Buscar
11:08h. miércoles, 25 de noviembre de 2020
Columna de Margarita García-Galán

Ella pasaba por las mismas calles que me veían jugar cuando mi infancia era un río, una iglesia gótica con su torre y sus cigüeñas, un castillo medieval que guarda el recuerdo de una tristeza y una historia familiar abrazada por el verde de pinares inmensos y la majestad de una sierra hermosísima que perfila el paisaje. Carmen Laforet, que frecuentaba y amaba ese entorno, lo eligió para escribir una de sus novelas. Y en la paz sencilla de una casita junto al pantano se aisló con sus perros para crear la historia de La mujer nueva. Para Arenas de San  Pedro fue todo un acontecimiento tener como vecina a la famosa escritora que, con solo 23 años, había ganado el Premio Nadal con su primera novela, Nada. Inmersa en su prosa intimista y maravillosa, con ella viajo en el recuerdo y me adentro en los rincones de su alma a través de sus personajes, y la imagino “rodeada de lo inmenso” entre aromas de resina, escribiendo la novela que ganaría el Premio Menorca y el Nacional de Literatura.

He sabido que la escritora se bañaba en el charco que nos bañaba a todos en aquel tiempo, “La Charca Verde de Arenas”, la llamaba una de sus hijas hablando de la excelente nadadora que era su madre, que le inculcó “el gozo por el agua y el placer de la natación”. En su inocencia de niña, ella pensaba que el premio a su madre era por nadar: “El gran orgullo que sentí a una edad temprana por el premio Nadar concedido a una excelente nadadora, pronto lo trasladé al Premio Nadal concedido a una excelente escritora, que también supo in­culcarme el gozo de la lectura y el placer de la escritura”. He sabido también, por una amiga de infancia que aviva mis recuerdos dormidos, que Laforet pasaba cada día cerca de su casa para ir a misa. Amable y cercana, con sus alpargatas blancas y su sombrero, pasaba entre la gente sencilla, que se acostumbró a la presencia de su figura esbelta y su semblante sereno nublado por el humo de su sempiterno cigarrillo. La veo ahora en unas imágenes antiguas que son una auténtica reliquia: ella, en la casita del pantano,  tecleando en su máquina de escribir en  una rústica mesa de madera junto a una pérgola donde colgaba una frondosa parra. Con sus hijos correteando alrededor, la escritora recibe el cálido homenaje del pueblo después de haber terminado el libro que pronto vería la luz. El alcalde, las autoridades, las muchachas vistiendo sus trajes típicos llegando entre pinares para entregarle un ramo de flores... Una delicia de reportaje, envuelto en el color sepia del ayer y el rancio sonido del noticiero de entonces. Me sorprende ver en él una casa y unas calles que conozco bien, y me emociona saberme correteando por ellas mientras la escritora escribía mirando el mismo paisaje, respirando el mismo aire que respiraba yo. 

A través del gozo de la lectura recorrí con Nada la Barcelona que veían los ojos de una jovencita con ansias de libertad que rompía moldes viviendo a su manera. Carmen Laforet me hizo sentir con esta magistral novela que, a veces, 'nada' es mucho más que todo. Después, busqué la novela que se forjó en el bucólico paisaje que guarda mis raíces, esperando encontrar en ella el latido del lugar donde la escribió. De alguna manera, en su prosa se esconden colores, olores, y el sonido envolvente de los grillos y las chicharras que acompañaban la soledad elegida para dejar en el alma de la protagonista jirones de su propia vida. En el Ayuntamiento de Arenas de San Pedro hay una placa que recuerda ese tiempo: “A doña Carmen Laforet, que escribió en esta ciudad La Mujer Nueva...”. Cuando pueda volver, si me deja esta pandemia horrible que desdibuja el futuro, el recuerdo de la escritora  acompañará mis paseos por esas calles de piedra que la veían pasar, con sus alpargatas y su sombrero, cuando yo ni siquiera sabía del gozo de la lectura y el placer de la escritura, aunque ya sabía gozar chapoteando en los charcos del río Pelayos donde se bañaba ella.

Arenas de San Pedro vivirá para siempre en la esencia de esa prosa espléndida que creció entre pinares verdes en el silencio de un valle, al abrigo de una sierra majestuosa.