La nueva tendencia
Hay un nuevo territorio —distrito, país o como queramos llamarlo— que, sin tener presencia física en los atlas geográficos, ocupa toda la extensión de la Tierra: Internet. Este fenómeno, esta suerte de república independiente gobernada por tecnócratas, se ha convertido en el nuevo lugar de encuentro y de producción cultural.
Pero la cultura no es solo pintar, escribir o bailar. Es algo más profundo: es ser uno con aquello que nos rodea. La cultura necesita de nuestra realidad para existir; nutre a quien la crea y, a su vez, el creador la alimenta a ella. Es un intercambio constante entre el entorno y la conciencia.
Lo que antes se hacía en catedrales, monumentos o parques —espacios físicos cargados de memoria— ahora se produce en un vasto espacio sobresaturado, tan desbordado como el hígado de una oca cebada. Una nueva cultura de lo homogéneo impera, tomando como referencia a las multinacionales y haciendo retroceder tradiciones localistas que cada vez se ven menos.
Al vivir en un pueblo puedo observar cómo las generaciones han cambiado. La cultura que antes se practicaba era más acotada, inscrita en un perímetro cercano: los campos, los cultivos, los animales, las fiestas, las costumbres. De ahí surgían cuadros, libros, poemas, impregnados del blanco de las fachadas y de la luz generosa del sol. Era una cultura de proximidad, de experiencia compartida.
Ahora esa cultura parece retraerse como la cutícula de una uña enferma, dando paso a nuevos modelos de arte y de expresión que responden a una visión global del mundo. La República de Internet —porque la monarquía está obsoleta— propone la unificación: todos y todas integrados en una misma conversación planetaria. Pero en esa promesa de igualdad late el riesgo de perder la chispa única, la memoria y la identidad.
Quienes se aferran a las costumbres del barrio, a las charlas a la fresca, velan para que el salto generacional no sea un salto al vacío de la identidad histórica. Sin embargo, lo local parece perder interés. Lo mundial lo abarca todo: gustos, moda, arte, pensamiento. Incluso las relaciones personales se rigen por normas no escritas que aprendemos —o viciamos— en las mal llamadas redes sociales.
Estas plataformas amplían el rango de pretendientes amorosos hasta el punto de poder pedir el amor a domicilio. Muchas veces sale rana, pero aun así participamos del juego.
La variedad que parece existir es, en parte, ficticia. Como nosotros, quienes entran en esta república digital lo hacen bajo parámetros y plantillas que moldean al individuo, borran su memoria histórica y lo reconstruyen desde una lógica algorítmica. Lo que somos en comunidad pierde peso frente a lo que somos como individuos, eso sí, previamente domesticados a los modales permitidos por la plataforma.
Nadie escapa a la influencia de esta nueva soberanía. Lo local sigue estando, pero con una presencia más tenue, casi temerosa. Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea elegir entre la plaza del pueblo y la plaza digital, sino reconciliarlas. Que la red no sustituya al territorio, sino que lo amplifique sin devorarlo. Que la memoria no se diluya en el flujo constante de lo global. Que la cultura siga siendo raíz antes que tendencia.
Hay, además, una pérdida más grave: la ruptura con quienes estuvieron antes que nosotros. Porque la cultura no es solo lo que creamos, sino lo que recibimos. Es la vida contada por otros. Es la experiencia sedimentada en la voz de los mayores y en sus manos curtidas.
Durante siglos se aprendía mirando. Se aprendía acompañando al padre al campo, escuchando a la abuela desgranar historias mientras desgranaba también las judías. Se aprendía en la sobremesa larga, en la repetición paciente de un gesto, en el consejo que no estaba escrito en ningún manual. La memoria no era un archivo externo, era un vínculo vivo entre generaciones.
Hoy vivimos instalados en el aquí y ahora. El tiempo se ha fragmentado en instantes que se consumen con la rapidez de un deslizamiento de pantalla. Creemos tener todas las respuestas porque las llevamos en el bolsillo, accesibles con una búsqueda. Pero saber buscar no es lo mismo que saber comprender. Tener información no equivale a tener criterio.
Hemos delegado la memoria en dispositivos que no sienten y no tienen la capacidad de albergar historia, y al hacerlo hemos debilitado la memoria interior. Ya no preguntamos tanto a los mayores porque pensamos que el mundo que ellos conocieron ha quedado atrás. No escuchamos sus advertencias, sus relatos de escasez, de esfuerzo, de comunidad. Nos parecen historias de otro tiempo, incapaces de dialogar con la velocidad de la República de Internet.
Sin embargo, en esas historias había algo que hoy escasea: perspectiva. Ellos sabían que el tiempo no es lineal ni inmediato; sabían que las crisis regresan, que la abundancia puede agotarse, que la comunidad sostiene cuando el individuo cae. Aprendían del pasado para estar mejor preparados para el futuro. Nosotros, convencidos de que todo empieza con nuestra generación, caminamos con menos herramientas de las que creemos tener.
Al prescindir de esa memoria compartida, nos volvemos más frágiles. La cultura deja de ser continuidad para convertirse en tendencia. La identidad deja de ser herencia para transformarse en elección momentánea. Y sin el aprendizaje del otro —del que vivió antes, del que erró antes, del que resistió antes— estamos menos preparados no solo para el futuro, sino para la vida misma.
Porque la cultura no es solo creación, ni siquiera conexión. Es transmisión. Es hilo. Es relato que pasa de mano en mano sin romperse. Si olvidamos escuchar, si damos por amortizada la experiencia de los mayores, no solo perdemos memoria: perdemos orientación.
Puede que el verdadero acto de resistencia, en medio del ruido, consista en sentarse a escuchar. En devolverle tiempo al tiempo. En comprender que ninguna red, por extensa que sea, puede sustituir la sabiduría que se transmite de mirada en mirada.