Trovadores del amor
Voces hermanadas con la tierra. Planicies y montañas, ríos y cielo. Territorios con la memoria saturada de sufrimientos y conclusiones letales.
Voces hermanadas con la tierra. Planicies y montañas, ríos y cielo. Territorios con la memoria saturada de sufrimientos y conclusiones letales.
Crece en el planeta la ignominia con infames augurios de oscuridad, como enredadera parásita en la hermosura del bosque.
Pudiera parecer que escribir sea una suerte de respirar para no sucumbir a un ahogamiento. Un modo de respirar atávico que permite visualizar imagen, recuerdo y palabras para dar forma a lo escrito.
Esta tarde, en el calor de la tarde, en el sudor de la tarde, nos dejamos mecer por la voz de Billie Holiday.
Un solo fotograma, un relámpago, un flash en el más recóndito rincón de la memoria, tal vez un imperceptible Big Bang del que surge el ser.
Llamas serenas en el hogar templando la quietud de una tarde de enero. Lanzas incandescentes en pos de las alturas, inútilmente, al son de un adagio de Rachmaninoff, concedido a un oyente en la radio, que cuenta cómo esta música la sintió como un portal que se le abría a una nueva dimensión; y que entonces provocó el empañamiento de sus ojos.
Un susurro materno dirigido al morador de su vientre que aguarda el instante de pertenecer al mundo.
Se le ve el plumero al pavo real cuando exhibe su plumaje y alardea de colores irisados. No es contemplación para nuestros ojos, sino para las hembras de su especie; eso dicen.
Lleva en su nombre la flor y el vino. Y en la flor, el color que representa a las mujeres creadoras. Alberga en el alma la poética rural del pueblo oprimido que simultanea el amor y la alegría, y el desahucio prematuro por haber nacido en tierras de generosa riqueza natural, nativa, otorgada; y eternamente saqueada.
Soy.
Me sé de un mundo de sombras revestidas de carne, de gestos, de sonrisas que cautivan o de lágrimas que estremecen... que por un instante brevísimo, me muestran el poderoso atributo de la existencia: el ser, el soy, sin más dios que la consciencia; sin más verdad que la instantánea visión de pertenencia a una partitura no escrita, con sonido propio; una nota singular que armoniza con otras notas: la incomprensible singularidad de la Música -con mayúscula-, porque es la amalgama que une todas las partículas que constituyen el cosmos, aunque aún no lo comprendamos.