18:01h. Lunes, 25 de Marzo de 2019

Educar para vivir

Columna de Margarita García-Galán

La señora caminaba despacio al sol de una mañana radiante, cruzando el puente que separaba su barrio del centro de la ciudad, una ciudad luminosa, rodeada de naranjos que pintaban de verde el paisaje y perfumaban el aire de las primaveras. Cogida de su mano, su pequeña hija miraba los frondosos árboles y el río caudaloso que discurría bajo el puente, mientras en su orilla un anciano intentaba con su caña, y una paciencia de santo, pescar algo que le sirviera de cena.  La niña miraba la escena, el empeño de aquel hombre que movía la caña con destreza mientras por encima de su cabeza la gente iba y venía ajena al río, a los naranjos y a él. De pronto, llegaron unos niños ruidosos con los ombligos al aire y despeinados, y empezaron a tirar piedras buscando hacer blanco en la cabeza del pescador. Con gesto serio, la señora les llamó la atención: “Eso no se hace, niños. Está muy mal tirar piedras. Los niños bien educados nunca harían algo así, hay que respetar al prójimo”. La niña veía a su madre reprender a unos niños anónimos que la miraban con indiferencia, y preguntó: ¿Quién es el prójimo, mamá? Y, entonces, la señora le explicó quién era el prójimo y porqué teníamos que respetarlo. Y le habló de las personas, de las calles, del entorno... El prójimo eran también los árboles y las flores de un jardín cualquiera que había que respetar. En un corto espacio de tiempo, la niña había aprendido normas básicas de comportamiento, que a lo largo de su vida recordaría muchas veces. Respetar al prójimo, cuidar el entorno... A la vez que le enseñaba el mundo, su madre la estaba educando.

Seguramente, sin escenas como aquella que recuerdo ahora, no sería hoy la persona que soy. No sería la misma si no me hubieran enseñado unas normas elementales de comportamiento. Primero, en casa: lavarse las manos, utilizar bien los cubiertos, saludar a los vecinos, ceder el paso en las aceras, o el asiento en el autobús a las personas mayores... Después, en el colegio, donde unos profesores, además de enseñarme gramática y geografía, me daban clases de urbanidad. Junto a la familia, el colegio lleva a cabo una labor importante; un buen profesor puede hacer de un niño una persona segura, preparada para afrontar mejor el futuro. Una buena educación nos hará mejores personas, nos ayudará a entender el mundo en que vivimos y, por ende, nos hará más felices. Educar en valores es invertir en futuro. Educar para vivir. Los niños que hoy se forman, dentro de un mundo convulso cada vez más complicado, tienen por delante un horizonte incierto, con un culto excesivo a lo material. Tener cosas, muchas cosas, más que nuestro amigo o nuestro vecino, sin entender que, al final, lo material no siempre da la felicidad. No es comparable la paz de espíritu que puede ofrecer un buen libro, un paseo por el campo, una buena música o una charla distendida, con el tiempo excesivo que se dedica a los móviles. Es triste ver cómo se va perdiendo el diálogo, y hasta la capacidad de pensar, y el móvil va ganando el pulso a la comunicación. Las relaciones interpersonales se enfrían mientras se calienta el discurso de voces intolerantes. Aumenta la desigualdad en el mundo, la diferencia entre razas y credos,  la violencia de género, el acoso escolar..., y son los niños, precisamente, los más vulnerables, y a los que deberíamos proteger con una buena educación. Un niño educado en valores de respeto, equidad y justicia, seguramente será en el futuro un hombre bueno.

Alguien me dijo una vez que era más importante ser que tener. Y empecé a valorar esas pequeñas cosas que nos hacen sentir bien. Aquellas que aprendí de un libro entrañable donde un principito me decía que lo esencial es invisible a los ojos. Con él aprendí también a valorar lo grande, lo hermosa, lo gratificante que puede ser una sencilla puesta de sol. La educación es la base de todo. Educar para vivir. En igualdad y armonía, sin azules ni rosas que nos distingan. Valorando lo esencial. Respetando al prójimo, como aprendí aquella mañana cruzando un puente, paseando entre naranjos que perfuman las primaveras.