02:56h. Martes, 17 de septiembre de 2019

Rock jondo en el Cerro

Columna de Margarita García-Galán

Subíamos al Cerro de San Cristóbal cuando la tarde caía, cuando las primeras luces de la ciudad que due­r­me a sus pies empezaban sus guiños cómplices, en un her­mo­so y callado diálogo con las estrellas. Subíamos an­dan­do, saboreando el es­­­­plén­dido paisaje de Vélez-Málaga rendido a la calidez de un anochecer de verano. En el auditorio, delante del Mirador del Mar, donde dos gaviotas y una luna quieta enmarcan en acero corten un trocito del paisaje veleño, todo estaba listo para el espectáculo de flamenco que íbamos a presenciar. En el escenario, tres sillas rojas de anea, micrófonos, cajas, altavoces, y el omnipresente recuerdo a Juan Breva latiendo en las cuerdas de una guitarra. Llegaron los mú­sicos de la cantaora in­vi­tada, un guitarrista y dos palmeros que tocan la caja y también cantan. Después apareció ella, Rosario La Tre­mendita, que bajaba en­tre el público cantando y luciendo su sorprendente estética. Vesti­da con un mono in­for­mal, con media cabeza ra­pada, un piercing en el la­bio, unos botines blancos y su bajo en bandolera, llegó al escenario dejando a más de uno con la boca abierta. Una apariencia nada con­ven­cio­nal, muy lejos de los fla­mencos vestidos de lunares y volantes que suelen llevar las cantaoras.

Pues, así, moviendo orgu­llosa su media melena rizada, punteando su bajo, su voz po­tente empezó a romper el aire con fuerza, con garra, con sentimiento. Tangos, bu­le­rías, soleá, cañas, alegrías... Ro­sario La Tremendita, in­conformista  por naturaleza, “tan de la Niña de los Peines como de Jimmy Hendrix”, sa­có de sus adentros los vo­lan­tes y lunares más fla­­mencos, y, por obra y gracia de su santa voluntad, los convirtió en una especie de rock jondo, que calaba, trans­mitía y emocionaba. Sin peinetas, sin flores en el pelo, sin bata de cola, el duende estaba allí. Punteando el bajo o su guitarra, cantando, tocando la caja a compás, haciendo del flamenco una expresión hermosa y libre. Lo dijo al empezar su ac­tua­ción: su aspecto significaba, por un lado, el flamenco que ha llenado siempre su vida;  por otro lado, la libertad para vivir y hacer su música a su manera. 

Hija de José El Tremendo, tria­nera con orígenes vele­ños, La Tremendita creció en­tre quejíos y sones fla­men­cos, viviendo siempre a com­pás. A su compás. Me contaron hace poco que ac­tuó en la Cumbre Flamenca de Murcia, donde su fuerza y su estilo rompedor causaron un gran impacto. La prensa escribió sobre el ‘rock jondo’ de La Tremendita. “Se le nota que ha roto amarras, que ha­ce su trabajo con una libertad total”. “Viene del flamenco irracional, pero, in­con­for­mis­ta y rebelde, ex­pe­ri- ­menta con el arte de lo jon­do”.

Pudimos comprobarlo en la noche veleña del Cerro. Palo a palo, con su voz, cu­rio­sa­mente en armonía con su imagen transgresora, la sin­gu­lar cantaora se metía al pú­blico en el bolsillo. En el bol­sillo de ese mono in­formal, a juego con el punteo de su bajo, que para nada res­taba arte al mensaje fla­men­co que nos llegaba. Tan libre, tan limpio, tan ro­tun­do... Tan bien cantado. “Pre­­­­gúntale al platero, que cuánto vale, ponerle a unos zarcillos tus iniciales”. La can­taora se sentaba, se le­van­taba, tocaba el bajo, to­caba la caja... Se paseaba por el escenario con su guitarra y su media melena al viento, aireando alegrías, tangos, bulerías. Con su es­tam­pa de rockera flamenca, no apta para puristas, rom­pien­do moldes vestía de mo­dernidad sus raíces de siem­pre, sin perder la esen­cia del cante jondo. 

Bajamos del Cerro con la sensación placentera de haber visto algo diferente y her­mo­so. En el escenario, la luna se­guía quieta en el acero del mirador. Pero la otra, la que cuelga de un etéreo hilo ce­leste, brillaba columpiando su luz plateada , iluminando el sueño del Vélez dormido. Oír música, cualquier música, en el auditorio del Cerro, es un lujo a nuestro alcance. Sobre nosotros, la luna lunera brillaba con quejíos fla­men­cos, y en el aire, los ecos de la cantaora bailaban cantando una zambra. “Tu eres mis cinco sentíos, la cruz de mi calvario, y en mi pecho yo te llevo, lo mismo que un relicario”.