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13:58h. sábado, 26 de septiembre de 2020
Columna de Margarita García-Galán

Nos sentábamos al fresco en las tardes del verano, sacábamos a la calle nuestras sillas cuando el pueblo em­­pezaba a oscurecerse y cantaban los grillos su sinfonía inacabada. Nuestra vecina más próxima, la señora Felicita, se sentaba con nosotros en su vieja silla de anea, que resistía con estoicismo el peso de sus muchos años. La oronda señora, amable y dicharachera, se recogía los pliegues de su falda negra y estiraba el delantal con bolsillos, omnipresente en su in­­­­­­­­du­­­men­­­taria. Ella tenía el pelo gris, recogido en el clásico moño que llevaban casi todas las mujeres del pueblo, y unos pendientes dorados que brillaban y se movían al hablar. Por encima de su puerta de madera vieja asomaba una frondosa parra y colgaban de ella enormes racimos de unas uvas negras que a mí me encantaban. Mi hermana y yo disfrutábamos cada tarde de las distendidas charlas veraniegas llenas de anécdotas y chas­­­­carrillos, algunas veces subidos de tono, que contaba nuestra vecina con un gracejo especial. El aire de los pinares cercanos movía las hojas de la parra perfumando de resina el anochecer tranquilo al son de la risa cantarina de mi hermana y la música intermitente de los furtivos grillos, que yo buscaba, como tesoros escondidos, por los rincones oscuros de mi calle empedrada.

La señora Felicita hablaba de hombres a mi hermana, que a sus románticos diecisiete años ya empezaba a hacer preguntas, mientra yo, más interesada en las uvas y los grillos, no entendía casi nada. Pero me encantaba oír los relatos que contaba en tono jocoso la anciana vecina que tanto hacía reír a mi hermana. Y me gustaba oír las canciones populares que solía cantar para adornar los recuerdos. La niña pide agua, quién se la diera, de los caños dorados de la plazuela... “Cuántas coplillas me sabía, niña, pero se me fueron olvidando, como tantas otras cosas; se las llevó ese ladrón de recuerdos que anda por ahí, cabalgando a lomos del tiempo, robándonos la memoria. Un día se lleva una canción, otro día el nombre de tus amigos, la calle donde viviste, el vértigo de un amor primero... El ladrón de recuerdos te va dejando sin vida”. Mi hermana la oía con atención, por aquel entonces ella era una esponja que se empapaba de todo: vivencias, sucesos, amores perdidos..., trocitos de vidas ajenas que ensanchaban su mundo y nutrían su memoria. Y todo ese caudal de recuerdos me lo traspasaba a mí, que crecía a su sombra. Ella escuchaba y contaba; yo atendía y aprendía. La voz de mi hermana contando historias fue una música dulce que me acompañó siempre. De alguna manera, mi hermana fue mi memoria.

Pienso en ello ahora, cuando el tiempo ha pasado inexorablemente por ella y por mí plateándonos el pelo, arrugándonos la piel, cambiando vidas y paisajes, dejando en el alma su huella indeleble. Se fue la entrañable vecina de la calle empedrada que nos contaba cosas debajo de su parra; el ladrón de recuerdos acabó arañando su memoria hasta que se quedó sin vida. “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”, decía García Márquez. Yo recuerdo mis recuerdos y los recuerdos de mi hermana, que ahora son los míos; fechas, nombres, canciones, afectos, miradas, momentos..., todo lo que ella ha olvidado. El ladrón de recuerdos llegó cabalgando implacable, y le robó sus días felices, sus horas tristes, su desasosiego, su paz. El jinete inmisericorde se llevó su memoria. Lo que ella sabía. Lo que ahora sé yo.
Dicen que andando, andando, te encuentras cosas. Yo me encontré contigo, cara de rosa. La señora de los pendientes dorados sigue cantando coplillas en mi recuerdo, y yo se las canto a mi hermana -tanto tiempo después- para ver en sus ojos algún brillo, alguna respuesta, alguna emoción. Pero su ahora es un paisaje desdibujado, un tiempo confuso, un ir y venir a ninguna parte.
Una nebulosa de irrealidad que la trae y la lleva a los caños dorados de la plazuela.