La razón poética de María Zambrano: el lenguaje del amor prohibido
«Cuando lo conocí yo era una niña y él un joven brillante [...] y él me llevó al mundo de la poesía y de la belleza. Mi Padre me había llevado siempre por el camino de la filosofía. Yo he buscado la unidad [...] pues a ninguna he podido renunciar».
Carta de María Zambrano a Jorge Guillén en 1957 tras la muerte de Miguel Pizarro.
En el verano de 1923 se rompió para siempre, el aire de Segovia todavía olía a río y a las cosas tiernas que María y su primo Miguel Pizarro se decían bajo los árboles. Ella tenía diecinueve años, él veintiséis, cuando con la cabeza llena de poemas y la certeza de que el corazón sabe cosas que los libros de texto ni se imaginan. Pero en el despacho de su padre, Blas Zambrano, las reglas eran otras. Ahí mandaba la lógica, el deber y una razón que medía el parentesco y dijo «no». Al ver que ese amor era imposible y estaba maldito por la familia, el propio Miguel decidió poner tierra de por medio. Agarró las maletas y se marchó por voluntad propia al otro lado del mundo, a Japón, buscando en la distancia una forma de arrancarse el dolor. Ese fue el primer hachazo en la vida de María. No solo perdió a su primer amor, sino que descubrió que la razón de los hombres podía ser rígida, dura y demoledora. Su sensibilidad no pudo aceptar que la vida fuera solo esa lógica implacable. Ahí nació su rebelión silenciosa: si la filosofía de su padre no bastaba para curar el dolor, y la poesía de Miguel no alcanzaba para ordenar el caos, tenía que encontrar otra manera de pensar.
Un pensamiento que tuviera «las entrañas» de Santa Teresa, que le permitiera quedarse con los dos sin tener que elegir. Esa necesidad de salvarse la llevó, en sus años de universidad, a refugiarse en un búnker de tinta: las setenta cartas secretas que le escribió a Gregorio del Campo. De ahí que su juventud fuera un auténtico torbellino: durante un par de años los dos amores se solaparon en su corazón, dividida entre el alma poética de su primo y la atracción pasional de Gregorio.
Mientras en los cafés de Madrid los hombres arreglaban el país con discursos solemnes, ella se desangraba en papel. Gregorio, un militar aragonés, era la llamada de la tierra, el deseo y las ganas de una vida real que la universidad le quería quitar. Leyendo y escribiendo esas cartas a escondidas, en la penumbra de su cuarto, María entendió que las verdades más grandes no se gritan en público, sino que se susurran en los márgenes de lo prohibido.
Su madre y su hermana la acompañaban desde ese silencio cómplice que tantas veces les tocó vivir a las mujeres de entonces. María se fue haciendo así: una mujer arrastrada por las corrientes de lo que sentía. El amor nunca fue una distracción de sus estudios, sino la fuerza que movía todo su mundo.
Cuando la Guerra Civil se llevó por delante la juventud de todos, María se casó a sus treinta y dos años, con Alfonso Rodríguez Aldave a sus veinticinco años, en septiembre de 1936. No era el fuego de Miguel ni el delirio de Gregorio; era un amor de trinchera, de acompañarse frente al abismo. Juntos se fueron al exilio en Chile, volvieron para defender a la República y tuvieron que escapar otra vez. Ese viaje rompió su patria y también su matrimonio.
Al final, en habitaciones alquiladas por Europa, rodeada de gatos y humo de cigarrillo, María se miró las manos. Lo había perdido todo: su tierra, sus hombres, su juventud. Pero le quedaban los pedazos de sí misma. Fue en ese desamparo total donde la razón poética se convirtió en su tabla de salvación. No la inventó para los libros de la universidad; la inventó para no volverse loca. Escribir fue su forma de unir los fragmentos, de abrazar la mente de su padre y el alma de Miguel, bajando la cabeza al corazón y subiendo el sentir al pensamiento.
Toda su obra, si se lee entre líneas, es el rastro de esa herida que intenta cerrar. De mayor, exiliada en Roma o Ginebra, María se pasaba las noches despierta esperando un momento exacto: la aurora. Para ella, esa luz del amanecer donde la noche no se ha ido y el día no ha empezado era el único hogar de los desterrados. En esa claridad, el tiempo se paraba. Ahí Miguel no estaba en Japón, su padre seguía vivo en Segovia, las cartas de Gregorio no se habían perdido y las bombas no habían caído. La búsqueda incesante de la aurora fue su forma de buscar la paz que el mundo le negó; ese lugar donde todos sus amores truncados se encontraban al fin, demostrando que solo alguien tan rota por dentro podía inventar una palabra capaz de curar la dureza de la vida.