Mientras llueve

La mañana de marzo se asoma a mi ventana salpicando los cristales con una lluvia mansa que desdibuja el paisaje. Vuelan las gaviotas que anidan en las terrazas cercanas y su vuelo blanco me distrae con su ir y venir buscando comida entre los  tejados, quizá algún nido de pájaros sea su objetivo. No quiero mirar, ya vi una vez cómo sacaban a un pajarillo de entre las tejas y se lo llevaban en el pico hasta su propio nido. A veces la naturaleza es así de cruel: hay que alimentarse como sea, unos viven porque otros mueren. Pero a mí me da pena del pajarillo indefenso que ya nunca podrá volar.

Pienso en ello mientras oigo la música suave de la lluvia que se desliza por los cristales. Y oigo también, más lejos, otra música descorazonadora de esos tambores de guerra que suenan estridentes y arrítmicos cada vez en más sitios. Cada vez más cerca. Me horroriza pensarlo, no puedo entender que, mientras el hombre se prepara para volver a la Luna soñando otros mundos, algunos, que sólo defienden sus propios intereses, se entretengan en jugar a la guerra sin importarles el dolor que causan y las vidas que se pierden defiendo con bombas lo que deberían defender con la palabra, el arma humana más poderosa y tristemente más olvidada. Parece que eso de “hablando se entiende la gente” es sólo un refrán en desuso. Una utopía. Hablar, razonar, negociar, renunciar, entenderse... ¿es imposible? Es imposible porque no hay voluntad de arreglar los problemas sin estruendo, sin arrasar países enteros dejando un reguero de muertos y vivos sin vida, porque se quedan sin nada, sólo con su dolor a cuestas. María Zambrano veía la guerra como una tragedia que anulaba la política y la convivencia reduciendo al ser humano a una existencia sin tiempo.

La lluvia sigue su danza triste de gotas limpias que se deslizan como lágrimas ante mis ojos. Las gaviotas vuelan ajenas a mis pensamientos y a esa lluvia que apenas moja sus alas. Mi ánimo se resiente con un sabor agridulce que me desasosiega. La promesa de primavera que se asoma a los árboles del paisaje, a las flores de los balcones, al trasiego de pájaros que cruzan el cielo piando alegres preparando sus nidos, contrasta con las imágenes horrendas de esas guerras absurdas, innecesarias, que no entiendo; que ensombrecen el horizonte de cualquier primavera y acaban con el sosiego de los que no entendemos que las diferencias entre países se arreglen de forma violenta.

El tiempo y el dinero que se emplea para librar batallas cruentas, que al final no arreglan nada, podría dedicarse a mejorar el mundo que tenemos. Tan hermoso, tan azul. Tan descuidado. Me revuelve el estómago ver en directo cómo lo  destruimos, y me descorazona el sufrimiento de la gente, el llanto amargo de tantos niños que se quedan sin familia, sin casa... Sin nada. Mientras llueve pienso en ello; la lluvia moja mi paisaje verdeando los árboles  y avivando las flores nuevas de mi balcón. Pero hoy el agua mansa se me antoja llanto. Un llanto amargo, silencioso; un lamento contenido, una música triste... Un réquiem por todo lo hermoso que se nos va muriendo. Pienso en esa canción hermosa que se convirtió para siempre en un himno de paz: Imagina que no hay cielo, ni infierno bajo nosotros. Que no hay nada por lo que matar o morir... Imagina a la gente viviendo la vida en paz. La voz de Lennon se me acerca y su sueño de esperanza me pellizca el alma. Lástima que su voz se aleje en el tiempo. Lástima que el sueño sea un imposible. Los violentos no entienden de sueños. No creo que nadie que oiga desde el corazón un canto tan bello, piense después en destruir el mundo con guerras inmisericordes. Hoy siento, mientras llueve, que ese “No a la guerra” que vuelve a oírse, debería ser una única voz. La voz de todos. Sé que soy una soñadora, pero no soy la única. Me fascina esa lluvia que hace florecer los campos de lavandas. Y me horrorizan las guerras que destrozan la vida.

Imagino a la gente viviendo la vida en paz.