La presencia de la memoria

Hablar de la memoria, o mejor habría que decir ‘escribir sobre la memoria’, con el objetivo de dejar escritas las reflexiones sobre su presencia o ausencia en el ser humano. Ejemplo, de ello, es el  poeta y escritor argentino Jorge Luis Borges, quien, en uno de sus poemas  ha dejado escrito: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstante, ese montón de espejos rotos.

Interesante reflexión la de Borges que nos conduce a la conclusión de que es la memoria la que nos da identidad como ser humano; tanto individual como social. Porque no somos nadie sin esos recuerdos de la infancia; y si no existe un pasado lleno de experiencias que nos enseñe a vivir. Porque la pérdida de la memoria es la muerte de lo que somos. Conocer el pasado de un ‘Pueblo’, y mantenerlo en la memoria, es el camino para vivir el presente sin errores; construyendo un buen futuro.

Razón para escuchar a los mayores; aprender de sus enseñanzas. Mantener presente  la historia y la cultura; e, incluso, cuestionarla para no caer en el peligro de repetir lo que se hizo mal. Lo triste es como, popularmente, se dice: “la historia se repite’, porque los malos hechos no se superan. Ya sea por la ignorancia de la juventud, debido a una mala formación; o bien porque, tristemente, no aprendemos. Esta actitud perjudica la convivencia social y política.

Otro autor que escribe sobre la memoria es el novelista y periodista colombiano Gabriel García Márquez, de quien quiero recoger también algunas reflexiones, a mi opinión muy acertadas. Nos dice: “Hay una ley de la memoria que hace que las cosas de la niñez se queden fijadas para siempre”. Lo argumenta en estos términos: “Todos nosotros nacemos con un disco vacío que tenemos que llenar con un material nuevo y fascinante. Pero, a medida que uno se va haciendo mayor, el disco duro está cada vez más lleno, hasta que, finalmente, ya no acepta material nuevo. Entonces, tenemos que empezar a utilizar disquetes, pero tenemos que quitar cada disquete cuando está lleno, y si queremos recordar algo tenemos que volver a insertarlo. Entre tanto, la memoria que ha sido grabada en el disco duro siempre está disponible. A ese disco duro es a lo que me refiero cuando hablo de mi infancia”.

Este disco duro lleno de vivencias y experiencias, que conforman nuestra identidad cultural, es la que estamos obligados a reconocer y transmitir de generación en generación para no caer en el olvido. Abrir el libro de la historia  y leer sus páginas para que, como disquete que se inserta, esté siempre presente en la memoria colectiva.

Otro tema es la ausencia de la memoria que, como he expresado  es “la muerte de lo que somos”. Y cuya expresión podemos hacer similitud con la enfermedad del Alzheimer; demencia que se padece y destruye lentamente la memoria, el pensamiento y realizar tareas sencillas. Debido a la muerte de las neuronas cerebrales. Y cuyo olvido podemos comparar, como enfermedad que afecta socialmente, tanto en la pérdida de nuestra memoria cultural, ésta por imponerse la influencia de sistemas socio-económicos y culturales, actualmente, resurgentes;  y la memoria histórica cuando se permite un pacto de silencio; manipulación o imposición institucional por regímenes no democráticos; o bien por desconocimiento, dejadez o abandono. Triste realidad que se debe combatir, como expresado anteriormente, con una buena formación socio- cultural y conocimiento de nuestra memoria histórica. Formación que  debe estar presente en la educación desde la infancia.