El mono de Cristina
Tenía unos ojillos redondos y brillantes, unas orejas grandes y un rabo largo. Con cara de bueno y tacto de peluche suave, no era un mono de selva, ni de circo, ni de zoo, ni titiritero; era un mono de escaparate que vivía entre coches de bomberos, muñecos llorones y trenes de madera, esperando que alguien se fijara en él para tener un hogar.
Aburrido, veía pasar la gente que miraba curiosa buscando un juguete para regalar. “¿Me comprará ese niño con cara de travieso? Seguro que me tirará del rabo”. El niño pasaba de largo y el mono respiraba tranquilo. “¿Y esa niña rubia? Me pondrá encima del armario y luego jugará con sus muñecas”. La niña pasaba de largo y el mono volvía a respirar tranquilo.
Así, un día y otro día, hasta que pasó por allí un señor con barba que fumaba en pipa. Se quedó mirando al mono y entró en la tienda. El peluche se sorprendió cuando vio que lo envolvían en brillante papel de regalo adornado con un vistoso lazo rosa. Dentro de aquella bolsa que le llevaba a un destino incierto, se movía nervioso pensando quién sería, al fin, su dueño. Cuando lo sacaron de su envoltorio, sus ojillos de cristal se encontraron de frente con otros ojillos chispeantes que le miraban con ilusión. Era una niña morenita con coletas y chupete, dulce, risueña y simpática, que cogió al peluche con sus manitas y lo abrazó fuerte. Se quitó el chupete y dijo: “¡Un monillo, un monillo para mí!”. Se puso otra vez el chupete, miró al mono y sonrió. A la niña le gustó el mono y al mono le gustó la niña.
Desde ese momento, se convirtió en su juguete preferido. Colocado con mimo entre los cojines de su cama, el mono fue el rey en el país de fantasía que era la habitación de Cristina. Pasó con ella el sarampión, las paperas, vio como se le caían los dientes y la acompañó al colegio durante un tiempo. En verano la veía bañarse en el mar hasta que tenían que sacarla del agua arrugada y tiritando. Primero fue su juguete y luego su confidente. La niña morenita y risueña crecía y el monillo conocía cada uno de sus gestos. Estudiosa, sensible y disciplinada, sabía enseguida si algo no le iba bien. La veía llegar y pensaba: “Hoy lloramos”. Y lloraba la niña y lloraba el mono. El peluche guardaba en su cuerpecillo suave sus lágrimas infantiles, el sabor dulce de sus caramelos y todos los olores de sus cumpleaños. Su madre, que era una sentimental, no quiso lavarlo nunca; decía que aquel cuerpecillo marrón guardaba todas las emociones de su hija.
La niña fue creciendo. Ella cada vez más alta, el mono cada vez más marrón. Seguía con sus ojillos redondos entre sus libros, sus cajas de zapatos, sus bolsos.... Él siempre estaba allí. Un día estudiaba con ella Inglés, otro día Alemán y otro Microbiología. También fue el primero en saber de sus emociones con los chicos. Alguna vez llegaba contenta: “He conocido un chico guapísimo”, y otra vez volvía triste porque el guapísimo se había convertido en sapo cancionero. Su mono la consolaba: “No llores por él, niña, solo es un mequetrefe”.
La habitación de Cristina se fue llenando de libros, de discos, de más bolsos, de más zapatos. La niña empezó pronto a trabajar, primero con uniforme azul, después con uniforme blanco. El mono la veía vestirse y pensaba: “Hoy va de azul; hablará con ingleses, alemanes o franceses, y les verá volar”. Otro día vestía de blanco: “Hoy tomará la tensión, se pinchará con alguna aguja y luego se preocupará. ¡Qué niña tan atareada, pero que simpática y que orgulloso estoy de ella!”.
Con el tiempo, el mono se fue quedando solo. Para no aburrirse, contaba peluches, discos o miraba las fotos de la niña que salpicaban de color las paredes blancas: con sus amigos, con su familia, con su bufanda verde al lado de gigantes del Unicaja, con sus compañeros de azul, de blanco..., momentos de la vida de una niña de mar, salada como él, que un día le regaló sus mimos y una vida apacible en su habitación alegre.
Cristina encontró unos ojos en los que mirarse que la emocionaban y le robaban parte de su tiempo. El monillo de rabo largo, de tacto suave, que no se lavó nunca, sigue en su habitación entre el cojín con cara de gato y el enorme cocodrilo verde que duerme también en la cama. Su único sobresalto es el cosquilleo diario del plumero que quita el polvo a su nariz. Espera cada día que se abra la puerta y aparezca la sonrisa de la niña morena de pelo largo, de ojos chispeantes, de semblante alegre, de uniforme blanco o de uniforme azul. Con chupete, con mochila de libros, con camisetas de conciertos, con bufandas verdes, divertida, atareada y siempre, siempre con prisa.
El mono, que no fue nunca de selva, ni de circo, ni de zoo, ni titiritero, que fue sólo un mono de escaparate, sigue siendo el rey. Ella le dio el calor de sus brazos infantiles y un hogar. El le regaló la ternura de su corazón de juguete.
El mono triste de escaparate
miró a una niña que lo salvó,
su risa alegre cambió su suerte....
El es un mono. Ella es un sol.