'¿Qué significa ser humano?': La Semana Internacional de la Educación Artística de la UNESCO se extiende por España
EDART coordina la Semana Internacional de la Educación Artística en España, una iniciativa que conecta escuelas, universidades, museos y colectivos culturales para reivindicar el papel del arte en la educación y en la vida social. Lo que comenzó como una propuesta de innovación educativa se ha convertido en una red creciente de docentes y agentes culturales que trabajan para situar la creatividad, el bienestar y la cooperación en el centro del aprendizaje.
EDART surge con el objetivo de mejorar la comunicación entre etapas educativas, favorecer el diálogo entre disciplinas y tender puentes entre el sistema educativo y el tejido cultural. A partir de esa idea inicial comenzó a tejer una red de colaboración que reúne a profesorado de secundaria y universidad —especialmente la Complutense y la de Alcalá—, colectivos de mediación cultural, museos y artistas, y que cuenta con el apoyo de la Sociedad para la Educación Artística (SEA), la Red Planea y la Fundación Carasso, entre otras entidades.
EDART ha ido creciendo de manera orgánica gracias a la implicación de personas que trabajan desde sus propios espacios. Entre ellas se encuentra Elena Scaratti, de la galería La Inversa, que desde Donostia ha impulsado Rizoma Inverso, una iniciativa que está generando acciones en diferentes regiones y una convocatoria de poesía visual centrada en el impacto de las obras en la comunidad. También se ha sumado Virginia Muñoz Salamanca, quien, además de participar como docente desde su centro, pasó a formar parte del equipo organizador cuando el proyecto aún estaba dando sus primeros pasos.
Con este marco, conversamos con Olga Sánchez, Coordinadora de la Comisión para la Semana Internacional de la Educación Artística, para conocer cómo surge EDART, qué objetivos persigue y qué papel puede desempeñar la educación artística en la sociedad actual. Más allá de la organización de una semana de actividades, la propuesta aspira a generar una red viva entre educación y cultura.
PREGUNTA:¿Quién está detrás de esta iniciativa y cuál fue la chispa que la impulsó a ser una realidad?
RESPUESTA: Esta aventura la inicia una entusiasta profesora de Dibujo. Realmente creo que es necesaria la esperanza que nos empuja a la acción, perseguir lo inédito viable -ese sueño del que hablaba el pedagogo Paulo Freire-. Uno de los detonantes iniciales fue la emoción que despertó en mí la descripción que Sara Briguenti hizo del Plan Nacional de las Artes, del que es vicecomisaria, en una Jornada de Arte y Escuela en el Prado en 2023. El entusiasmo puede ser contagioso.
Pero no es lo más relevante quien inicia este proyecto, sino que somos muchas personas trabajando en una misma dirección, no solo en EDART. Nosotras sólo tratamos de facilitar ese encuentro necesario para crear redes. Este movimiento busca la horizontalidad real, reducir distancias entre etapas educativas, entre instituciones culturales y educativas, y optimizar recursos. Conectar los centros educativos con su entorno. Como defiende Jazmín Beirak, Directora General de Derechos Culturales del Ministerio de Cultura, no se trata sólo de facilitar el acceso a la cultura, sino la participación en la vida cultural.
P: En el mundo de la cultura a veces tratamos conceptos abstractos que, al detenernos, observamos que no lo son tanto. Solo necesitamos la guía de instituciones y colectivos para que se decodifiquen y lleguen a todos de manera democratizada. ¿Qué responsabilidad tienen los artistas, las escuelas y los organismos públicos en ello?
R: En relación con la democratización de la cultura, creo que la responsabilidad es compartida. Un artista suele tener una mirada más aguda; puede facilitar un acercamiento a otros niveles de realidad, sensibilizar respecto a ciertos hechos, invitar a observar el mundo de una manera más atenta. Las escuelas tienen la responsabilidad de formar ciudadanos conscientes, autónomos, capaces de aportar con sus acciones a la comunidad; también de acercar el mundo al alumnado a través de diversos lenguajes: las matemáticas, la literatura, la historia, la música, la biología, la física, el arte... Cada uno de los cuales contempla la vida desde un ángulo distinto, y todos son complementarios, encajan. Por otro lado, las instituciones deberían optimizar los recursos, facilitar su acceso a la ciudadanía, hacer que todo fluya. Puede que también debamos plantear el propio concepto de cultura, ampliarlo, bajarlo del pedestal y acercarlo a la vida. Los conceptos abstractos, parten de la realidad, deben estar conectados con ella; si no, son solo humo.
