Re-producción asistida

El sentido profundo de la vida, —sea cual sea—, parece haberse desplazado silenciosamente. Durante milenios, la existencia humana giró en torno a principios básicos, todos alineados en pro de la continuidad de las especies, entre ellos, la reproducción. No solo en el plano biológico, como la capacidad de engendrar hijos, sino también en el plano simbólico: reproducir cultura, valores, vínculos, formas de entender el mundo. La esencia de la vida es perpetuarse a sí misma, pero ese eje parece haberse quebrado. Para el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, la clave de la continuidad está en los sistemas de parentesco y las alianzas (como el matrimonio). No se trata solo de procrear, sino de tejer redes entre grupos, garantizando estabilidad y cohesión a largo plazo.

Cada vez somos menos fértiles, y no únicamente lo dice la estadística de una pirámide de población cada vez más envejecida, la dificultad para tener hijos es solo la superficie de un fenómeno más amplio: también cuesta generar ideas, proyectos vitales con sentido, formas auténticas de relación. Hay una especie de agotamiento ahogado que atraviesa tanto el cuerpo como el pensamiento. Como si algo en nosotros se hubiera desconectado de la fuente misma de la vida y en su lugar, hubiésemos instalado otro principio rector: la producción.

Hemos dejado de decir «reproducir» y nos hemos quedado solo con «producir». Puede parecer un matiz menor, casi lingüístico, pero en ese recorte hay toda una declaración de época. La palabra reproducción lleva dentro algo esencial: el prefijo re-, esa pequeña partícula que habla de retorno, de repetición, de continuidad. Reproducir es participar de un ciclo mayor, insertarse en una lógica que no empieza ni terminaba en uno mismo. Era reconocer que la vida se da, se recibe y se transmite. Que hay algo previo —llámese naturaleza, vida o incluso Dios— que se replica a través de nosotros.

Al eliminar ese re-, hemos roto el vínculo.

Nos hemos quedado con la producción: generar, extraer, fabricar hacia afuera, desde una conciencia centrada en sí misma y sus placeres. Ya no se trata de continuar la vida, sino de crear objetos y beneficios. No dentro de un ciclo equilibrado y sano, sino imponiendo una dirección con poco margen de tiempo. En ese gesto, dejamos de ser replicantes de la vida para convertirnos en operadores de un sistema que tiene una lógica clara: la del intercambio constante, la del valor medido, la del comercio llevado a su forma más radical. Todo debe producir, todo debe rendir, todo debe justificarse en términos de utilidad. Incluso aquello que antes pertenecía al ámbito de lo íntimamente sagrado.

El amor ya no se reproduce: se gestiona, se negocia y se consume. La libertad ya no se vive: se calcula dentro de márgenes aceptables. La vida misma deja de expandirse para optimizarse, y en ese desplazamiento, algo profundo se pierde, porque al quitar el re-, no solo eliminamos la idea de repetición: eliminamos la pertenencia a algo mayor. Nos desconectamos de la fuente que nos hacía parte de un flujo continuo y nos instalamos en una producción sin origen claro y sin destino que trascienda. Nos enfrentamos a nuestra finitud, esta vez sin paracaídas ni red que nos sostenga. Como diría J.P. Sartre  «El hombre está condenado a ser libre».

Puede que sea por eso que aparece una sensación difusa de vacío, como la que habla G. Lipovetsky en su obra La era del vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo (1983), o como entiendo, de esterilidad que no es solo biológica ni intelectual, sino existencial. Producimos mucho, pero perpetuamos poco. La obsolescencia ha ocupado el nido, obligándonos a repetir un acto, ahora sí, con final, mientras generamos sin transmitir y avanzamos sin continuar.

Recuperar el re- no es una cuestión gramatical sino política. Es volver a preguntarnos si queremos seguir produciendo desde una conciencia aislada o si todavía somos capaces de reconocernos como parte de algo que merece ser vivido, cuidado y, sobre todo, reproducido.

Producir más, rendir más y optimizar cada minuto.

Pero esta producción no engendra vida, no deja huella en el alma, no construye continuidad. Es una actividad estéril en términos existenciales, aunque fértil en cifras y beneficios. Se produce sin amar, se trabaja sin creer, se avanza sin saber hacia dónde. La fertilidad —en su sentido más amplio— ha sido sustituida por la rentabilidad.

El amor, que antes era motor de vínculos y de creación de vida, se ha convertido en mercancía. Las relaciones se negocian, se consumen o se descartan. La libertad, por su parte, se presenta como un ideal alcanzado, pero en la práctica está condicionada por estructuras que dictan qué desear, cómo vivir y cuánto valemos. Todo parece tener precio, incluso aquello que, por naturaleza, debería permanecer fuera del mercado.

Esta transformación plantea una duda inquietante: ¿seguimos integrados en la lógica de la vida o nos hemos desviado hacia un sistema que, aunque creado por nosotros, nos resulta ajeno? La vida tiende a reproducirse, a expandirse, a perpetuarse. Pero nosotros, en nombre de la eficiencia y el progreso, estamos aceptando renuncias que afectan a ese impulso básico.

Por lo tanto, el problema puede que no sea solo que estemos dejando de tener hijos o ideas, sino que estamos dejando de comprender qué significa realmente ser humanos. Hemos cambiado la reproducción por la producción material. Y en ese intercambio, el espíritu ha quedado fuera. La pregunta que queda en el aire no es menor: ¿cuál es el precio de esta renuncia y cuánto tiempo más estamos dispuestos a perpetuar el sistema del cuco?