En WhatsApp
No sé cómo pasó ni a quién se le ocurrió la idea, pero hoy recibí un mensaje que me dejó helada. Un reconocido literato me escribió por WhatsApp… con faltas de ortografía.
Ojo, no ataco el hecho en sí. Todos podemos equivocarnos. El problema es la explicación que recibí después por parte de un amigo: «Es WhatsApp, es normal».
Jamás —me decía a mí misma— habría recibido ese mismo mensaje así escrito en un correo electrónico. Mucho menos en una carta manuscrita o en un envío postal. Pero por WhatsApp sí. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿por qué por WhatsApp sí?
Porque parece que hemos asumido que ese espacio de conversación permite perder las formas, relajarse hasta el descuido y escribir de cualquier manera. Como si el medio legitimara la negligencia. Sin embargo, quien escribe bien, escribe bien siempre. O al menos lo intenta. No se trata de solemnidad ni de pedantería; se trata de respeto por el lenguaje y hábito.
Sospecho que más que permisividad hay pereza. Una pereza que lo invade todo y que nos concede licencia para escribir mal mientras reservamos el cuidado del idioma para los obsesivos de la ortografía o para el corrector automático. El paraguas de este tipo de mensajería es amplio y complaciente: bajo él caben auténticos atentados narrativos que, poco a poco, nos van idiotizando sin que apenas lo percibamos. Y así pasan los meses y ya no recordamos la diferencia entre «hay», «ahí» y «ay».
Todo un mundo de letras —con su orden, su música y su ritmo— enviado al paredón junto a los buenos modales solo porque hemos decidido que por WhatsApp está permitido hablar mal.
Y no solo eso. Existe incluso un sublenguaje exclusivo de este medio: abreviaciones, recortes, supresiones, una especie de taquigrafía nerviosa que parece escrita por alguien perseguido por el tiempo. La «x» ya no esconde ningún número: ahora significa «por». Y suele ir acompañada de una «q» sin «u», desnuda, «pelá y mondá». El lenguaje reducido a su esqueleto.
¿Qué se reclama entonces? Atención. Atención en el lenguaje.
Llenamos de símbolos una pantalla luminosa que nos atrapa y nos impide detenernos. Nos obliga a comunicarnos de forma fragmentada y convierte el contacto en algo frío e interrumpido. Algo que cada vez me molesta más. La línea de conversación se rompe cada dos minutos por un nuevo giro, una nueva anotación, un nuevo episodio que aparece en la pantalla. Así se vuelve difícil sostener al otro a través del lenguaje, mantener un hilo, habitar una conversación.
Todo se vuelve rápido y descuidado. Como casi todo lo que hacemos ahora, incluso en la vida íntima.
El afán de producción y de inmediatez nos empuja a comunicarnos desde la brevedad y la eficacia, perdiendo incluso nuestros signos de exclamación y de interrogación completos. En nuestra hermosa lengua vienen de dos en dos, abriendo y cerrando la emoción o la pregunta. Pero también ellos han sido reducidos a la mitad.
Vamos siendo cada vez más descuidados. Falta amor por el detalle, por la orfebrería de la palabra: sus gestos, sus matices, sus temperaturas. Ya casi nada se mide.
Imagino cómo sería escribir poesía por WhatsApp. Un romance. Incluso un mensaje erótico. Me quedo tibia ante la idea de pensar en un mundo donde el cortejo por carta —esa espera, esa paciencia, ese disfrute lento— fuese sustituido por la inmediatez de un «Q ace?» capaz de derretir en ácido mis ojos.
Los ritmos furibundos de la mensajería han desterrado incluso el «Buenos días» o el «Espero que te encuentres bien», que ya parecen pertenecer a los anales de la cortesía.
Me entristece especialmente que quienes deberían dar ejemplo no lo hagan. Porque permitir que en WhatsApp se escriba mal es, en cierto modo, aceptar que la idiotez tiene sus espacios. Y lo preocupante no es solo que existan esos espacios, sino que en ellos pasamos gran parte de nuestros días.