P: El mundo urbano y el mundo rural son dos entornos que percibimos separados, pero la cultura humana bebe de ambos. ¿Podríamos hacer arte sin pisar una escuela de arte? ¿Es el arte más que un currículo?
R: Efectivamente, son dos mundos separados, pero interdependientes. El término cultura viene de la palabra cultivar, habitar la tierra. El problema es que tendemos a olvidar el origen de las cosas. La cultura nos permite recordar, recuperar nuestras raíces.
Las ciudades materialmente no se sostendrían sin el trabajo que se realiza en el campo. Con un supermercado desaparece la necesidad de plantearnos de dónde vienen los alimentos, qué recursos humanos y materiales han sido necesarios para que lleguen a nuestras manos. Mi abuelo era labrador, le gustaba mucho leer, pero contaba que tuvo que dejar la escuela a los once años. Era capaz de hacer un taburete de un tronco de roble, encender el fuego por las mañanas, con la leña que él mismo había cortado y llevado a casa. Sus manos tenían una sabiduría que solo el contacto con la tierra puede dar. ¿Era arte? Desde luego, no el arte que vemos generalmente en los museos. Pero el arte en sus orígenes no era algo separado de la vida ni de lo cotidiano.
Ahora, en gran medida por necesidad, hay una mirada distinta hacia las culturas indí-genas, y empieza a cambiar también la mirada hacia la cultura tradicional de nuestros pueblos, con todos esos conocimientos que se están perdiendo: esa manera de mirar con amor a la tierra, sabiendo que está viva y que se depende de ella.
No creo que haga falta ir a una escuela de arte para hacer arte, pero la clave es otra: no necesitamos educación artística para hacer arte, la necesitamos para vivir una vida más plena, para ser más conscientes, para desarrollar la sensibilidad y una mirada crítica. El arte atraviesa el currículo, lo traspasa. El currículo es solo el mapa y el arte, el territorio, porque el arte forma parte de la vida de manera esencial. Por eso no debería ser un privilegio. Necesitamos, de manera simbólica, tirar las paredes del aula, dejar que la vida entre en ella. Y también muchos museos buscan que la realidad permee sus muros.
P: Si EDART nace con vocación nacional y global, ¿qué responsabilidad ética tiene frente a las realidades sociales y culturales que atraviesa?
R: En realidad, no nace con vocación nacional, sino que comenzó como una semilla que germinó en octubre del año pasado y ha ido creciendo de forma orgánica y abriéndose a otros territorios.
Sí teníamos claro desde el principio que podía abrirse a otros territorios. Es un movimiento que arranca sin más recursos que nuestros propios cuerpos, nuestro tiempo y nuestra energía. En principio, no teníamos intención de que fuera a crecer tanto para no ir más allá de nuestras fuerzas. Pero al mismo tiempo necesitamos darlo todo, precisamente por empezar de cero, para conseguir cierto nivel de impacto y mostrar que es posible construir algo valioso desde la comunidad y desde el compromiso.
Edart somos las personas que lo iniciamos, pero también todas aquellas que se han ido sumando y que aportan de acuerdo con sus posibilidades. Es una plataforma horizontal y descentralizada, que incluye diversos puntos de vista —y esto es valioso—. Por ello la responsabilidad también es compartida.
P: ¿Puede el arte, desde una plataforma como EDART, ser no solo reflejo del mundo sino motor real de cambio estructural?
R: El arte es un lenguaje común a todos los seres humanos que nos permite percibir la realidad desde otros ángulos. Nos invita a la reflexión y, por ello, puede contribuir a despertar la consciencia, algo imprescindible para que se produzca cualquier cambio. No sabemos qué frutos dará esta iniciativa, pero podemos mirar a Portugal, donde a través del Plan Nacional de las Artes, iniciado en 2019, han democratizado el acceso a las prácticas artísticas y han implementado proyectos que fomentan la ciudadanía.
