¿Qué amenaza la cultura?

El escritor y director de cine Pier Paolo Pasolini defendía en sus escritos la variedad de la cultura popular. Argumentaba que la cultura popular estaba amenazada por la sociedad de consumo; causándole una aculturación, debido a la sustitución de una cultura por otra.

Lo que le preocupaba, verdaderamente, era la pérdida de los rasgos particulares de las comunidades populares tradicionales: su lengua, sus costumbres y relatos, su memoria, porque en ello reside una forma de organizar y darle sentido a la vida.

Este pensamiento de Pasolini se daba en un tiempo que la expresión ‘sociedad de consumo’ tenía un sentido de denuncia, que hoy ha perdido. Actualmente el consumo cultural se ha globalizado. La cultura es uno de los ámbitos donde la globalización se manifiesta cotidianamente. Celebrar Halloween, comer sushi, practicar yoga, o bailar reguetón son manifestaciones culturales globalizadas.

El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos constata que el proceso de la globalización actúa de dos formas.

Primero con localismos globalizados, como pueden ser la lengua inglesa o el cine de Hollywood, que se imponen a los localismos propios de los demás países, en nuestro caso anteponiéndose al cine español o a nuestra propia lengua de comunicación.

Segundo, con globalismos localizados. Causando la desaparición del comercio tradicional y la agricultura de subsistencia, o en el ámbito cultural con la explotación que el patrimonio histórico local, el folclore, y cualquier manifestación artística padecen al servicio del turismo global, perdiendo sus funciones locales.

Es cierto que los poderosos dictan las reglas de la circulación y globalizan su repertorio cultural. La lengua inglesa se ha impuesto, y hay una hegemonía cultural anglosajona. Los contactos culturales se imponen por el invasor, sin tener en cuenta el mestizaje, y en ello reside la amenaza y el peligro.

El novelista, poeta y ensayista francés Édouard Glissant dice que nuestra común condición, en la actualidad, es el multilingüismo, y aunque nos expresemos en una sola lengua, estamos en permanente traducción. Todos somos mestizos, como somos turistas y extranjeros en múltiples ocasiones y maneras, y en muchos sentidos, nómadas, migrantes o exiliados.

El desarraigo, la inestabilidad y la heterogeneidad son condiciones de nuestro tiempo. Y en este sentido el mestizaje intercultural es positivo.

Los debates políticos más encarnizados de nuestro tiempo tienen que ver con qué hacer con las fronteras. ¿Hacemos que nos separen o que sean puntos de contacto, comunicación e intercambio?

La respuesta pasa por reconocer que son conflictos ideológicos, por supuesto, pero también son culturales. Porque esa frontera física remite a una frontera interiorizada que define quiénes somos y quiénes son ellos. Los procesos de mestizaje revelan que los límites no son exteriores ni separan territorios. Son cambiantes y son espacios de confluencia entre repertorios culturales. Las fronteras sólo son internas, las llevamos en nosotros mismos.

Las ideologías que tienen una concepción estática y exclusiva de la identidad cultural, cultivan el rechazo a cualquier forma de mestizaje. Y son indeseables porque demuestran una energía negativa social y política. Manifiestan hostilidad hacia los inmigrantes. La limpieza étnica es una expresión violenta de este conflicto. Esta actitud ataca la convivencia social y la interculturalidad; al imponer fronteras.

Podemos concluir que la cultura está también amenazada por una mala práctica del consumo y de ‘la cultura de masas’, que antepone el interés económico al educativo y al desarrollo personal.