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11:06h. sábado, 31 de octubre de 2020
Columna de Margarita García-Galán

Recorríamos Italia en autobús desde Milán hasta Nápoles. Rodeados de buenos amigos íbamos de ciudad en ciudad, de belleza en belleza, de emoción en emoción. Siempre con la maleta a cuestas y abriendo y cerrando el omnipresente paraguas, que viajaba con no­sotros como un turista más. Era la primera vez que mis ojos se encontraban de frente con la historia bellísima de lugares que son auténticas maravillas. Pisa, Verona, Venecia, Florencia, Roma, Siena... Mi emoción no daba para más, y recordando a Stendhal lloré en Venecia bajo el Puente de los Suspiros y en Florencia ante la apabullante belleza de su catedral. Santa María di Fiori me estremeció.

Llevábamos un guía ame­no y entusiasta que nos contagiaba su amor por el arte, su devoción por Italia. Desde su asiento en el autobús, con su micrófono abierto, aquella mañana empezaba su charla diciendo: “Nos dirigimos a un lugar  que devuelve la fe que se pierde en el Vaticano”. El Santuario de Asís nos esperaba con la curiosidad añadida del comentario del guía. Ajena a cuestiones de fe, yo solo quería ver rincones del mundo, hermosos, interesantes, sobrecogedores, y con ese ánimo me bajé del autobús dispuesta a ver ese lugar de culto que devolvía la fe. El joven guía, que cerraba los ojos en Florencia hablándonos ensimismado de Miguel Ángel, mientras nosotros abríamos los nuestros como nunca, impresionados ante la belleza del David ‘pensante’, con su honda al hombro antes de enfrentarse a Goliat, también cerraba los ojos en el Santuario de Asís explicándonos la historia de su belleza gótica, los frescos de Giotto y la vida de San Francisco, “il poverello di Assisi”. Nos hablaba de él mientras nos llevaba a ver su tumba, en una cripta debajo del altar mayor. En una celda funeraria, entre un silencio espeso que se podía cortar, rodeado de una austeridad impresionante y una sobrecogedora penumbra, estaba el sarcófago con los restos del santo. No entiendo de credos, no sé si hay algo más allá de lo que ven mis ojos y mi razón entiende, pero aquel lugar me impactó. Y desde mi sentir agnóstico, comprendí al guía: si has perdido la fe entre el lujo y el boato, y los mensajes vacíos, el ejemplo de alguien que renunció a todo eso para vivir una vida humilde dedicada a los demás, invitaba a creer. A creer en él, en su amor a la naturaleza, a los animales, a los que llamaba hermanos, “hermano sol, hermano lobo...”. Al margen de que fuera santo, a mí me interesa su humanidad y ese extraordinario amor a la vida, que comparto. Francisco de Asís es patrón de los animales y de los ecologistas; defendía la naturaleza, domaba a los lobos, y dicen que las golondrinas lo seguían en bandadas cuando predicaba. “Her­ma­nas golondrinas: ahora me toca hablar a mí; vosotras ya habéis parloteado bastante...”.

Mi abuela paterna frecuentaba un santuario donde los frailes franciscanos hacían misas en latín y cantaban cantos gregorianos. Un santuario hermoso, lleno de historias familiares, que me gusta visitar en Arenas de San Pedro. Allí, entre la Fe y la Esperanza en blanco alabastro, está la tumba de San Pedro de Alcántara, y en su penumbra silenciosa, que me recuerda a la de Asís, me gusta sentarme a pensar. Es uno de esos lugares, llenos espiritualidad, que aunque no devuelvan la fe, transmiten sosiego y te llenan de paz.

Empecé este artículo después de felicitar a un amigo que se llama como el santo de Asís, y hace honor a su nombre salvando palomas y camaleones y cuidando con mimo a su preciosa gata. Yo, como él y como el santo, amo la naturaleza y a los animales, y me indigna su maltrato y su abandono. He tenido perros y gatos a los que salvé de un futuro incierto; conmigo vivieron felices y envejecieron sin sobresaltos. Me siento especialmente orgullosa de ello, y de oír a mis hijos decir que lo que hice es un referente en su vida. 

Algunos lugares, algunas actitudes, algunas personas reafirman mi credo: mi fe en la vida, que no he perdido todavía.