lunes, 13 de abril de 2026 13:51h.

Volver a Gredos

Margarita García-Galán traza un bellísimo retrato de su infancia en un pueblo de la sierra de Gredos

A Alfredo

Las primeras imágenes que guarda mi memoria  son de allí, de aquella inmensa sierra  que abrigaba a un valle donde se levantaba un pueblo; un pueblo pequeño con calles de piedra y humeantes chimeneas, que siempre olía a leña y a resina. Vivíamos en  una casa grande con suelos de madera y cocina de serrín. Por las ventanas entraba la brisa de Gredos y se veía la torre de la Iglesia y, en su campanario, la fiel pareja de cigüeñas, que volvía cada año a su nido de siempre. Me gustaba ver sus elegantes cortejos moviendo las alas y haciendo sonar sus largos picos.

Por aquel entonces, ocupaba mi tiempo buscando grillos y zarzamoras y jugando a las canicas a la sombra de una higuera (siempre había una higuera cerca).  Por las calles de aquel pueblo no pasaban coches, sólo bueyes y caballos. Los campesinos volvían con ellos, al atardecer, de sus tareas del campo, y dejaban a su paso un intenso olor a hierba fresca.

Recuerdo a mi padre, que en verano desayunaba cerezas; me colgaba las más gordas en las orejas a modo de pendientes y me pasaba el día con ellas jugando a ser mayor. También veo a mi madre haciendo jabón con el aceite usado, con aquel jabón se lavaba la ropa en el río y se secaba en las zarzas de la orilla; aquella ropa volvía a casa oliendo a romero, a hierbaluisa y a sol. No he vuelto a oler nada igual.

Mis hermanos cogían los pájaros que se caían de los nidos y los criaban en casa. Siempre teníamos tórtolas, gorriones, mirlos y alguna oropéndola. También teníamos un perro y un gato que eran amigos; el gato se escapó un día y el perro lo trajo a casa cogido por el cuello. Mi gato de ahora se llama como él. Muchas tardes de verano íbamos a merendar al río. Ese camino me gustaba especialmente. Andábamos entre pinos, castaños, higueras y zarzamoras y cantaban sin cesar las chicharras. El tío Laureano, con su gorra calada hasta las orejas y apenas sin dientes, me había dicho una vez que las chicharras, cuando cantaban, decían: “Treinta y treinta son sesenta, treinta y treinta son sesenta”. Cantaban sumando y no se equivocaban nunca.

A lado y lado de aquél camino, había unas enormes piedras blancas, redondas y calientes, donde nos parábamos a descansar, y era allí, bajo la más grande de todas, donde mi padre me decía que vivía una bruja que siempre estaba hilando, y que si acercaba mucho mi oreja podría oír la rueca. Yo miraba la piedra con una mezcla de curiosidad y miedo, y acercaba mi oreja a ver si la oía, pero entonces mi padre me daba un coscorrón y se acababa la magia. Pero yo seguía pensando que la bruja estaba allí.

Cuando volvíamos a casa, traíamos la cesta llena de higos y moras. También manzanilla, lavanda y espliego. Con esas hierbas hacíamos ramitos que poníamos en los armarios. Era como meter la primavera dentro.

Los vecinos tomaban el fresco en las puertas de sus casas, sentados en sus sillas de anea. Las mujeres, con sus moños y sus faldas largas, hacían encaje de bolillo. Todos nos saludaban al pasar: la tía Felicita y su marido, Marcelino “Malacatones”; el tío Juan; Sabina, que tenía un marido que se cosía las grietas de los píes con alambres… A menudo recuerdo a todas esas personas que formaron parte de mi vida de entonces.

En la plaza del pueblo había baile por las noches. La música sonaba sólo con un tambor y una dulzaina y me la sabía de memoria; aún hoy' la recuerdo como si no hubiera pasado el tiempo. Se llamaba 'la gaitilla'. A los sones de la gaitilla, los mozos y las mozas se juraban amores y luego, de madrugada, cantaban a las novias serenatas debajo de los balcones. Recuerdo cuando le cantaron a mi hermana: “Si quieres saber, Mari Carmen, la ronda quién la ha traído, a Teodosio tienes por nombre, tu vecino por apellido”. Mi hermana se pavoneaba en el balcón y yo pensaba que algún día me cantarían a mí.

Con frecuencia íbamos al pueblo de al lado a ver a la abuela. Aquella casa tenía para mí un atractivo tremendo. En el amplio comedor había un piano mudo que guardaba entre sus teclas las notas de la Alborada Gallega. La abuela tocaba esa música muchas veces, mientras mi padre hacía pomadas en la farmacia del abuelo. Encima de aquel piano había una campanita que se tocaba por toda la casa cuando había tormenta. La abuela decía que espantaba los truenos. En la casa había un sótano lleno de tinajas de aceite, allí vivía una tortuga centenaria que era como la memoria de la familia. También había montones de sandías que duraban hasta Navidad: no sabían como en agosto pero podíamos saborear el verano en diciembre. En toda la casa olía a orujo y a medicinas, y por sus balcones se veían, majestuosos, los Picos de Gredos. La Sierra siempre estaba presente.

Con el paso del tiempo, los paisajes de mi vida son otros: el verde espeso de los pinares se ha vuelto intenso azul mediterráneo, y son los vencejos y las gaviotas los que ponen la música a mis tardes de verano. El olor a jazmines y a mar lo envuelve todo. Se vive bien en el Sur: los inviernos son cálidos y la gente amable, pero, de cuando, en cuando vuelvo a Gredos para ver a las cigüeñas en su nido del campanario. Paseo por las calles del pueblo y en cada rincón me veo con mi bolsa de canicas; me baño en las charcas de aguas frías y transparentes que mojaron mis trenzas y mis sentidos se abren a los olores y los sonidos de siempre. La quietud del entorno me invita a cerrar los ojos y respirar profundamente; mis pulmones se ensanchan,  mi espíritu se encoje y desfilan, desordenados, los recuerdos: el gato me mira desde la higuera y canta la oropéndola. Suena, lejano, un piano en alguna parte y las chicharras cantan sumando sin descanso: “treinta y treinta son sesenta, treinta y treinta son sesenta…”

Sigue allí. Aquella niña con pendientes de cerezas, sigue allí. Se quedó sentada soñando primaveras, en aquella piedra redonda donde hilaba la bruja.