03:28h. Miércoles, 22 de Mayo de 2019

Columna de Margarita García-Galán

Sigo con interés las sesiones televisadas del juicio del procés. Desde el primer día, en la intimidad de mi habitación veo las imágenes, en riguroso directo, de lo que acontece en la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Des­de siempre, por razones familiares, lo que concierne a los juicios me llama mucho la atención; alguna vez asistí a juicios “de faltas”, que eran de audiencia pública. Recuerdo que el agente encargado de anunciarlo se equivocaba siempre y decía “Audencia pública”, hasta que el hombre, incapaz de pronunciarlo bien, acabó diciendo: “Que entre to el que quiera”. Aquellos juicios menores eran casi siempre diferencias entre los vecinos del pueblo, disputas por las lindes de las tierras, por dejar que el ganado pastase en fincas de otros... 

Recuerdo aquel Juzgado, su olor a tabaco y a papeles viejos, y el ceremonial de los juicios: el juez presidiendo, el secretario a su lado, el acusado sentado, los testigos declarando con la gorra en la mano, y el teclear constante de una máquina de escribir donde se tomaba nota de todo lo que allí se decía.

Quizá por aquellas vivencias, y familiarizada con el lenguaje de los juzgados, sigo la retransmisión del juicio del procés; una audiencia pública on line al más alto nivel, que me tiene, como si de una apasionante serie se tratara, completamente enganchada. Con solo apretar un botón, el Tribunal Supremo se me acerca y casi puedo tocar las placas doradas o las puñetas de encaje de los magistrados. Cada día veo las sesiones: las declaraciones, los interrogatorios de los fiscales y abogados, las llamadas al orden del presidente, las “respetuosas” protestas de los letrados, los gestos de aprobación o reprobación de los asistentes... Todo se oye. Todo se ve.
Cada día oigo las distintas voces, a favor o en contra, de esta causa que se ha convertido, por su transcendencia, en noticia de primer orden en nuestro país y ha traspasado fronteras para hacerse internacional. He visto declarar a los acusados defendiendo su verdad, o su mentira, haciendo ver que lo que pasó, no pasó realmente, que solo fue “algo simbólico sin soporte jurídico”; que no hubo violencia, que nada de lo que hicieron es delito... Mucha paz, muchas flores, mucha sonrisa, mucha democracia, mucha concordia... Me acordé en algún momento del juez de aquel pueblo, que, ante la negación sistemática de un acusado, que decía que todo era mentira, comentó: “Total, que es usted un angelito”, y se oyeron algunas risas de vecinos asistentes que conocían muy bien las ‘bondades’ del acusado.

Los acusados del procés se enfrentan a penas muy duras por delitos de rebelión, sedición, desobediencia, malversación... Los siete ma­­gistrados que veo cada día sentados en sus sillones rojos, tendrán que decidir, valorando las pruebas y las declaraciones, si son culpables o inocentes. Pero, sea cual sea la sentencia, es innegable que el juicio se está desarrollando de forma impecable. No creo que se pueda poner en tela de juicio la actuación del presidente del tribunal, es­pe­cial­mente generoso, exquisito en las formas y riguroso con las normas jurídicas. La televisión nos acerca los entresijos de la justicia y nos permite asistir a las diferentes maneras de interpretar y defender la Ley. Estamos asistiendo a un debate de altura en esta causa donde se juzga a unas personas que se saltaron las leyes de todos y dicen que no hicieron lo que hicieron, que no pasó lo que pasó. Pero, igual que vemos ahora lo que alegan en su defensa, también vimos en directo lo que hicieron aquel día del referéndum ilegal. Las imágenes, todas las imágenes, nos impactaron entonces, y nos sorprende ahora oír que lo que vimos nunca pasó. Los políticos presos -que no ‘presos políticos’-, tienen todas las garantías posibles, como no podía ser de otra manera en un Estado de derecho. 

Curiosamente, ellos apelan a las leyes constitucionales para defenderse y evitar posibles condenas. Lástima que se olvidaran aquel 1 de octubre de cumplir esas mismas leyes a las que ahora se aferran para evitar el castigo.