El rejonazo
Aunque a alguien pueda haberle sorprendido solo hacía falta pararse a ver en qué dirección soplaba el viento para intuir que era cuestión de tiempo que la “fiesta nacional” –casi una década después de que, con un gobierno del PSOE como socio mayoritario, la sangre corriese por última vez sobre la arena–, retornase a Vélez-Málaga.
En aquel momento los vecinos, a través de una masiva recogida de firmas, de la presión en las redes sociales y de la movilización en las calles consiguieron sacarle los colores a algún político y postergar el inevitable retorno de lo reprimido. Pero daba la impresión –solo hay que asomarse a un pleno por el balcón de nuestras pantallas– que más temprano que tarde una corporación más escorada a la derecha se lanzaría a recuperar esta exaltación del maltrato animal que, por otra parte, no cae en el vacío, sino que representa la culminación de un proceso de desertificación cultural que lleva extendiéndose desde hace años y que el actual bipartito, en un contexto de claro repliegue ideológico a nivel general, no ha hecho sino exacerbar.
Que el Consistorio no haya presentado el sangriento evento como un acontecimiento aislado, sino como el inicio de la recuperación de los festejos taurinos en el municipio, esto es, como una irreversible conquista cultural (y al que no le guste que no mire), es la constatación de que ni la promoción de nuevos teatros, que convertirán a la capital de la Axarquía en la localidad con mayor número de butacas por habitante del mundo libre –sin que a nadie parezca importarle a qué precio ni con qué fin–, ni destellos ocasionales ya consolidados como los veraniegos miércoles de jazz o el ciclo poético Damas de noche, que parecieran conectar al municipio con lo que artísticamente late ahí afuera –cosa, por cierto que hacía con singular acierto, mal que les pese a algunos, el CAC en su anterior andadura-, pueden disipar la impresión de que la cultura oficial de la ciudad, que es algo que va mucho más allá de las actividades que organiza la delegación que ostenta tal nombre, está entregada a la promoción de un tradicionalismo ramplón más propio de épocas que creímos (de forma errónea) felizmente superadas.
Si algo bueno ha traído internet es que te permite formar parte de una comunidad de intereses por encima de límites administrativos y fronteras. Pero incluso quienes quemamos nuestras naves hace tiempo, optando por una especie de exilio interior, y empezamos a frecuentar con insistencia preventiva aquel poema de Gil de Biedma (ya saben, el de “En un viejo país ineficiente”) no podemos evitar que se nos caiga el alma a los pies mientras asistimos a este florecimiento del nacionalcatolicismo cultural –para el que, recordemos, la tauromaquia es el símbolo supremo de la "esencia espiritual" de España…– en un municipio que con las despanzurradas catenarias de su tranvía como perfecta metáfora de su fosilizado horizonte de expectativas –que el gran símbolo del progreso de esta ciudad sea hoy su mayor aparcamiento merecería una reflexión pausada–, jamás había parecido desde la recuperación de la democracia, pese a la labor reivindicativa y de divulgación de colectivos como la SAC y de un puñado de particulares entusiastas, tan ensimismado, predecible y satisfecho de su propio y cascabelero letargo.
Tal vez Vélez-Málaga nunca fue, como alguien lo bautizó sin sorna por su, al parecer, desproporcionada calidad y cantidad de sus pintores, la “Florencia chica” –que el infierno está empedrado de muy buenas intenciones lo demuestra la letra del más celebrado éxito de Pepe Luis Conde, ejemplo de cómo la autoestima, mal digerida, degenera en autocomplacencia–, pero duele ver cómo en la tierra donde vieron la luz una de las pensadoras que más fecundos cauces abrió en la filosofía del siglo XX; o, más acá en el tiempo, la más singular figura de la danza española y del flamenco contemporáneo actual (hablo de la torreña Rocío Molina, claro), la política institucional –el surgimiento de refrescantes iniciativas independientes como in.jer.to demuestran que existen veneros que no han podido ser todavía secados–, la misma que en un Estado aconfesional se permite colonizar el espacio público como si las luces de la Ilustración hubiesen pasado de largo, parece querer darle la espalda a todo lo que cuestiona, arriesga, disiente, reta al futuro para vestirse con el sepia de viejas y caducas recetas.
Con frecuencia me he preguntado si detrás de la decisión de María Zambrano de no visitar Vélez-Málaga tras su regreso a España del exilio había algo más que sus consabidos problemas de salud. No se trata de una especulación sin fundamento, pues para la hija de don Blas su ciudad natal siempre funcionó mucho más como lugar de origen, memoria e imaginación que como el espacio físico en el que dio sus primeros pasos. De lo que en cualquier caso no albergo dudas es de que a esta Vélez-Málaga de “charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María”, por utilizar las palabras de su amigo Antonio Machado, difícilmente habría querido volver.