El hombre que no quiso ser salvado
Abrió los ojos con el corazón galopando en el pecho. Un estruendo lejano le despertó. Era un ruido familiar, una vibración que no correspondía al pulso de la tierra. Salió de la choza armado con su arco y un pequeño zurrón con flechas; sabía lo que significaba ese grito, pero su instinto le obligó a investigar antes de que el miedo se hiciera dueño de sus actos. Había aprendido a desplazarse por la selva sigilosamente, convirtiéndose en parte del viento, sin que su presencia fuera vislumbrada ni por las aves que revoloteaban por la zona, ni por las alimañas que lo acechaban.
Llegó hasta un pequeño claro. El sonido era mucho más fuerte y retumbaba en sus propios huesos. Despacio y con la cautela del que sabe que la muerte tiene muchas caras, se subió a una de las gruesas ramas, oculto entre el follaje. Los monstruos habían vuelto: seres que aplastaban la selva sin mirarla, ignorando los nidos, las cuevas y escondrijos. Los pequeños animales salían despavoridos intentando no ser engullidos por aquellas enormes fauces, pero muchos de ellos eran aplastados al paso de esa maquinaria ciega y sorda. Los más grandes se enfrentaban a ellos, pero él sabía que era imposible luchar contra aquel metal sin alma. Se bajó del árbol y se dirigió rápidamente a su choza. Cogió otro zurrón, lo llenó de varias piezas de fruta y un pedazo de carne de la caza que había conseguido la noche anterior. Agarró el hacha que estaba apoyada en la pared de la choza, y se internó en lo profundo del bosque. No miró atrás.
Solamente paraba cuando notaba que el aire de la selva se hacía más fresco, menos denso, como si el bosque mismo respirara con más calma. Dejando su zurrón a buen recaudo, subía a la rama más elevada que encontraba y aguzaba el oído. Si comenzaba a distinguir el zumbido constante de las cigarras, el lamento lastimero de algunas aves o los gritos estridentes de los monos, bajaba a por su zurrón, el hacha, el arco, las flechas y, apoyándose en el tronco del árbol, se quedaba dormido. Aunque nunca dormía profundamente. Si entre el chirrido de los saltamontes o el incesante repiqueteo de las aves nocturnas escuchaba un sonido agudo, penetrante y muy intenso que hacía que su cuerpo temblara ligeramente, saltaba rápidamente del árbol. La amenaza estaba cerca.
En una de sus caminatas descubrió una zona despejada, cerca de una gran roca, y no muy lejos de un riachuelo. Era el sitio perfecto. Durante varios días no hizo otra cosa que otear el horizonte, observar a los animales, sentir la humedad de la tierra como si formara parte de él. Se pasaba mucho tiempo sentado en la roca. Cerraba los ojos y escuchaba. Los insectos recorrían su cuerpo. No le sentían extraño, sino hermano. ¿Quién era ese ser que había llegado a su hogar? ¿Sería peligroso? Varios monos, muy pequeños, se acercaron a él, curiosos. Uno de ellos dio un salto y se encaramó en su cabeza. El hombre no se movió, dejando que tirara de su cabello. Entregándose a ellos. Cuando se aburrieron, los monos salieron corriendo internándose en lo profundo de la selva. Esa noche, abandonó la roca y se quedó dormido apoyado en el tronco del árbol más grueso que encontró, protegido por grandes raíces y varias hojas que recogió del suelo, lo suficientemente grandes como para taparle completamente fundiéndose con el lecho del bosque.
Con el primer sol, comenzó su labor. Recogió las fibras más fuertes y las hojas más anchas para levantar su refugio. Sus amigos, los monitos, volvían a visitarlo. El hombre, al darse cuenta, dejó sobre la roca algunas piezas de fruta, sellando un pacto de silencio y compañía. Cuando hubo terminado la choza, comenzó la tarea más profunda: un agujero en el corazón de la cabaña. No usó sólo ramas; hundió sus manos en la tierra, sintiendo la carne bajo sus uñas hasta que el hueco tuvo la profundidad de un templo. Sobre ese vacío sagrado, colgó una hamaca flexible, suspendido sobre el corazón de su mundo, sintiendo su latido y protegiéndolo ante los demás.
Pero su silencio volvió a romperse. Mientras talaba, el crujido de unas ramas bajo pies pesados le puso en alerta. Algo ajeno estaba allí. Se encerró en su santuario, arco en mano, y a través de una grieta vio a dos hombres avanzando con la lentitud de quien invade un territorio prohibido. Su respuesta fue un grito, arrancado de sus entrañas. Un grito no sólo proveniente de él sino de todos aquellos que le fueron arrebatados. Salió a su encuentro, vibrando de rabia y volvió a rugir. Los extraños, comprendiendo que aquel hombre era la frontera de ese bosque, apoyaron sus bultos en el suelo y retrocedieron con las manos vacías y las palmas hacia él. No era la primera vez que veía a los de su especie, pero esta vez el asedio era demasiado cercano.
Esa noche, sacó la hamaca fuera de la choza, ignorando los “regalos” que aquellos hombres le dejaban: ropas y objetos inútiles que no hablaban el idioma de la selva. Sólo aceptó el hacha de hierro, la única herramienta capaz de morder la madera con la misma dureza que ellos. Intentó alejarles con trampas y silencios, pero ellos volvían, gritando en una lengua que él se negaba a aprender, una lengua que no tenía palabras para describir el alma de los árboles, el corazón de la selva. Una mañana, harto de la intrusión, disparó. Hirió a uno de ellos y vio cómo se retiraba el desorden. No necesitaba su caridad ni su soberbia. Años atrás, otros hombres ya le habían enseñado lo que traían consigo: fuego, sangre y el fin de lo que amaba. ¿Por qué pensaban que él quería ser como ellos? ¿Por qué invadían su hogar con la excusa de salvarlo?
A lo largo de su existencia, varias chozas quedaron atrás a medida que las bestias avanzaban. No le importaba. Se tenía a sí mismo y el amparo de la selva.
La última vez que los pudo ver, el miedo fue diferente. Sus piernas ya no le obedecían como antes y su delgado cuerpo se sostenía en una vara de madera que delataba su fragilidad. Pero su espíritu seguía fuerte, siendo su apoyo. Les gritó con un hilo de voz y, renqueante, se retiró a su último refugio. La única visita que realmente esperaba, la amiga más fiel y silenciosa, la única que no podía mentirle, estaba ya en el umbral. Con una paz que no conocía de hombres ni de máquinas, se acomodó en su hamaca sobre el hueco de la tierra y, por fin, cerró los ojos para siempre.