Dos maneras de contar: los cuentos de Oriente y los cuentos de Occidente (1)

Desde que el ser humano comenzó a contar historias, los cuentos han servido para mucho más que entretener. Han sido una forma de transmitir identidad, de explicar el mundo, de enseñar a los jóvenes, de conservar la memoria y, sobre todo, de intentar comprender la vida.

Sin embargo, no todas las culturas cuentan de la misma manera. Cuando nos acercamos a los cuentos tradicionales de Oriente y de Occidente encontramos dos sensibilidades narrativas diferentes. No se trata de una división absoluta —hay infinitas excepciones y las culturas han intercambiado historias durante siglos—, pero sí podemos reconocer dos tendencias.

Una de ellas parece preguntar: «¿Qué sucederá?».

La otra parece preguntar: «¿Qué significa lo que está sucediendo?».

Y entre esas dos preguntas existe una diferencia profunda en la manera de construir una historia y de situar al lector frente a ella.

El cuento occidental: entrar en un mundo

Pensemos en la forma tradicional de comenzar un cuento occidental: «Érase una vez un rey que tenía tres hijos…».

Con unas pocas palabras, el narrador nos abre una puerta en la que hay un rey, hay unos hijos, existe un reino y sabemos que algo está a punto de suceder. El lector entra en una historia que tiene un principio, un desarrollo y, normalmente, un desenlace. El protagonista recibe una llamada, encuentra un obstáculo, abandona su mundo conocido y comienza un viaje. Aparecen bosques, castillos, monstruos, brujas, dragones, pruebas y enemigos. El héroe tiene que actuar, elegir, luchar... Tiene que superar aquello que se interpone entre él y su objetivo. Y finalmente, llega a algún lugar. Puede recuperar un reino, encontrar el amor, derrotar al monstruo, salvar a sus hermanos o regresar a casa transformado.

La estructura tradicional podría resumirse así: equilibrio → ruptura → aventura → pruebas → transformación → regreso.

El lector avanza junto al protagonista. Quiere saber qué ocurrirá después. Por eso, el suspense ocupa un lugar tan importante. La historia crea una pregunta y retrasa su respuesta: «¿Vencerá el héroe?, ¿Encontrará a la princesa?, ¿Escapará de la bruja?, ¿Conseguirá regresar?».

La narración occidental tradicional tiene, con frecuencia, un fuerte impulso hacia adelante.

El cuento oriental: entrar en una pregunta

Ahora imaginemos otro comienzo: «Un discípulo preguntó al maestro…».

No necesitamos saber quién es el discípulo. No necesitamos conocer su infancia. No necesitamos saber cómo es la montaña donde vive el maestro. La historia puede comenzar con una pregunta: «Maestro, ¿qué es la sabiduría?».

El maestro no responde. Se levanta, toma una taza y comienza a llenarla de agua. Esta se desborda. El discípulo lo mira: «Está llena —dice».

El maestro responde: «Tú también».

Y la historia termina.

No hay una gran aventura. No hay un dragón. No hay una batalla. Pero algo ha ocurrido; la historia ha dejado semillas a modo de pregunta dentro del lector: «¿Qué significa estar lleno?, ¿Estoy yo demasiado lleno para aprender?».

Aquí aparece una de las características más interesantes de muchas tradiciones narrativas orientales: la historia no siempre pretende entregar una respuesta; puede pretender provocar una experiencia interior. El lector no recibe solo una enseñanza; tiene que participar en ella.

El héroe que conquista y el hombre que comprende

En muchos relatos occidentales, el héroe transforma el mundo exterior. Sale al encuentro del peligro, mata al dragón, cruza el bosque, rescata a alguien, conquista un reino, y su transformación se produce a través de la acción.

En muchos relatos orientales, la transformación puede ocurrir de otra manera. El protagonista descubre que estaba mirando mal; comprende que aquello que perseguía no era lo que necesitaba. Aprende a esperar, a escuchar, a detenerse. Aprende a no luchar. No conquista la montaña: Comprende la montaña.

Y esta diferencia cambia la experiencia del lector.

En un cuento occidental podemos preguntarnos: «¿Qué hará el protagonista?».

En un relato oriental podemos acabar preguntándonos: «¿Qué comprenderá?». Y, como resultado: «¿Qué tengo yo que comprender?».

El conflicto

La naturaleza del conflicto también cambia. En el cuento occidental, el conflicto suele tomar una forma visible: hay un enemigo, un monstruo, un rey injusto, una bruja, un rival, un obstáculo... El protagonista tiene que enfrentarse a algo que está fuera de él. Incluso cuando el verdadero enemigo es interior, suele aparecer representado exteriormente.

En muchas historias orientales, en cambio, el enemigo puede ser la propia resistencia. El hombre quiere controlar el río, acelerar el crecimiento del árbol, obligar a otra persona a cambiar, conseguir aquello que todavía no ha llegado el momento de recibir.

Y entonces descubre que su lucha contra el mundo es, en realidad, una lucha contra la realidad. El sabio no siempre vence al río, aprende a cruzarlo. No siempre vence al viento, aprende a moverse con él. No siempre vence a la montaña, aprende cuándo detenerse.

La naturaleza como personaje

Aquí aparece una de las diferencias más hermosas. En muchos cuentos occidentales, la naturaleza es en origen el escenario de la aventura. El héroe atraviesa un bosque oscuro, cruza un río o sube una montaña. La naturaleza crea el ambiente de la historia. Pero en muchas tradiciones orientales la naturaleza puede convertirse en algo más. Puede convertirse en maestra: el río enseña; la montaña enseña; el árbol enseña; el viento enseña; la luna enseña.

La naturaleza no es solamente algo que le sucede al ser humano. Es algo que el ser humano contempla para comprenderse.

Esta característica aparece con enorme fuerza en el I Ching. Sus 64 hexagramas están construidos a partir de imágenes de la naturaleza: cielo, tierra, agua, fuego, montaña, trueno, viento y lago. El mundo exterior se convierte en un espejo del mundo interior. Un río puede hablar de peligro. Una montaña puede hablar de quietud. El viento puede representar una fuerza suave pero persistente. El fuego puede representar claridad. La tierra puede representar receptividad. La naturaleza no explica la vida: la refleja.