La persona humana, su razón de ser

La  lectura detenida del discurso del Papa León XIV en el Congreso de los Diputados me ha motivado a una reflexión que deseo compartir. Me he tomado un tiempo de maduración con objeto de dejarla escrita.

 Las palabras que más pronuncia y se detiene a comentar en su discurso son: dignidad, libertad, justicia, persona humana, conciencia moral y ética. Me quedo con la pregunta que nos hace y que nos interpela: “Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”

Dar respuesta a esa pregunta, a la que os invito a plantearnos, es ahondar en el concepto de dignidad con el objetivo de tomar conciencia de ella; llevándola a su finalidad para  dar sentido a nuestra vida y a la razón de ser de la persona humana.

Hay que concebir la dignidad de la persona como el valor intrínseco, inalienable y universal que posee todo ser humano por el simple hecho de existir. Este valor no depende de condiciones sociales, económicas, físicas o intelectuales, y constituye el pilar fundamental de los derechos humanos y de una sociedad justa y respetuosa.

Una dignidad que defendemos cuando combatimos las injusticias sociales y económicas, los sistemas políticos totalitarios, las guerras... La llevamos a cabo actuando, en nosotros mismos, con coherencia y responsabilidad; y en la sociedad haciendo uso de la libertad, de la justicia, y siempre conducido por una buena conciencia ética y moral que favorezca el bien común.

Cuando el Papa León XIV habla de ‘las leyes’, antepone la dignidad de la persona a ley, y dice: “Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”.

Cuando el pontífice define el concepto de una ‘sociedad justa’, da prioridad a la dignidad en su definición: “Toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”. Porque “la forma social de la dignidad es el bien común. Y el peligro que padece el BIEN COMÚN es cuando deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos”.

 Como Papa, le hemos oído hablar con una extraordinaria sensibilidad humana, apelando a la conciencia y a la ética. Al estar presente en  el ‘Parlamento’ dirigiéndose a los diputados,  podemos ver en él la figura de un Jefe de Estado. Pero ya sea el humanista o el Jefe de Estado ha manifestado una gran valentía y compromiso denunciando el drama trágico migratorio. ¡Tú cómo persona eres libre de elegir!  Pero dicha actitud une a creyentes y no creyentes.

Pues bien, León XIV acogiéndose al principio de aplicación de la dignidad humana afirma que “el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional”. Y continúa argumentando que es una cuestión eminentemente ética y jurídica: “Cuando una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”. Expresa que dar respuesta a este trágico drama pasa por aplicar la justicia social, y dice: De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática”.

Y como dice el poeta: “Yo no quiero símbolo ni bandera que haga frontera. / No creo en el infierno, si el infierno lo haces tú, tirano, con el dolor ajeno. Yo me rebelo. / … No creo en el cielo: si el cielo del que me hablas, no es para vivirlo en esta tierra que piso, quiero y amo”.