La infantilización emocional: cuando las redes sociales empezaron a enseñarnos a abandonar antes que a comprender (1)
La psicología convertida en eslogan
Hay ideas que, de tanto repetirse, terminan pareciendo verdades universales. «Si una persona no te aporta, aléjate». «Rodéate solo de quien sume». «Haz contacto cero». «No permitas que nadie altere tu paz». Basta con pasar unos minutos en cualquier red social para encontrarse con un sinfín de vídeos que prometen enseñarnos a relacionarnos mejor y a proteger nuestra salud mental. Muchas de estas recomendaciones nacieron en el ámbito de la psicología para ayudar a personas que sufrían relaciones abusivas, manipuladoras o profundamente dañinas. Sin embargo, cuando estos conceptos salen del contexto clínico y se transforman en mensajes de consumo masivo, corren el riesgo de simplificar una realidad mucho más compleja, hasta el punto de transmitir la idea de que cualquier conflicto, cualquier decepción o cualquier incomodidad justifican romper un vínculo.
No se trata de negar la importancia de los límites ni de defender relaciones que lesionan la dignidad de las personas. Al contrario. El problema comienza cuando el lenguaje de la salud mental deja de servir para comprender el sufrimiento y pasa a convertirse en una herramienta para evitar cualquier forma de malestar. En ese momento, la psicología deja de ayudarnos a madurar y empieza, sin pretenderlo, a reforzar una cultura donde la incomodidad parece un fracaso y la frustración una experiencia que debe eliminarse cuanto antes.
¿Qué entendemos por infantilización emocional?
Quizá estemos asistiendo a un fenómeno que todavía no tiene una definición única, pero que podría describirse como una infantilización emocional, entendida no como una incapacidad intelectual, sino como la dificultad creciente para tolerar la espera, la contradicción, el conflicto y la imperfección que acompañan inevitablemente a cualquier relación humana. Ser adulto nunca ha consistido únicamente en cumplir años, trabajar o asumir responsabilidades económicas; también implica aceptar que las personas no responden siempre como esperamos, que amar exige renunciar en ocasiones al beneficio inmediato y que convivir supone atravesar desacuerdos sin destruir el vínculo.
Paradójicamente, nunca habíamos hablado tanto de inteligencia emocional y, al mismo tiempo, nunca habíamos parecido tan incómodos frente a las emociones desagradables.
La cultura digital y la lógica de la inmediatez
La cultura digital no ha creado por sí sola este fenómeno, pero sí parece haber acelerado algunos procesos que ya estaban presentes en las sociedades occidentales. La rapidez con la que consumimos información, la gratificación inmediata que ofrecen las plataformas digitales y la lógica de los algoritmos, diseñados para captar nuestra atención durante el mayor tiempo posible, favorecen un estilo de pensamiento basado en la inmediatez y la simplificación. El psicólogo social Jonathan Haidt, en su libro La generación ansiosa. Cómo la gran reconexión de la infancia está provocando una epidemia de enfermedades mentales con Editorial Deusto. (2024), sostiene que el uso intensivo de los teléfonos inteligentes y de las redes sociales durante la adolescencia coincide con un aumento de los problemas relacionados con la ansiedad, la depresión y el aislamiento en numerosos países occidentales. Aunque el propio autor advierte que se trata de un fenómeno complejo y multifactorial, su trabajo invita a reflexionar sobre la forma en que el entorno digital está modificando el desarrollo emocional de las nuevas generaciones.
Del amor líquido al consumo de personas
Esta transformación no solo afecta a la salud mental individual, sino también a la manera en que concebimos las relaciones. El sociólogo Zygmunt Bauman ya anticipó esta tendencia en Amor líquido (Liquid Love-2003), donde describía una sociedad caracterizada por vínculos cada vez más frágiles, marcados por el miedo al compromiso y por una búsqueda constante de satisfacción inmediata. Bauman no culpaba a internet, pues escribía cuando las redes sociales apenas comenzaban a expandirse, sino que señalaba un cambio cultural más profundo: la lógica del consumo había dejado de limitarse a los objetos para extenderse también a las relaciones humanas.
Quizá esa sea una de las imágenes más representativas de nuestro tiempo. Consumimos amistades, experiencias e incluso parejas con una rapidez que recuerda más al funcionamiento de un mercado que al desarrollo natural de un vínculo afectivo. Hemos incorporado al lenguaje cotidiano expresiones propias del mundo empresarial para hablar de las personas. Ya no decimos únicamente que alguien nos hace sentir bien; afirmamos que nos aporta. Tampoco describimos una relación como enriquecedora, sino como una inversión emocional. Preguntamos si una persona suma o resta, como si el afecto pudiera medirse mediante un balance contable.
Cuando las personas dejan de ser personas
Esta forma de hablar no es inocente. El lenguaje no solo describe la realidad; también contribuye a construirla. Cuando empezamos a evaluar a las personas exclusivamente por el beneficio que producen, corremos el riesgo de olvidar que los vínculos humanos no funcionan como una empresa. Ninguna amistad auténtica, ninguna relación de pareja duradera y ninguna familia permanece unida porque todos sus miembros aporten exactamente lo mismo en todo momento. Hay etapas en las que uno sostiene al otro y etapas en las que sucede exactamente lo contrario. La reciprocidad existe, pero rara vez adopta la forma de un equilibrio perfecto e inmediato.
Del yo al olvido del nosotros
Resulta significativo que muchas de las expresiones más populares en redes sociales estén formuladas desde una lógica profundamente individualista. Se insiste, con razón, en la importancia del amor propio, de establecer límites y de proteger la salud mental, pero con mucha menos frecuencia se habla del esfuerzo que exige comprender al otro, reparar un conflicto o permanecer cuando la relación atraviesa un momento difícil. Parece que hemos aprendido con enorme facilidad el lenguaje de los derechos, mientras olvidamos el de las responsabilidades afectivas.
El problema no reside en cuidar de uno mismo, sino en convertir el bienestar individual en el único criterio para evaluar cualquier vínculo. Una pareja, una amistad o una familia no son únicamente espacios destinados a satisfacer necesidades personales; también constituyen proyectos compartidos donde aparecen obligaciones, renuncias y responsabilidades recíprocas. Los terapeutas familiares hablan con frecuencia de un tercer espacio, un lugar simbólico donde deja de existir únicamente el yo y el tú para construir un nosotros. Ese espacio requiere negociación, paciencia y capacidad para soportar momentos de incertidumbre. Sin embargo, la cultura contemporánea parece privilegiar continuamente el interés individual frente a la construcción de un proyecto común.