Los jazmines de don Manuel

Pasear es uno de mis pequeños lujos, uno de mis grandes placeres. En invierno me miro tranquila y relajada en los escaparates de las calles de Málaga; en verano me refresca  un paseo    largo a orillas del mar salpicado de palmeras, cipreses, lantanas, ficus, margaritas, damas de noche... Mi perro, que pasea conmigo, lo conoce como yo palmo a palmo. Sabe que en el ficus se esconde un gato arrabalero que le planta cara cuando intenta levantar la pata en su territorio. Sabe también que, entre la hiedra de la palmera, vive un grillo despistado y rezagado que canta hasta en otoño; el paseo es su mejor auditorio, tiene muy buena acústica y un público fiel.

Hace mucho que me llevo bien con esos kilómetros de orilla de mar que saben tanto de mi tiempo. Sola, con bebés en brazos, con amigos de siempre, con perros distintos, con amores eternos, el Paseo Marítimo de Torre del Mar es el protagonista indiscutible de mi verano. Tiene todo lo que necesita un espacio abierto para hacerlo apetecible: buenas vistas a un mar azul, con sus barquitos, con sus gaviotas, con la música de las olas, con su brisa marinera que se mezcla con el olor de  los espetos y el exclusivo perfume de verano de las damas de noche. Es un agradable  paseo, a veces  solitario y a veces tan concurrido que los niños que juegan se pierden entre las gentes, entre extranjeros rojos de sol que pasean en bicicleta con sus mascotas, entre abuelos de caminar despacio o entre chicos y chicas en bañador que juegan a la pelota en la arena. Es tan apetecible que desde hace unos días también pasean por el unos veraneantes de lujo que se quedarán también en invierno: unos versos de la Travesía, de Manuel Alcántara, mi admirado escritor y poeta que conoce tan bien lo cotidiano como los buenos caldos. No nos conocemos de nada pero su columna diaria y yo desayunamos juntas cada mañana.

Maravillosa sorpresa, Don Manuel, saber que su Travesía será también la mía y la de todos los que quieran pasear en verso. Caminar entre árboles, flores de colores blancas, rojas o amarillas, con el azul del mar y la danza blanca de las olas y las gaviotas, tendrá otro placer añadido: entre la fuente y el árbol, entre bancos de madera y duchas que refrescan la piel y entre barquitos de pescadores que huelen a chanquetes y boquerones, un maravilloso poema para elevar el espíritu, para refrescar el alma:

Las olas que el mar levanta

dispuestas a bien morir

llevan siempre una biznaga.

 

Mi perro tendrá que aprenderse otras paradas de memoria. Pararemos a descansar en el ficus del gato arrabalero, en la hiedra que protege al grillo trovador, en la fuente de piedra y en todos y cada uno de los poemas que visten de cultura fresca el paseo. Los iremos leyendo todos. Mi perro, que no sabe de letras, se aprenderá las paradas. Yo me aprenderé los versos.

Los jazmines de la playa

el mar los deja en al orilla

y los recoge mañana.

 

Jazmines que huelen a versos, versos que huelen a jazmines, ¡precisamente a jazmines!... El ilustre poeta no sabe que guardo en esa flor mil perfumados momentos que me dicen tanto, tanto...

Un Paseo de verano, con la risa amiga que me divierte, con el sol que me calienta, con la luna de plata que me duerme, con la mano cálida que me lleva despacio a ninguna parte, andando, en silencio.

Gracias por tan maravilloso regalo. Gracias por adornar con bellos poemas mis tardes de verano. Gracias, Don Manuel, por perfumar mi paseo con esos jazmines que huelen a verso.

Mi perro acabará amando su poesía, como yo.