cuatro días. Dejó la ropa secándose en una de las sillas del salón; encendiendo solamente la luz del escritorio. Al terminar las tareas de la escuela, apagó la luz y se metió en la cama. Temblaba. Así que cogió la ropa sucia que no había lavado y la colocó sobre las mantas. “No se te ocurra encender la calefacción ni poner calefactores”, le recordaba su madre cada vez que pasaba por casa. Y él, obediente, no los ponía.
Durante esos dos años, el calendario de Leo no se medía en días, sino en las visitas fugaces de su madre. Ella aparecía cada cierto tiempo dejando un par de billetes arrugados y latas de conserva. “Eres mi hombrecito”, le decía mientras le acariciaba el pelo. “Si alguien pregunta, yo acabo de bajar a la compra. Si guardas nuestro secreto, nadie nos separará”. Leo aceptaba la soledad como un precio justo a pagar por tener el amor de su madre.
Semanas más tarde de su undécimo cumpleaños, escuchó como varios vecinos hablaban sobre la cantidad de robos que estaban sucediendo en sus huertos. Leo entró en casa sigilosamente, notando una mirada clavada en su nuca.
Durante los siguientes días, fue más cauteloso, pero una tarde que estiró la mano hacia un tomate, observó al vecino chismoso junto a la entrada del huerto. Leo ocultó el fruto tras la espalda y entró en el edificio con el corazón martilleando contra las costillas. Había fallado. Había hecho ruido.
Esa misma noche, llamaron a la puerta, Leo no abrió. Se quedó pegado a la madera, conteniendo la respiración como le había enseñado mamá.
-Leo, sabemos que estás ahí. Abre, por favor… Creemos que tu mamá no está desde hace tiempo en casa.
-Mamá está durmiendo -susurró él a través de la madera, repitiendo el guion. Si abría, demostraría que no era capaz de cuidarse solo, y entonces se lo llevarían. Y él quería que mamá estuviera orgullosa.
Escuchó susurros en el descansillo y, poco después, unos pasos alejándose. Respiró aliviado.
Desde entonces, cuando salía hacia el colegio, se aseguraba que todo estuviera en orden: tareas hechas, luces apagadas, ventanas cerradas, todo recogido. Bien, todo iría bien.
Pasaban los días y los señores de uniforme no dejaban de venir por su casa preguntando por su madre. Leo les aseguraba unos días que “estaba en la casa de algún vecino”, otros que “había salido a por un recado”. Hasta que un día uno de esos señores le dijo que debía irse con él.
-¡¿Por qué?! Mi mamá va a venir enseguida. No quiero irme. Déjenme. No me voy a ir -pataleaba y gritaba, mientras le sacaban de casa y le introducían en un gran coche.
En la puerta del edificio se arremolinaban los vecinos.
“Si yo ya sabía que pasaba algo”, decía uno; “Menuda fresca la madre; yo veía que cerraba la puerta con llave y lo dejaba allí”, comentaba otra. Los chascarrillos se sucedían sin cesar. Solamente uno de ellos permanecía callado, el vecino fisgón, que, alejándose de aquel bullicio, se acercó a uno de los policías para interesarse por el destino del niño. El policía le aseguró que velarían por el bienestar de Leo.
-Gracias a usted, sin su ayuda vete a saber qué hubiera sido del niño -le agradeció el policía-. Si lo hubiera hecho antes… pensó el vecino.
Mientras se alejaba, Leo miró por la ventanilla hacia su balcón, y se fijó que una luz tenue se veía desde su habitación, sintiéndose avergonzado; había dejado la luz del escritorio encendida.
En el centro de acogida, una mujer muy amable le había traído una gruesa manta y un plato de comida caliente, pero Leo no probó bocado. Sentado en el borde de una cama desconocida, en un lugar desconocido, susurraba:
-Lo he hecho todo bien. Me he portado bien, mamá…
Leo despertó empapado en sudor. El silencio de la habitación se rompió por un grito que reconoció al instante. Corrió a la ventana y vio que su madre estaba en la puerta del centro de acogida, despotricando contra los vigilantes de seguridad que impedían su paso.
-Déjenme entrar. Quiero ver a mi hijo -exclamaba a gritos-. ¡Es mentira todo eso que dicen los vecinos! ¡Yo vivo con mi hijo! He salido un momento a trabajar, ¿acaso una madre no puede trabajar para alimentar a su niño? ¡Esos vecinos están locos, siempre me han tenido envidia! Yo soy una buena madre.
Leo, tras el cristal de la ventana, la escuchaba. Oía como su madre gritaba que ella era quien hacía todo en casa, que debía enseñarle a ser un hombre. Negaba las noches de frío, las cenas de latas y los meses de silencio. Negaba su soledad, su lealtad, su obediencia. Al mentir para salvarse, lo estaba borrando a él. Estaba borrando todo lo que Leo había hecho para que ella pudiera ser feliz. Empezó a temblar y cayó de rodillas al suelo.
-Mamá…