miércoles, 08 de julio de 2026 14:42h.

Preludio terrible

Al calorcito de julio, al son del rebalaje, la música volvía  a ser protagonista absoluta  del anochecer de verano en el Paseo Marítimo de Torre del Mar. Daniel Martínez “jugaba en casa” de nuevo, con un concierto magnífico rodeado de los excelentes músicos que lo acompañan. Javier Claros, Celia Varo, Carlos Pomares, Pablo Fernández y las voces de Alba Bermejo y Rocío García Fernández, que también baila. El ventilado espacio se fue llenando de gente; amigos, seguidores fieles de su música, veraneantes y curiosos ocupaban sus sillas mientras los músicos ensayaban poniendo a punto su excelencia. Afinando las voces, las guitarras, los vientos, la percusión, el piano... Poniendo a punto el alma para dejarse la piel en el escenario.

He visto muchas veces a Daniel Martínez, he oído su música y me he dejado llevar por su sensibilidad y su sentir de músico completo. Lo admiro desde que empezó a musicar los versos  de un poeta que conocí en la adolescencia y que siempre me gustó. Joaquín Lobato contaba en verso las cosas de Vélez que yo conocía, y me emocionaba en su poesía su sentir veleño, su sensibilidad para cantar lo cotidiano. He soñado con los montes y he divagado con la brisa de un mar.  Aquellos primeros versos los descubrí cuando el esplendor en la hierba pintaba de rosa mi horizonte y el corazón latía con fuerza, sin medida, sin control, atropelladamente. A golpe de verso y de emociones.

Pensaba en ello oyendo la música hermosísima que llenaba el aire cantando a la espuma y al viento, y a ese mar que sentíamos tan cerca meciendo serenamente sus olas, sumando música a la música. Como Joaquín, sentíamos  que sería terrible saber que ese mar llora por las noches sin que nadie sepa que está despierto. El poeta veleño se hacía presencia. En brazos de la música volvía a la vida desde la fila cero del infinito, entre amigos, guitarras, violines, pianos, percusión y voces dulcísimas arrullando sus versos. Cómo disfrutaría el poeta oyendo sus poemas envueltos en una música tan bella. Una música excelsa que los eleva hasta ese cielo de anochecer sereno, con aromas de mar en calma, que pasean las gaviotas dejando el aroma del verano en el vuelo. Versos, música y músicos haciendo causa común para dejar lo mejor de cada uno en el escenario.

Sonaba el saxo con una fuerza imparable, obediente al latido de Javier Claros, entusiasta Eolo dominando los vientos del pentagrama, haciendo hablar al saxo, a la flauta travesera... Mientras, el violín nos regalaba su elegancia dejándose acariciar por el mimo y la sensibilidad de Celia Varo. Vibrantes el piano y la percusión, Pablo Fernández y Carlos Pomares marcando el ritmo de la noche. Y las voces... ¡ay, las voces! Qué manera tan hermosa de cantar, de mecer los versos y las letras de canciones que nos encantan... Y entre unos y otros, él, Daniel Martínez, con su piano y su guitarra llenando el escenario, dejando el alma al aire. Excelente música de un músico excelente. Especialmente bello un preludio, que estrenó en una iglesia de Málaga, y  tituló Preludio Terrible, como principio de la música que acompaña al verso de Joaquín Lobato que me gusta especialmente: Sería terrible saber que lloras por las noches, oh mar. Dulce, rotundo, triste, melancólico, no podía llamarse de otra manera. Preludio Terrible, sí, porque terrible sería oír llorar al mar. Al poeta le habría encantado ese título para una música, terriblemente hermosa, de un verso que canta al mar.

Cada música, cada canción se hacía poema. Tocaban, cantaban y bailaba Rocío García moviendo con sentimiento sus brazos al aire. Vestida de blanco etéreo, parecía una novia  dando un 'sí quiero' rotundo a la música, a la voz, a la danza. Qué belleza, qué emocionante todo.

Y llegó el final con la versión de un tema antiguo precioso, intenso, triste, nostálgico. Daniel Martínez vibraba con su guitarra, punteando con fuerza, con vehemencia, sintiendo la música, mientras la voz de Rocío cantaba Llora el teléfono. Tan romántico el tema, tan bien cantado... Llora el teléfono / no cuelgues, por favor / que cerca estoy de ti / con nuestra voz. Lloraba la voz, lloraban los brazos abiertos, lloraba el teléfono y lloraba, con un sentir contagioso, esa guitarra que se moría de pena y de amor en el escenario. Qué versión tan preciosa. Qué recital de buen gusto.

Una vez más, la excelencia se hizo concierto. Y nos llevó en volandas, desde la orilla de un mar que amamos, al mismísimo corazón de la música. Oyendo un preludio terrible, unos versos y unas canciones dulcísimas de ayer y de hoy, vibramos, nos emocionamos y de alguna manera todos fuimos música. ¿Qué haríamos sin ella? La música suaviza la desesperanza y nos aísla del ruido estridente y oscuro que nos desasosiega.

“Suena el teléfono...” Sonaba de verdad, y al otro lado alguien me decía que había vivido   junto al mar momentos maravillosos en un concierto inolvidable.

Un preludio de verano terriblemente hermoso.