Vitalidad: la energía que antecede a la felicidad

Vivimos en una época obsesionada con optimizarlo todo: el tiempo, el cuerpo, la productividad, incluso el descanso. Paradójicamente, nunca habíamos estado tan cansados. Mientras el discurso dominante promete felicidad a través del consumo, la autoeficiencia y la acumulación, algo más profundo parece agotarse en silencio: la vitalidad entendida como flujo, como relación, como energía compartida.

Me asombra lo equidistantes que están nuestros sueños del mundo en el que vivimos, cuando bastaría —al menos en apariencia— con aplicar ciertos cambios pertinentes. Quizá no sea tan sencillo, pero resulta igualmente asombroso que no seamos capaces de encontrar soluciones a las diferentes realidades desfavorables y trasladarlas a una vida más viva, más vital.

El concepto de vitalidad nos anima a pensar en alguien dinámico, optimista, lleno de energía. Sin embargo, el mercado ha interrumpido esa intuición y nos ha enseñado a relacionarnos con la vitalidad desde un lugar exclusivamente material y secundario: la comida, los suplementos, los complementos alimenticios. La industria ha codificado la vitalidad; ahora se vende en cápsulas. Deja de ser un concepto propio para convertirse en un menú alineado en una estantería de supermercado.

En muchas tradiciones orientales, especialmente en la medicina tradicional china, cultivar la vitalidad es lo más importante que un ser humano puede llegar a refinar. El Qi (气), la energía vital, es el eje sobre el que se sostiene la salud física, emocional y espiritual. La alimentación está incluida en este cultivo, sí, pero no es lo único ni lo principal. Prácticas como el Taichí, el Qigong, la acupuntura, la tonificación corporal, la respiración consciente o la meditación buscan armonizar el flujo del Qi, preservar el Jing (la esencia vital) y elevar el Shen (la conciencia). En Oriente, esta vitalidad sostenida es más importante que la ansiada felicidad capitalista.

Una persona vital es feliz por consecuencia. Se trata de una felicidad genuinamente duradera. Así, el dilema occidental sobre la permanencia de la felicidad desaparece: no se persigue, se trabaja, se cultiva. Se construye a través del equilibrio energético y de la relación con los otros. El Qi no es individual; circula.

Para cultivar este tipo de vitalidad debemos adentrarnos en el mundo de lo abstracto y lo compartido, en la unicidad. Curiosamente, la ciencia contemporánea comienza a ofrecer imágenes que dialogan con esta visión ancestral. La cosmología actual describe el universo como una red cósmica: un tejido interconectado de filamentos de materia y energía que enlaza galaxias a través de vastos vacíos, formando una estructura pulsante donde todo está conectado con todo. El universo no es un conjunto de objetos aislados, sino una red de relaciones.

Subirnos a la nave de lo común implica dejar de pensar en binario. Ampliar los ceros y los unos, aceptar una multitud más dentro de la tabla numérica. Desde esta perspectiva, la felicidad deja de ser una experiencia única y privada para convertirse en algo permanente que se propaga y se contagia. Cuando no la tienes tú, la tiene otro; siempre está presente, solo que cambia de cuerpo y de forma gracias a la vitalidad compartida.

Esa experiencia puede observarse con claridad en grupos deportivos, colectivos de creación artística o de acción comunitaria. Espacios donde se busca, quizá sin nombrarlo, el fomento de la vitalidad. Grupos que entregan parte de su energía y reciben la de los demás, y en ese entretejido se revelan los secretos de una felicidad que no se consume, sino que circula.

Creo que la felicidad es eso: vitalidad concentrada. El experimento de un cuerpo en este mundo que comienza a mostrarse y a revelar incógnitas, que se abre a la sorpresa y a la posibilidad, que se expande hasta alcanzar un estado neutro pero constante de equilibrio rítmico. Una vitalidad que no puede reproducirse en soledad, que necesita la presencia del otro, que no tiene sustitutos químicos sino vínculos anímicos.

Por eso, los más pobres pueden ser, paradójicamente, el pueblo más feliz del mundo. Santa Teresa de Calcuta lo encarnó con claridad. En medio de la extrema carencia material, supo generar una riqueza basada en la entrega, el cuidado y la compasión. Allí donde el mercado no llegaba, la vitalidad humana florecía. Su obra demuestra que la felicidad no depende de la acumulación, sino de la capacidad de hacer circular la energía del amor y del sentido.

Tal vez no se trate de buscar la felicidad, sino de sostener la vitalidad. De crear las condiciones para que la energía circule, se renueve y se comparta. Quizá la pregunta urgente de nuestro tiempo no sea cómo ser felices, sino cómo volver a estar vivos juntos.