Papá, me caes mal

Según varios informes oficiales y análisis basados en datos sanitarios, alrededor de 34 % de la población española reconoce tener algún problema de salud mental en la actualidad, según el Estudio Internacional del Grupo AXA sobre Salud y Bienestar Mental realizado con el apoyo de profesionales de salud mental. Esto significa que más de 1 de cada 3 personas en España percibe o ha sido diagnosticada con algún problema de salud mental (incluyendo ansiedad o depresión).

El número de casos diagnosticados de trastornos mentales y del comportamiento fue de aproximadamente 356 por cada 1000 habitantes en 2023, lo que equivale a una prevalencia ajustada por edad de 34,6 %, mostrando que los trastornos mentales están presentes en más de un tercio de la población registrada en el sistema sanitario español. En la Encuesta de Salud de España 2023, 6,6 % de los adultos declararon padecer ansiedad crónica.

Mi amiga María es una de ellas. Y sus idas y venidas de terapeutas comenzaron a descender desde que, una tarde lluviosa, junto a la ventana de un bar lleno de gritos y olor a canela, se permitió decir en voz alta unas palabras que sentí retumbar en mi pecho: papá, me caes mal.

No podía imaginar la liberación energética que supuso reconocer un sentimiento durante años anestesiado por la norma social.

María se lleva mal con su padre porque pertenece a otra generación, una educada en un mundo donde el hombre hablaba y el resto asentía. Un mundo rígido, machista, atravesado por un racismo aprendido como se aprende una lengua materna. Para él, la pluralidad no es riqueza. María creció intentando traducirse para encajar en ese idioma antiguo, suavizando sus palabras, ocultando matices, limando su identidad para no provocar un conflicto que siempre acababa estallando igual. No era solo una cuestión de ideas, era una incompatibilidad profunda. Y en ese choque constante, entendió que no todo desencuentro es un fallo propio, que a veces no hay puente posible entre dos orillas que se niegan a moverse.

Muchas de las personas que acuden a terapia —y no, no por sumarse a una moda—lo hacen por la incapacidad de mantener una relación cordial con sus familiares más cercanos y, en este caso más concreto, con su progenitor.

Según un estudio de la Confederación Salud Mental España y la Fundación Mutua Madrileña, el 58 % de las personas con problemas de salud mental declara sentir rechazo social por parte de familiares y/o amigos. Esto sugiere que los conflictos familiares son un factor muy relevante en la experiencia de personas con problemas de salud mental, aunque no se traduce directamente en un porcentaje de quién va a terapia por ese motivo.

Sé que te sonarán «las heridas de infancia», —y también sé que estarás harto o harta de que te suenen—, pero las traigo a colación por la claridad brutal de la frase de María. El cerebro tiene innumerables artimañas biológicas para confundirnos, para sostener esa idea de pertenencia que nos da contexto y continuidad como especie. Sin ese sentimiento de colectividad, probablemente no seríamos más que seres condenados a la extinción. Sin embargo, culturalmente, esa necesidad se ha transformado en una imposición de respeto y casi devoción. Basta escuchar las letras del flamenco antiguo o de las canciones más clásicas, donde la figura de la madre se eleva a un plano casi sagrado, confundida con la Virgen.

Esa devoción, ese respeto y esa deificación impiden que un hijo o una hija pueda vivir la experiencia genuina de que su madre o su padre, sencillamente, le caigan mal. Y, sin embargo, del mismo modo que puede caernos mal un vecino impertinente o una vieja chismosa, un padre o una madre —reducidos a su esencia humana— pueden ser profundamente incompatibles con nuestro carácter, nuestra visión del mundo o incluso con nuestra forma de sentir.

La tendencia habitual es «sanar al niño interior», ofrecerle explicaciones amables, adormecerlo con diálogos costumbristas heredados de otras épocas. Preferimos ir a terapia a hablar mal de papá y mamá, salir llorando, con el mentón encogido, las manos rojas de tanto frotarlas, mirando al cielo por si llueve y así desaparecer entre paraguas. Pero no funciona. A María no le funcionó. Y sospecho que a muchos de nosotros tampoco.

Nos cuesta aceptar que un cuerpo engendrado por otro pueda resultar incompatible. Que no haya buena comunicación. Que, por un capricho del destino, existan interferencias que alteren el entendimiento. Una química adulterada por la idea del legado, que nos impide verbalizar algo mucho más simple, natural y —me atrevo a decir— sano: reconocer que alguien, sea quien sea, nos cae mal, sin sentir culpa por ello.

María es el ejemplo exacto de una hija marcada por el síndrome de la niña buena, incapaz de prosperar bajo una influencia que la obligó a sostener un diálogo interno pasivo-agresivo. Esconder lo que olía mal se convirtió en costumbre; la complacencia, en una obligación justificada por la herencia sanguínea.

La familia —ese término abstracto encerrado en rostros concretos— se convierte, en ocasiones, en el preludio de una vida llena de dudas, incoherencias y una búsqueda constante de la felicidad. Muchas preguntas quedarían resueltas si aceptáramos que una persona puede caernos mal. Incluso con el paso del tiempo, mientras cultivamos nuestros valores y afinamos nuestra mirada, es posible que nos alejemos de un núcleo que no cambia ni muta, que solo permanece perpetuando el mal olor bajo la alfombra.

La romantización heredada de épocas marcadas por políticas autoritarias, donde los padres eran respetados como la ley de Dios en la tierra, nos impide, en la transición hacia la adultez, reconocer con claridad una incompatibilidad ideológica, de carácter e incluso —si se quiere— álmica. No hay ningún drama en aceptar que detrás de cierta ansiedad, de ese bloqueo persistente, de ese muro invisible, exista una verdad que asumir: que no te caigan bien.