La Luna en mis ojos
Siempre me gustó mirarla. Ella, brillante y plateada, iluminaba mis noches y mis sueños, y su misteriosa belleza me inspiraba para escribir unos torpes versos que querían hacerla eterna rimando su luz con mi sueño de poeta. A mi manera, buscaba palabras hermosas para cantar mi atracción por ella; mi fascinación se rendía al embriagante hechizo de Luna que me hacía suspirar. “Estás siempre en la Luna”, me decían mis amigas, y era verdad. Estaba en la Luna cuando aprendía inglés en el instituto y, en vez de atender los tiempos del verbo to be, me quedaba extasiada pensando en Elvis en inglés. It's now or never...
Estaba en la Luna cuando imaginaba que un héroe de tebeo, con su espada y su melena al viento, cobraba vida y venía hasta mi mundo real para abrazarme. Estaba en la Luna cuando me citaba junto al mar con aquel muchachito en las noches claras de verano en un romántico ritual que nos acercaba más y más. La Luna, siempre la Luna, con su luz, su halo de misterio y su belleza. La hermosa Luna cambiante, menguante, creciente o redonda como una pandereta de luz silente que iluminaba mis horas y las zonas oscuras de un mundo raro, que ya me inquietaba cuando le escribía versos, párvulos versos, que eran más suspiros trémulos que poesía.
Hubo un tiempo en que miraba la Luna cada noche, siempre a la misma hora, porque me citaba en secreto con alguien que estaba al otro lado de mi mundo. Los dos nos mirábamos en ella, y bajo su enigmático influjo de luciérnaga altiva, silenciosa y eterna, nos acercábamos tanto que casi podíamos tocarnos. Mirando su luz cada noche desaparecían las distancias; nos hablábamos sin hablar y ella iluminaba con su luz de plata el secreto adolescente, alumbrando la nostalgia y la melancolía de un amor, como diría Neruda, “hecho de luz oscura y de sombra radiante”.
Ha pasado el tiempo, mucho tiempo, desde aquella atracción primera por ella, Casta Diva vigilante que me empujaba a escribir. Casta Diosa, testigo mudo de lo que acontece en nuestro inquietante y complejo planeta azul. He mirado muchas veces la Luna, me he dejado mecer por su elocuente silencio en noches insomnes, y he sentido su influjo, su magia y su misterio con la misma emoción de aquellos años primeros. La Luna en mis ojos sigue siendo una constante de embeleso, pero algo ha cambiado en mi forma de mirarla desde que un admirable soñador nos ha traído su conocimiento, sus certezas, estudiando el espacio desde su trabajo en la NASA. Ingeniero aeronáutico, apasionado del Universo, Carlos García-Galán es el 'hombre de la Luna', que la miraba desde niño, soñando con llegar hasta ella y descubrir los secretos del espacio profundo. Ha cambiado mi forma de mirarla, sí. Se lo decía a él el pasado día 24 en el Aula de Cultura de la Malagueta, donde el joven ingeniero, que dirige el ambicioso proyecto de instalar una base en la Luna, daba una magnífica entrevista sobre la trascendencia de su trabajo en la NASA, para él muy ilusionante.
Hablaba del éxito de Artemis II, que ha llevado astronautas a la órbita lunar, más cerca que nunca de la Luna y pasando por primera vez por su lado oscuro. Ante una sala completamente llena de gente que oía sus explicaciones sin pestañear, Carlos García-Galán contaba la experiencia, los entresijos de esa misión reciente que ha sido tan importante. Como siempre, hablaba de ello con la serenidad que le caracteriza, contagiando su entusiasmo y sus certezas y la ilusión por seguir investigando el Espacio desde esa base lunar que él y su equipo van a hacer realidad. Era fascinante oírle contar lo que han sentido los astronautas de Artemis recorriendo la órbita lunar. Se le iluminaban los ojos cuando contaba que lo que han visto los astronautas es tan grandioso, tan fascinante, que han tardado semanas en poder hablar de ello. Tan impactados están por la magnitud y la increíble belleza que han visto sus ojos por primera vez. Las sombras, los cráteres, el lado oscuro que guarda tanto misterio aún por descubrir.
Todo lo contaba con un dominio de la palabra, con un serenidad que convencía, y nos acercaba su profundo conocimiento del Espacio y su entusiasmo por el trabajo que realiza en la NASA. Tenemos que seguir investigando, decía. No creo que estemos solos en el Universo, nuestro mundo es solo un insignificante granito de arena en una inmensidad grandiosa, apabullante, que guarda el misterio de la vida. Más de una hora de charla apasionante en una entrevista, muy bien preparada, que nos convenció y nos encantó. Después, las preguntas del público y sus respuestas claras, tan seguro de sí mismo, tan convincente, tan contagiosa su ilusión por lo que hace.
La Luna, mi Luna romántica, mi confidente, mi inspiración, se me acercaba como nunca. Ella, tan bella, tan brillante, tan misteriosa, es ahora 'otra' Luna para mí. Y la miro de otra manera. La Luna en mis ojos es ahora menos misteriosa, más tangible, más importante, más real, desde que un soñador entusiasta la estudia sin descanso en su trabajo para descifrar sus secretos y nos la acerca, soñando siempre con hacer posible lo imposible.
Desde que estás en esto, miro la Luna de otra manera, le dije al soñador. Y él, sonriente como siempre, me contestó: ese es el objetivo.
Pues, adelante Carlos. Es un orgullo para mí que alguien tan cercano, tan admirable, me 'enseñe' mi Luna de siempre, ahora vestida de ilusionante realidad.