Lo que, de verdad, nos importa...

Las crisis sociales, económicas, y de salud... Y sobre todo las que nos afectan directamente y de manera personal como las emocionales, que conllevan trastornos psicológicos; demuestran que somos frágiles y dependientes, y, por lo tanto, tenemos necesidad de compañía y afecto mutuo. Si analizamos, detenidamente, podemos afirmar que, desde que nacemos, el afecto mutuo es un  sentimiento necesario para sobrevivir, e incluso para relacionarse socialmente. Afecto mutuo que sólo se da en estado puro en la familia. Ejemplo de ello es la relación entre los hijos y los padres: el cariño y la confianza absoluta de los hijos con respecto a su madre y a su padre en su crianza.  Los padres por afecto asumen también la responsabilidad  biológica de cuidarles.

La sensación de fragilidad demanda la cercanía y el afecto, ese sentimiento de querer y ser querido, de ayudar y ser ayudado. Y el miedo a la indefensión y el desamparo se vive como una amenaza probable, que se  agudiza cuando la vida es larga, en la vejez.

Como argumenta Victoria Camps, filosofa y escritora: En ese comportamiento de relación de solicitud mutua de demanda y de respuesta amable, al hacerlo extensible socialmente, encontramos el núcleo de la experiencia ética para mantener la confianza o restablecerla. Cuya ética, como una actitud positiva, nos conmueve ante el sufrimiento de causas sociales: los indigentes; los inmigrantes que mueren en las playas; las catástrofes naturales.... Cualquier ser humano en riesgo de perder su dignidad.

Tomar conciencia de la dependencia mutua y de que somos seres racionales dependientes, por lo tanto sociables, es el primer paso para afrontar  las crisis y revertirlas. Y es una manera de descubrir los problemas que nos afectan; ante ello anteponer la ética y  superarlos. Trabajar por el estado del bienestar que demanda la mayor esperanza de vida; teniendo siempre presente los retos que nos preocupan a todos y nos unen: la educación de nuestros hijos; la igualdad de oportunidad de una buena formación que nos capacite para realizar un trabajo; tener una familia y una vivienda; la calidad de atención de nuestra salud; las pensiones de nuestros mayores...  Todo cuanto nos dignifique como ‘Persona’, como es respetar y ser partícipes de los derechos humanos, sociales y laborales.

Partiendo, como he expresado, de los temas que nos afectan y nos unen, lo importante es que aprendamos a madurar éticamente para fortalecer nuestra voluntad de construir ‘ese yo personal e individual’, que esté capacitado para tomar nuestras propias decisiones en la vida. Una persona formada que no se deje llevar por prejuicios; sino que se atreva,  previamente, a analizarlos y superarlos.

Es triste ver cómo hay individuos que se olvidan de las necesidades que, de verdad, nos importan y nos  unen... Y ponen oídos a los prejuicios, gritan fuertes y expresan incoherencias.

Como expresa el filósofo británico Gilbert Keith Chesterton: “Lo que está mal en el mundo es que no nos preguntemos lo que está bien”. ¡Preguntémonos lo que está bien, y actuemos haciendo lo que está bien!