En Chile, donde se lleva celebrando la Semana Internacional de la Educación Artística hace trece años a nivel nacional y se ha convertido en una cita anual para promover el diálogo intercultural y la cohesión social, han revitalizado el tejido educativo y cultural y se ha revalorizado el rol docente.
En ambos casos, la propuesta implica a los Ministerios de Cultura y Educación. En nuestro caso, es un movimiento que surge desde abajo; esto implica que es mucho más vulnerable, necesita de cuidados para que prospere —por eso son tan necesarios los apoyos—, pero por otro lado, es más flexible, tiene más libertad.
Buscamos un cambio de paradigma cuya forma aún no podemos vislumbrar del todo, porque se trata de un proceso vivo y en constante transformación. Sin embargo, sabemos que la respuesta debe construirse de manera colectiva, por eso buscamos el diálogo entre instituciones culturales y comunidades educativas formales y no formales, porque juntas son más fuertes y pueden generar respuestas más significativas.
P: ¿Qué tipo de conciencia colectiva quiere despertar EDART y qué transformación concreta busca provocar?
R: La iniciativa EDART arranca con una pregunta abierta: Qué significa ser humano, una cuestión esencial y filosófica. Nuestro manifiesto es una declaración de intenciones poética.
Buscamos desaceleración, para reflexionar juntos. El arte genera un espacio-tiempo, fuera del furioso ruido del mundo, que nos permite encontrarnos con nosotros mismos, pero también escuchar, por eso nos conecta con la realidad.
Nuestra sociedad imprime en nosotros una profunda conciencia individualista. Frente a ello, planteamos un festival abierto y horizontal, pensado para facilitar la cooperación. No buscamos organizar un gran evento centralizado, sino invitar a la participación mediante acciones autogestionadas que permitan tejer redes y fortalecer vínculos.
Como expresó sabiamente Santiago Ramón y Cajal, lo verdaderamente importante no es el funcionamiento aislado de la neurona, sino las conexiones que se establecen entre ellas. Del mismo modo, necesitamos desarrollar el músculo de la inteligencia colectiva. Existe una sed de comunidad, aunque no siempre seamos plenamente conscientes de ella.
El arte y la cultura están íntimamente conectados con la vida. Vivimos de espaldas a la naturaleza, y eso tiene un alto coste a todos los niveles. El arte conecta el conocimiento con el cuerpo, con la experiencia directa y la emoción.
P: En un mundo cada vez más fragmentado, ¿puede EDART convertirse en un espacio de diálogo intercultural que trascienda ideologías y fronteras?
R: Es uno de los principales objetivos. Este año, curiosamente, el ICOM -International Council of Museums- ha propuesto para el Día Internacional de los Museos la siguiente premisa: «Museos uniendo un mundo dividido», pero además, anima a buscar colaboraciones con comunidades afines, a crear redes.
Creemos que es necesario crear vínculos entre etapas educativas, entre materias, entre comunidades. Por ese motivo la invitación a participar es abierta. La diversidad en el ecosistema cultural es una fortaleza, del mismo modo que lo es en los ecosistemas biológicos.
Necesitamos volver la mirada a lo esencial, superar ideologías que nos limitan y nos enfrentan. La vida no entiende de ideologías: busca el equilibrio en un proceso dinámico complejo y de una profunda belleza.
P: Si el arte es una forma de poder simbólico, ¿cómo debe ejercerlo EDART para contribuir a una cultura más justa, inclusiva y global?
R: Como ya he señalado, EDART somos todos los que decidimos sumarnos al movimiento. El impacto que logremos dependerá en gran medida de la implicación que seamos capaces de despertar. Pero sabemos que aquello que realmente merece la pena no surge de la prisa: necesita tiempo, cuidado y paciencia. Las transformaciones más profundas suelen cocinarse a fuego lento.
Creo que no es posible conseguir cambios reales sin cambiar nuestra percepción del mundo, que inevitablemente condiciona nuestra actitud y las decicisiones que tomamos. Como dice Elena Scaratti, «necesitamos desplazar la forma de pensar, la forma de comprender la realidad».
La experiencia artística tiene la capacidad de avivar los sentidos y las emociones, de despertarnos y reconectarnos con lo esencial. Esta iniciativa busca contagiar esa otra forma de estar en el mundo: más consciente, más sensible y más abierta a compartir, ser y estar en el mundo.