20:08h. Viernes, 20 de septiembre de 2019

Deporte de riesgo

Columna de Margarita García-Galán

Leo un artículo sobre la violencia en el fútbol, al tiempo que recuerdo algunos episodios recientes de esos que nos dejan sin palabras. El bochornoso espectáculo, cada vez más frecuente, de peleas entre padres de jóvenes futbolistas, en las gradas y en el mismo campo, ante la mirada atónita de sus propios hijos. Padres y madres enzarzados, resolviendo a golpes algo de vital importancia para ellos: un gol dudoso, una falta, una decisión arbitral cuestiona­da... Es asombroso el grado de agresividad que puede generar un deporte que levanta pasiones, que siguen millones de ojos en el mundo, entre ellos los de tantos niños vulnerables, influenciables, para quienes el fútbol es un referente y los futbolistas ídolos a imitar. Flaco servicio le hacemos a nuestros hijos con este recital de agresividad sin límites. Algo tan noble como el deporte, debería estar exento de esas manifestaciones de fanatismo que rayan en lo grotesco, exhibidos con todo lujo de detalles en vivo y en directo. El mensaje que trasladamos, especialmente a los niños, es penoso: todo vale con tal de ganar. Se puede insultar gravemente a un futbolista y acordarse de la sufrida madre del árbitro tantas veces como quieras, y, por supuesto, hay que defender los colores del equipo como sea, da igual si es insultando, a botellazos, llegando a las manos y hasta matando al rival. Absolutamente vergonzoso.

En el ambiente festivo de un estadio de fútbol se enfrentan aficiones y pasiones furtivas. El entusiasmo legítimo de seguidores, que van a animar a su equipo, se mezcla con la frustración latente de los que van, más que a ver un deporte, a echar fuera sus propios demonios. Y tiran botellas, lanzan bengalas y, si hace falta, sacan la navaja. El fútbol se está convirtiendo en un deporte de riesgo. Un lúgubre escaparate donde, más que una actividad deportiva, se exhibe sin pudor todo un manual de mala educación.

Cuando mis hijos eran pequeños, recuerdo que había en nuestra calle un grupito de niños broncosos que solían amedrentar a los demás con el poder de sus puños. Mis hijos, pacíficos natos, acostumbrados a dialogar, no entendían esos com­por­­tamientos agresivos. Orgullosa de su educación, yo aplaudía su pacifismo, que eligieran siempre hablar en vez de pelear. La paz en vez de la guerra. Convencer antes que vencer. Hacer uso del ar­­ma más poderosa que tenemos: la palabra. Visto lo visto, ese discurso a muchos les suena a chino, a música celestial.

La violencia está de moda. En los colegios, en la calle, en las redes sociales, en el deporte, en la política... El diálogo moderado, edificante, nexo de concordia entre ideas diferentes, se ha convertido en un lenguaje agresivo y soez que se impone: cuantos más insultos, mejor; cuantos más disparates, más votos. Cuanto peor, mejor. Sencillamente descorazonador. El mal uso de la palabra se convierte también en un  arma peligrosa que puede ser letal. Mejor vencer que convencer, no importa lo deleznable que sea el comportamiento a seguir para lograrlo. Las imágenes que hemos visto últimamente en las gradas de un campo de fútbol, o los enfrentamientos entre seguidores fanáticos antes y después de un partido, son bochornosas. Semejante espectáculo de violencia tendría que ser seriamente sancionado, para que sirva de ejemplo y no se repita más. Alrededor del fútbol se mueven actitudes de intolerancia que son cualquier cosa menos deportivas: insultos racistas, sexistas, uso y abuso de banderas, soflamas políticas que están fuera de lugar... El deporte  tendría que estar exento de todo eso. Lejos de todo lo que distorsione su verdadero espíritu: competir, ganar o perder en buena lid. Me gusta el fútbol. Me gusta ver los estadios llenos hasta la bandera luciendo el colorido diverso de aficiones entusiastas animando a su equipo. Me gusta el vértigo de la victoria. Pero me gusta el juego limpio.

Me sobran los aficionados exaltados que convierten el fútbol en un deporte de riesgo.