La voz de los ausentes

Para que los leas con tus ojos grises / para que los cantes con tu clara voz / para que llenen de emoción tu pecho / hice mis versos yo. Me lo decía cada noche Gustavo Adolfo Bécquer desde el pequeño y gastado librito de poemas que dormía a mi lado, que me veía apagar la lamparita de la mesita de noche para dormir. Sus versos eran mis versos de cabecera y su mensaje de amor me llevaba, en brazos de Morfeo, hasta esos recónditos y lejanos bosques de madreselvas donde duermen los sueños. La voz de un poeta ausente, llena de romanticismo, me invitaba, noche a noche, a vivir.

Las voces de los que se fueron nos acompañan, están en el aire vagando en el tiempo, recordándonos con su silencio lejano aquellos mensajes que dejaron para nosotros; aquel pálpito de vida que sobrevive a su ausencia. El alma que tan generosamente desnudaron para nosotros se nos aparece cada vez que los recordamos; cada vez que evocamos un gesto, una frase, un verso o una palabra suya. El pequeño libro que dormía a mi lado vigilando mi sueño, guardaba la esencia de un poeta. Con mis ojos castaños leía sus versos; con mi clara voz de niña los recitaba una y otra vez. Bécquer, ausente desde tantos años atrás, volvía cada noche a la vida por un impulso infantil que eternizaba sus sueños. La palabra ausente se hacía presente borrando la imposible distancia del tiempo.

Fue mi poeta de cabecera, el que me llevó de la mano hasta el maravilloso mundo de la poesía; que me enseñó su alma y me empujó a desnudar la mía, a escribir versos que querían parecerse a los suyos. Lo recuerdo ahora, cuando veo a través de Velevisa 'La palabra ausente', el sentido homenaje de Vélez a unos poetas que ya no están. Salvador Rueda, Martín Galán, Miguel Berjillos, Juan Coín, Francisco Cazorla, Amadeo Téllez, Salvador Cabello, Javier Cabello, García Valverde… Sus versos se oían en las emocionadas voces de amigos y familiares. Sus poemas llenaban de ausencia una estancia repleta de presencias. Uno a uno, los poetas volvían desde el infinito, en brazos del sentimiento, a momentos precisos de su vida pasada; instantes que ellos eternizaron en palabras que siguen vivas en el recuerdo. Como las anémonas, voces amigas nombraban a Joaquín Lobato, y él, desde el intangible y lejano azul, les respondía, como a las palomas que llamaban a su puerta. María Zambrano volvía también a su patio y a su limonero. A través de la distancia, pude sentir el calor humano que arropaba la ausencia de los poetas. Qué hermoso, hacerles volver a la vida venciendo la barrera del tiempo, subidos en la cadencia dulce de unos versos que ellos plasmaron en unos renglones, a veces torcidos, que se hicieron eternos en el papel. Emocionadas voces, entrecortadas voces, los trajeron por unos instantes a casa. Mi casa es perfumada y ramosa... –decía Neruda saboreando “el olor del regreso”– en el jardín han crecido matorrales misteriosos y fragancias que yo desconocía. El álamo que planté en el fondo y que era esbelto y casi invisible es ahora adulto. Su corteza tiene arrugas de sabiduría que suben al cielo y se expresan en un temblor continuo de hojas nuevas.

Oyendo la palabra ausente, sentí que el alma de los poetas sigue vagando, saboreando el olor del regreso. Han crecido otros árboles que buscan el cielo con arrugas de sabiduría, como el álamo de Neruda o los ficus centenarios del Parque. Nacieron vidas nuevas, fragancias nuevas, pero aún perfuman el aire unas brisas y unas flores que adornaron un tiempo que se quedó para siempre al abrigo de los versos. En brazos del recuerdo, se abrieron a la vida las flores de ayer, esas que perduran en la memoria resistiendo al inmisericorde viento del olvido. Los versos son flores escritas. Flores de papel de primaveras ausentes que siguen alegrándonos el alma.

Para que los leas con tus ojos grises / para que los cantes con tu clara voz

Oigo la palabra ausente. Apago la luz ausente y vuelvo a lejanos bosques de madreselvas.