Tiempo de cerezas
Ellas fueron mis primeros pendientes. Rojas, dulces, brillantes y carnosas, colgaban de mis infantiles orejas supliendo ese adorno de oro o de plata que llevaban otras niñas con las que jugaba. Como no me hicieron los típicos agujeritos al nacer, estuve algunos años luciendo pendientes sólo en tiempo de cerezas, cuando ellas aparecían, allá por junio, en el Valle del Tiétar. Quizá sea por eso que me gustan tanto, porque me recuerdan a la niña que presumía jugando a lucir vistosos y sabrosos pendientes de quita y pon, que luego acababa saboreando. Como los higos y las moras, las cerezas forman parte de ese paisaje de infancia que nunca se olvida. En los pueblos del valle, rodeados de esas agujas “con las que Gredos teje nubes”, que decía un poeta abulense, los cerezos en flor ofrecen, entre marzo y abril, un espectáculo de increíble belleza. El blanco níveo de sus flores se funde durante unos días con el blanco inmaculado de las cumbres nevadas de Gredos, contrastando con el verde de los pinares que visten las laderas de la sierra. Un espectáculo bellísimo que se puede contemplar en los pueblos donde las flores de los cerezos prestan su efímero y exuberante blanco al aromático y perenne tapiz verde de los pinares.
En la mitología romana el cerezo se relacionaba con Venus, la diosa del amor, con el sol y con el verano. En la Edad Media las brujas utilizaban ramas de cerezo para sus conjuros. En la cultura japonesa, el cerezo es un árbol muy importante; alrededor de su floración se celebra el Hanami, la fiesta para la contemplación de los cerezos en flor. La flor del sakura significa para ellos el paso del tiempo; los enamorados aprovechan este florido momento para declararse su amor y en las bodas los novios beben una infusión de flores de cerezo para tener buena suerte en el futuro. Yo no sabía nada de esto cuando miraba los árboles del valle cuajados de flores, ni cuando llegaban al pueblo las primeras cerezas en los cestos que los campesinos traían a lomos de sus caballos; rojas, apetitosas, carnosas, con sus tallos unidos y sus hojas alargadas, su llegada era para mí una fiesta. Son cerezas 'mollares', decía mi madre poniéndolas en el frutero, mientras yo elegía las más vistosas para mi particular ceremonia del pendiente. No sé cómo serán estas que veo ahora en mi cesta de playa; leo en su etiqueta que son de Zaragoza, y aunque un poco ácidas, me saben a campo, a vientos serranos, a flores de amor. Las imagino en el árbol aún como flores blancas, adornando el paisaje antes de convertirse en el fruto sabroso que saboreo ahora con un regusto especial. Junto al mar, al calorcito de junio en una playa tranquila, recordando a Yosa Buson: “En las tardías flores del cerezo duda la primavera que termina”.
Toda la infancia se me pone de pie al mirar las cerezas. Cierro los ojos evocando otras primaveras de flores blancas. A mi lado oigo una charla ácida y una música estridente; sentados en la arena, unas personas hablan de encuestas, de políticos corruptos, de elecciones... Estridente la música, y, por manido y aburrido, poco apetecible el tema del debate. No me interesa lo que oigo, me desdibuja el sueño de árboles y flores bellas; prefiero el rumor del mar, melodioso, gratificante, que no rompe mi particular sueño, casi una utopía. El mar se me acerca despacito con su azul sereno, dibujando para mí una irregular cenefa de espuma blanca en la arena gris. Es hermoso lo que veo: poca gente, brisa suave, algún barquito lejano que va dejando una estela, y unas gaviotas blancas que pescan pellizcando el agua, bebiéndose su azul y su sal entre graznidos alegres y vistosos aleteos.
Es tiempo de cerezas, de mar, de sol, de volver a otros veranos que se fueron muriendo prendidos en las agujas que tejen nubes. Tiempo también de decidir, a mi pesar, qué queremos hacer con el futuro de los que sueñan todavía.
Pensaré en ello entre verso y verso. “Iba yo a los cerezos en flor / dormía bajo ellos / así era mi pasatiempo”.