Somos cultura

Recuerdo un programa de hace algunos años en Televisión Española que se llamaba 'Cómo mirar un cuadro'. En él, de forma didáctica y entretenida, se explicaban los intríngulis de cada obra, tanto desde el plano histórico como artístico. Los que no éramos expertos en pintura, pero apreciábamos el arte, disfrutábamos mucho y aprendíamos a valorar cada una de las obras expuestas.

Algo parecido ocurrió cuando tuve la oportunidad de asistir al museo Picasso de Málaga con un grupo de alumnos mayores del Centro de Adultos a los que intentábamos inculcar la curiosidad y las ganas de aprender. Así, concertamos una visita  a tan importante pinacoteca gracias a que un buen amigo conocía a su director y consiguió que hiciera de guía de nuestro grupo de alumnos. Ni que decir tiene que la visita fue muy especial y que el director del museo consiguió atraer nuestra atención y explicarnos de forma magistral los vericuetos y méritos de la obra picassiana. Fue realmente revelador y gratificante que, gracias a tan experto y comprometido guía, el alumnado disfrutara de lo lindo y supiera apreciar, pese a la dificultad que entrañan algunas de sus obras, del arte del universal artista malagueño.

Lo mismo ocurre cuando se organizan conciertos didácticos por parte orquestas o bandas municipales de música (sobre todo con escolares y jóvenes de todas las edades), o por músicos y grupos que desentrañan los secretos y las claves de los diversos estilos de música moderna: rock, blues, jazz, soul… para que los asistentes disfruten con conocimiento de causa de una música que, desgraciadamente, no está en la parrilla de muchos programadores políticos y mediáticos y que podría generarles muchos momentos de placer y satisfacción.

Con actividades como las reseñadas y otras se consigue acercar la cultura a toda la ciudadanía y generar en ella interés por actividades culturales de calidad que les posibiliten entrar en otros mundos de percepción y disfrute espiritual. Porque todos los ciudadanos tenemos derecho al acceso a la cultura bien entendida, no al mero circo o espectáculo en que en ocasiones se convierte por parte de determinados poderes públicos.

Además, toda política cultural que pretenda ser  efectiva y democrática, debería ayudar a motivar y favorecer que la ciudadanía en general practique cualquier arte y que no importe lo bien o lo mal que lo hagan, sino para experimentar una transformación y descubran lo que hay dentro de ellos y hacer que sus almas crezcan, un territorio donde puedan explorar sus emociones, sus luces y sombras, en definitiva, su humanidad.

En algunas localidades se ayuda a los editores y escritores locales a que su obra esté presente en los centros educativos y culturales (bibliotecas, casas de la cultura y juventud, etc.) y se facilita que otros artistas, sean del tipo que sean, tengan la posibilidad de exponer su obra y su arte en los espacios destinados a tal fin, ayudando al desarrollo social y cultural de la comunidad.

Por eso, es fundamental que se dé una participación real a los creadores y gestores culturales, pues si la cultura no nace de la base se presta mucho a ser manipulada e instrumentalizada por los políticos de turno. Y la pena es que en muchos municipios hay colectivos y artistas que deben ser escuchados y tenidos en cuenta de manera regular, porque son ellos los que pueden ayudar a consolidar, desde la base, una política cultural realmente democrática, participativa y generadora de felicidad y alimento espiritual a la ciudadanía, que es para lo que sirve la cultura, no para que se sirvan de ella con otros intereses los mandarines de turno. Si no, puede parecer que lo que se pretende es adocenar, darle a las masas una especie de “fast food” cultural que solo llene sus mentes de satisfacción momentánea y pasajera, de mero espectáculo más o menos afortunado.  

Desgraciadamente, al margen de algunas actuaciones positivas puntuales, que se producen de manera aislada, la política cultural que sufrimos arrastra un extraordinario déficit de objetivación como ninguna otra política de gobierno. El marco de la relación entre poder y cultura es una relación cargada de inercias y connotaciones, que ha dado lugar a múltiples derivas, entre las cuales cabe destacar tres, según la propia Federación Española de Municipios y Provincias:  

-La cultura reducida a mero factor de prestigio y propaganda del poder establecido y la política cultural entendida como instrumento para el acopio y conservación interesada del voto ciudadano.

-La política cultural como “repartidora” discrecional de dinero, para la compra de adhesiones y silencios, para la penalización de la discrepancia y la diferencia cultural, para la imposición, en definitiva, de un modelo cultural preestablecido, de un molde ideológico o meramente consumista y de simple entretenimiento ocasional y furtivo.

-La política cultural como arbitrariedad, como vehículo del capricho o del despotismo elitista del mandarín de turno. Ello se ha dado en tiempos de dictadura pero, desgraciadamente, también de democracia, en administraciones diversas, bajo gobiernos democráticos de todos los signos.

Nada de eso es ya tolerable. La política cultural, que es una política, debe dotarse de una técnica y de una deontología. Es decir, de unos objetivos y una metodología, con sus instrumentos de medición y de planeamiento, con sus fórmulas de evaluación de resultados; y de unos modelos de intervención transparentes, basados en criterios explícitos y en parámetros de relación éticamente solventes. Y que no sea, como ocurre en muchos municipios, la pariente municipal pobre a nivel de presupuesto, recursos materiales, técnicos y humanos.

Todavía no se dan cuenta (o no quieren enterarse) algunos de nuestros dirigentes que, además, la cultura puede ser un motor de desarrollo económico y social, que puede generar ingresos económicos y una buena imagen municipal, dinamizar los centros históricos y otras zonas de los municipios y  generar un sincretismo social positivo. Y para ello es necesario que la sociedad se movilice, que demande lo que necesita y tiene derecho, porque la cultura no va a transformar de inmediato la sociedad, pero sí va a abrir las mentes y corazones de las personas y nos va a conectar con otros seres humanos, que es de lo que se trata.

Pero no vale que esos dirigentes ocasionales (aunque algunos se estén eternizando en el cargo) que tenemos se erijan en los únicos que decidan qué cultura van a ofrecer al pueblo, en que se van a gastar nuestros dineros y  que objetivos persiguen con su cuestionable e interesada política. De hecho, si se apoyara realmente la cultura de base y a los creadores y a los empresarios que apuestan por ella y se fomentara la participación ciudadana, como se apoya y financia a otros eventos de consumo de masas, seríamos un motor de desarrollo de nuestro entorno. Desgraciadamente, parece que algunos prefieren quedarse en estandarte cateto, provinciano y atrasado.

Decía un sabio que una de las pocas cosas que nos diferencian de los animales es la capacidad de hacer cultura. Por eso, si no queremos ser animales, seamos cultura