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23:32h. miércoles, 30 de septiembre de 2020
Columna de Margarita García-Galán

Desde que empezó la pandemia, esa especie de mal sueño que ha alterado considerablemente nuestra vida cambiándolo todo, vivimos en una angustia latente, peleándonos a diario con ese miedo intermitente que se ha convertido por méritos propios en el protagonista absoluto de nuestro día a día. Después de los tres meses que estuvimos confinados, volvimos a la calle con mascarilla y distancia social, con la esperanza de que, si éramos prudentes y responsables, podríamos ganar la batalla al virus, ese monstruo que vino a vernos hace unos meses y se quedó deambulando cómodo entre nosotros. 

Ahora, cuando suenan de nuevo tambores de confinamiento, desde una playa cuadriculada recuerdo mi tiempo de aislamiento entre las paredes de mi casa. Aquella rutina diaria yendo de acá para allá por los pasillos, asomándome a las ventanas que me acercaban la luz del sol, la vida que seguía latiendo, a ritmo lento, detrás de los cristales. Pasé muchas horas mirando las calles vacías, el quiosco de prensa que seguía vendiendo noticias horrendas cada mañana, el mercado solitario, el señor con bastón que sacaba a su perro cinco veces al día, el niño que jugaba a ser superman en su balcón, el chico que hacía gimnasia en su terraza, y el ajetreo alegre de unos gatitos arrabaleros en un derribo cercano  que sobrevivían tras el muro protector gracias a unas manos furtivas que les ponían comida y agua cada tarde, siempre a la misma hora. Ellos, peludas bolitas negras y grises, corrían despreocupados persiguiendo enemigos imaginarios entre la hierba que crecía salvaje en su pequeño oasis de asfalto. Mirar su juego constante me entretenía. Mien­- tras, el monstruo invisible campaba a sus anchas y las noticias sobre él, cada vez peores, me angustiaban.

La música, los libros y el cine, compañeros fieles de aislamiento, fueron el hombro amigo donde apoyarse. Y las charlas, y los silencios compartidos, y los cafés para dos, la mejor terapia contra el desánimo. Desempolvé algún libro viejo y me perdí de nuevo en esas páginas sabias que guardan historias que un día me hicieron pensar y vibrar. Volví al Delibes más íntimo, y a la magia de pasear Macondo entre flores amarillas, turpiales y petirrojos. Me abandoné a  la calma de músicas eternas que me acompañan siempre, y volví a Venecia con ese adagietto de Mahler que oía siempre con mi adorado gato; el sedoso  recuerdo de su relajante ronroneo vuelve a calentar mi sofá cada vez que oigo esa música maravillosa. Los libros, la música, el cine... Volví a emocionarme con escenas míticas de películas que no morirán nunca; esa despedida de Francesca y Scott en Los puentes de Madison mientras caía la lluvia al son de la música de Lennie Niehaus, protagonista absoluta del adiós. Después de vivir un inesperado e intenso amor de cuatro días, ella lloraba con un llanto callado y amargo. La música hablaba, decía todo lo que ella callaba viendo alejarse ese amor maduro que la despertó de un letargo haciéndola vivir de nuevo. La música, la lluvia y el llanto fundidos en la tristeza de una escena sublime. 

Pasé mi tiempo de confinamiento intentando paliar el desasosiego rodeándome de cosas bellas, cumpliendo las normas, procurando que el virus que vino a vernos pasara de largo. Por mí, por los míos, por los demás. Ahora, cuando empezamos a sentir otra vez que la pandemia se extiende imparable, no entiendo esos comportamientos, nada prudentes, muy irresponsables, que nos obligarán quizá  a   confinarnos de nuevo. El monstruo que vino a vernos no es el árbol imaginario de la película que nos conmovió a todos. Este, intangible, invisible a los ojos, es real y letal, y avanza silencioso para robarnos el aire y oscurecernos la vida otra vez.

Prepararemos la música, los libros, el cine y los cafés para dos. Pondremos a punto el ánimo y las ventanas, por si tenemos que volver a entretener el tiempo mirando las calles vacías y viendo cómo han crecido los gatos.