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09:10h. sábado, 31 de octubre de 2020
Columna de Margarita García-Galán

Me siento en él muchas tardes, es un banquito de madera que mira al mar. Uno de tantos que, a lo largo del paseo marítimo, invitan al descanso, a hacer un alto en el camino cuando voy o vengo de pasear. El banquito es una especie de atalaya donde medir el pulso de lo cotidiano; la vida, especialmente en verano, pasa a su alrededor dejando la sombra de perfiles distintos, presencias de paso, gente diversa que pasea sin prisa charlando de cosas distintas, dejando en el aire el eco de frases sueltas, inconexas, trocitos de vida contada que llegan hasta mí sin querer. “¿Te vas pronto a Madrid?”-pregunta la señora a la amiga que la acompaña-. “No, me quedo aquí. ¿Dónde voy a estar mejor que en este paraíso?”. Desde el banquito sigo su charla, que se va perdiendo con ellas por el paseo. Hablan de los hijos, del trabajo que han perdido, de los nietos que cuidan, del miedo al virus y de lo bien que se está aquí. Comparto lo que dicen, pienso que esto es un pequeño oasis de paz en la complicada actividad que nos ha tocado vivir desde que empezó la pandemia que nos cambió la vida.

Torre del Mar siempre fue para mí un lugar apetecible, un pueblo amable que ha crecido mucho sin perder su encanto, su sabor a pueblo. Lo he visto crecer y embellecerse  desde aquellos primeros veranos de mi adolescencia cuando aún no estaba este precioso paseo junto al mar que recorro casi a diario. Un paseo largo, hermoso, cuidado, que hace las delicias de propios y extraños. También este verano ha estado concurrido, aunque no como otros años. Menos gente y una estética distinta nos recuerda a cada paso que estamos viviendo un tiempo especialmente difícil. Para unos más que para otros. Desde el banquito veo cómo se va el verano, cómo el paseo se va quedando solo, y le digo adiós con los ojos mientras me ajusto la mascarilla, que se ha convertido en mi segunda piel, y me envuelvo en un chal que calienta mis brazos y un poco mi ánimo.

Hoy escribo precisamente cuando el sol alcanza el cenit, el punto más alto en el cielo. Cuando la noche y el día tienen la misma duración. El equinoccio de otoño ha llegado cerrando las puertas de un verano atípico: mascarillas, aforos reducidos, playas cuadriculadas delimitando con sus dibujos diarios la distancia obligada. Un trabajo bien hecho que nos ha permitido disfrutar del mar y del sol socializando de lejos con nuestros vecinos. Las relaciones interpersonales se han empobrecido; las normas nos protegen, pero enfrían los afectos. Desde el banquito los veo pasar, son amigos de siempre que se paran a charlar brevemente de lejos. Nos reímos con los ojos y nos decimos que esto pasará, como todo. Como pasa el verano, como pasan los años, como pasa la vida. Y casi sin querer, hago una crónica imaginaria de este tiempo convulso que nos ocupa y nos preocupa, y pienso que, a su pesar, es un privilegio poder estar ahí, sentada frente al mar exenta ya de obligaciones y horarios, oyendo ese murmullo de olas que es una caricia para el alma, y el aleteo de las ruidosas gaviotas que se agrupan sobrevolando la playa, salpicando de blanco el anochecer del otoño que empieza. Pienso en la gente que ha vuelto ya a sus ciudades, a sus trabajos, después de pasar un tiempo de vacaciones en esta playa de siempre,  tan tranquila, tan apetecible a pesar de las limitaciones obligadas y los miedos que no le son ajenos. No me apetece irme, dejar este mirador de madera que me acerca el ir y venir de la gente con su vida a cuestas. El otoño ha llegado cuando el sol alcanza el cenit y el panorama de lo cotidiano se agita de nuevo tras el paréntesis estival. Volvió la ola, la temida y anunciada ola de ese virus insolente que nos está poniendo a prueba la salud y el ánimo. 

Respiro hondo y me aprieto el chal, y me abandono a la silenciosa calma del paseo pensando en escribir la crónica de ese momento. A lo lejos veo venir a una amiga de siempre. Me saluda al pasar: “¿Todavía estás aquí?”-y me dice adiós con la mano-.

Todavía estoy aquí, sí. ¿Dónde voy a estar mejor?