14:24h. Sábado, 19 de octubre de 2019

Columna de Margarita García-Galán

Desde la primera fila de un teatro que frecuento, veíamos la entrada de gentes distintas, jóvenes y menos jóvenes, familias enteras ocupando por completo el aforo. Los palcos, las plateas, ‘el gallinero’..., se llenaban con el desenfado de un público entusiasta, fiel a la música que cambió el mundo. El Teatro Cervantes de Málaga se vestía de cuero, de vaqueros raídos y botas vintage para vivir un concierto apasionante. ‘History of Rock’ nos pasearía en directo por la vibrante leyenda del rock, desde la década de los 50 hasta hoy.

Con una magnífica puesta en escena, buenísimos cantantes y músicos internacionales recordaban las míticas voces de siempre. Elvis, Beatles, U2, Guns N’Roses, Metallica...,  volvían a impactarnos con la fuerza de sus mejores canciones, aquellas que oímos tanto durante los años donde las guitarras, las camisetas negras, las melenas largas, llenaban las paredes de habitaciones de adolescentes que estudiaban matemáticas o filosofía oyendo  Don’t Cry  o Nothing Else Matters. Recuerdo las particulares y potentes voces que, poco a poco, se nos fueron haciendo familiares. “Niños, bajad la música, que no moleste a los vecinos”. Cuántas veces habré pensado que esa música, sin ser ‘mi música’, formaba parte de nuestra familia. Entre boleros, sinfonías, baladas, óperas o zarzuelas, Axl Rose o James Hetfield se ganaban a pulso, y a pleno pulmón, un huequecito en la particular banda sonora que acompañaba mi tiempo. La música, siempre presente en el ambiente familiar.
El escenario del Cervantes vibraba con las guitarras, las voces, las melenas al viento  los pantalones raídos, las minifaldas, las medias negras, las botas de punta, las coloristas chaquetas de los cantantes. Ellos y ellas luciendo roqueros atuendos en perfecta armonía con la música que interpretaban maravillosamente, y que a mí me trasladaba a otro tiempo; un tiempo de adolescentes con melenas largas y camisetas negras, que había que lavar del revés para no borrar el gesto del adorado cantante, o las calaveras brillantes, o las vistosas letras de grupos heavy. Un tiempo de conciertos multitudinarios donde esos jóvenes se quedaban afónicos cantando en inglés las canciones que se sabían de memoria, y que nosotros, oyentes pasivos, tarareábamos también. Recuerdo sus caras al final de aquellos conciertos, su nerviosismo, su entusiasmo. El joven de la rizada melena imitaba el punteo de esas guitarras que admiraba tanto, y que siguen acompañando hoy sus horas de paz. Ella, la jovencita risueña que mimaba sus camisetas, contaba emocionada cuánto le había gustado el concierto. Ajenos a mis recuerdos, los dos estaban allí, tanto tiempo después, en la primera fila del teatro cantando las mismas canciones, vibrando con la misma música.

Chuck Berry, Led Zeppelin, Queen, Rolling Stones..., sus canciones iban sonando  bajo las luces cambiantes del atractivo escenario, con el armonioso estruendo de la música rock. Con una puesta en escena que no dejaba indiferente a nadie, rock vibrante, rock del bueno. Rock inmortal. El Cervantes se ponía de pie latiendo a su son. La música que no era mi música, me impactó. Me emocionó recordarla, sentirla, vivirla en directo entre una marea  de seguidores fieles que siguen oyendo esos temas inolvidables. Canciones que no envejecen. Rockeros que nunca mueren.

Tengo recientes las imágenes de la magnífica película que rinde homenaje a Queen, Bohemian Raphsody, que nos pasea por la vida de Freddie Mercury, con sus luces y sus sombras, y nos lleva, de la mano de su prodigiosa voz, a la intimidad de su alma bohemia. La película, maravillosa, nos hizo llorar. “La música es el arte que está más cerca de las lágrimas”. Oír en el Cervantes Show must go on, coreado por un público rendido al recuerdo del genial músico, fue realmente emocionante. Volví a pensar que la vida, esta vida bella que a veces se nos pone tan oscura, no sería igual sin el bálsamo de la música.

“La vida sin música sería un error”.