El enfermedad fuera del sistema (I)
Vivimos en una sociedad que habla constantemente de la salud mental, pero no de la dependencia y de la soledad que acompaña a la enfermedad. Se enmarca como algo abstracto, como una idea en la que no hay interés por definir, pero sí de cubrir con herramientas prefabricadas.
La enfermedad mueve dinero. Alrededor de ella crecen campañas de sensibilización, carreras solidarias, fundaciones, laboratorios, aseguradoras y sistemas enteros de atención. Muchas de estas iniciativas han mejorado vidas y financiado investigaciones indispensables, pero en estos últimos tiempos han surgido voces más críticas que reclaman una mayor transparencia sobre el destino de los fondos recaudados y sobre quién se beneficia realmente de la economía de la enfermedad. Porque el sufrimiento humano, además de una tragedia personal, se ha convertido en un fenómeno capaz de generar actividad económica, empleo y beneficios.
Según datos recientes del Barómetro Sanitario 2025 del Ministerio de Sanidad, elaborado junto al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), una parte importante de los pacientes con problemas de salud mental ni siquiera llega a recibir atención especializada, y las listas de espera continúan siendo una de las principales quejas del sistema público.
La consecuencia de esa desatención no puede medirse únicamente en diagnósticos o consultas aplazadas. También aparece en el aislamiento, en el deterioro silencioso y en la sensación de abandono que experimentan quienes pasan años conviviendo con la enfermedad. Esa enfermedad que en ocasiones, injustamente, los define.
Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), España registró cerca de cuatro mil suicidios en 2024, una cifra que sigue situando el suicidio entre los principales problemas de salud pública del país.
Son aproximadamente once personas al día.
A veces, para quien padece una enfermedad grave, resulta difícil no preguntarse cuántas personas viven de combatir aquello que a él lo está matando. El miedo ocupa un lugar central en ese proceso. No solo el miedo al dolor o a la dependencia, sino el miedo a la incertidumbre. En ocasiones la medicina no ofrece respuestas concluyentes, sino escenarios posibles. Y ninguna esperanza tangible.
A él le entregaron dos. El primero era una sentencia abrupta: una muerte súbita que podía llegar en cuestión de semanas. El segundo exigía disciplina, medicación y cambios profundos de hábitos, pero abría la puerta a seguir viviendo. Entre ambos diagnósticos habitó el miedo. Un miedo que no era únicamente a la muerte, sino a la vida que quedaba después del diagnóstico. Y todo ello, sin asistencia de apoyo psicológico.
Hemos prolongado la esperanza de vida sin aprender todavía a convivir con sus consecuencias. Cada año somos una sociedad más envejecida, con más personas que sobreviven a sus enfermedades, que acumulan diagnósticos, que necesitan cuidados prolongados y que pasan largas temporadas encerradas entre cuatro paredes. Sin embargo, seguimos organizando nuestras ciudades, nuestras familias y nuestras prioridades como si la fragilidad fuese una excepción y no un destino compartido.
También hemos apartado la muerte de nuestra vida cotidiana. Durante siglos formó parte del paisaje humano; hoy la escondemos en hospitales, residencias y habitaciones cerradas de manera aséptica.
Hablamos de curar, de resistir y de luchar, pero rara vez de morir. Como si nombrar el final fuese una derrota. Esa negación colectiva nos deja mal preparados para comprender el sufrimiento de quienes han dejado de esperar una mejoría y viven sus días como una prolongación del dolor.
Por eso resulta necesario que existan leyes capaces de proteger la dignidad de quienes se encuentran en situaciones irreversibles. La eutanasia no debería entenderse como una renuncia a la vida, sino como el reconocimiento de que la autonomía, la voluntad y la dignidad de una persona merecen ser respetadas también cuando el horizonte ya no ofrece esperanza razonable de recuperación.
La salud mental no existe separada del cuerpo. Tampoco de la enfermedad, de la dependencia ni de la soledad. Hay ocasiones en las que el sufrimiento no nace de una idea equivocada ni de una tristeza pasajera, sino de una realidad física que ha terminado por colonizar cada rincón de la existencia.
Por parte de asociaciones, confederaciones y fundaciones españolas la petición es clara: más psicólogos y psiquiatras en la sanidad pública, reducción real de listas de espera, y una estrategia de prevención del suicidio que no sea simbólica sino operativa. Porque sin acceso real a ayuda, hablar de salud mental es una forma de retórica vacía.