Vuelvo a asomarme a esta ventanita de papel donde la palabra escrita vuela libre aireando noticias, emociones o pareceres de lo cotidiano, y nos acerca a la mirada crítica, casi siempre amable, del lector.
Sentada junto al mar de mis veranos, bajo la sombrilla que me presta su gratificante sombra de colores vivos, que van palideciendo, envejeciendo conmigo al sol de mañanas luminosas, ardientes, saladas y azules, que me acompañan desde siempre, me dejo llevar por la brisa marina que apenas mueve el volante de espuma que se me acerca con su relajante vaivén de ola.
Sentada junto al mar de mis veranos, bajo la sombrilla que me presta su gratificante sombra de colores vivos, que van palideciendo, envejeciendo conmigo al sol de mañanas luminosas, ardientes, saladas y azules, que me acompañan desde siempre, me dejo llevar por la brisa marina que apenas mueve el volante de espuma que se me acerca con su relajante vaivén de ola.
Miro su fotografía posando en un lugar que me es cercano, que suelo visitar de vez en cuando. Está sentado entre los azules y amarillos que embellecen un banco de cerámica que invita a descansar.
Sonaban las campanas del convento cuando me acercaba a ella; la Plaza de las Carmelitas estaba animada, la gente disfrutaba de la placidez de la tarde charlando tranquilamente en las mesas de las cafeterías, en los bancos de madera o deambulando entre los magnolios, testigos mudos del ir y venir de la vida veleña.
Subo las empinadas calles que me llevan a la iglesia de Santa María para oír en tan hermoso templo un concierto didáctico de música andalusí.
Estuvimos con él en una entrañable reunión familiar en el pueblo de sus veranos de infancia. Junto al mar, en la arena gris de sus recuerdos, al aire y al sol de Torre del Mar, evocábamos lejanos días azules mientras disfrutábamos de la brisa marina y del pescaíto que echa de menos en EEUU, donde vive y trabaja desde hace ya muchos años.
Estaba sentada en la heladería saboreando la tarde abrileña, disfrutando el calor familiar y el sabor a verano de su helado de piñones. Encantadas de vernos, nos saludamos como siempre, con la alegría y el desenfado de dos amigas que se aprecian realmente y han compartido momentos especiales.
Fue en el callejón de San Agustín donde la oí por primera vez. Después de ver pasar el Cristo de la Agonía entre inciensos y la música de cornetas y tambores que le acompaña siempre por la estrecha calle, una música excelsa, suave, elegante y solemne llegaba meciendo a la Virgen de las Penas, que venía detrás luciendo su original manto de flores nuevas.