miércoles, 15 de julio de 2026 18:58h.

Una flor entre poetas

Abro uno de esos libros queridos que me gusta releer de vez en cuando. Entre sus páginas amarillentas me encuentro una amapola aplastada y descolorida que lleva mucho tiempo rozando letras, 'leyendo' palabras a su alrededor. La flor guarda la historia, nunca olvidada, de una parada en el campo; las páginas que la envuelven acarician sus pétalos leves, protegiendo el recuerdo de un intenso color rojo que fue palideciendo entre la belleza de palabras escritas y el sentir de un corazón de poeta.

Quizá fue por casualidad; quizá elegí precisamente esas páginas para que sobreviviera en ellas el recuerdo fugaz de un alto en el camino, el aroma embriagante del campo en una flor. Nunca mejor guardada la amapola que entre poetas que amaban la naturaleza, los naranjos en flor, las cabras, los ruiseñores. Recuerdo bien el día que cogí esa flor que ahora yace en el papel; la elegí entre miles de amapolas que cimbreaban, coquetas, sus finos tallos al compás de la brisa suave de una tarde de primavera. Una tarde hermosa y vital a pesar del halo de tristeza que nos envolvía, que desdibujaba el rabioso colorido del paisaje de mayo. Habíamos perdido a un amigo. Se había ido mientras la primavera se abría paso a golpe de aroma y de flor. Ajena a nosotros. Por encima de cualquier tristeza.

El viejo libro, que viajaba conmigo, me acompañaba en un momento que yo hubiera querido retrasar eternamente. Después, volviendo a casa, pensando en ello miraba la placidez de la tarde desde la ventanilla del coche. Todo estaba en orden: pastaban las cabras mientras el cabrero y su perro descansaban a la sombra de un árbol. Unos caballos correteaban con sus crines al viento en un manto de hierba donde, entre el espeso verde, se asomaban, abrazándose a la vida, los colores rojos de las amapolas. La tarde parecía dormida en un colorista y mullido colchón de vida floreciendo. Me bajé del coche y caminé despacio hacia donde aquella paz envuelta en colores y aromas me llamaba. Y corté la flor, la amapola hermosa, bella entre las bellas, que bailaba al son de su vida nueva. Con ella quise llevarme a casa el suspiro de  un instante de luz, que contrastaba con lo gris que dejaba atrás. Corté la flor para que siguiera viviendo conmigo entre poetas y versos, y para que me recordara de vez en cuando que la vida sigue. Siempre sigue.

Duerme la flor sobre un campo lleno de palabras hermosas, de desgarro de vida y recuerdos de poetas muertos. Los poetas no deberían morirse nunca. La flores, tampoco. En mi libro de páginas amarillentas las palabras brotan en un mayo de papel donde un hombre confiesa que ha vivido, y donde duerme una amapola que el tiempo fue secando mientras yo paseaba leyendo por un bosque chileno lleno de vida.

Guardo el libro, vuelve la flor al silencio sabio de sus páginas. La amapola entre poetas, descolorida, arrugada y yerta, me recuerda aún que la vida sigue, como la primavera, floreciendo a nuestro alrededor. Contra el viento y la marea. Por encima de todo.