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21:25h. domingo, 07 de marzo de 2021
 

Vivimos tiempos en los que la inmensa mayoría de las personas, sean de la edad que sean, se rigen por la ley del mínimo esfuerzo. No son las obligaciones, los trabajos, las dificultades, las situaciones complicadas, lo que nos motiva como cosa común. Buscamos, por lo general, la comodidad, lo fácil, lo que no nos com­plique, implique o limite. 

Pero, a la misma vez, esas mismas per­so­nas, estamos convencidos de que el mundo debe ser mejor. Incluso de que somos nosotros los que lo debemos de hacer mejor. Todos somos llamados de alguna manera, por alguna desconocida fuerza o imán, a ser útiles, a ser solidarios, a ser comprometidos con los tiempos, las personas y las ideas. No basta con estar convencidos de que podemos mejorar y avanzar como individuos y como sociedad, sino que sentimos la necesidad de hacerlo posible, de colaborar con lo que esté de nuestra parte, de que sea una realidad. 

Dar sin esperar nada a cambio no es lo más común, lo más abundante. Sin embargo. existen infinidad de personas de cualquier edad que atienden al instinto de su corazón y se comprometen, participan, colaboran, ayudan… y lo hacen porque su ‘conciencia’ de ser humano le invita a ello. En Cruz Roja, en Cáritas, en ONGs, en asociaciones ecologistas, etc., etc. Incluso hay seres humanos que, sin enrolarse a grupo o movimiento alguno, pasan por la vida siendo útiles, entregados a los demás -a veces en causas perdidas- e incompren­siblemente comprometidos con sus se­me­jan­tes, aunque ello suponga sacrificio per­sonal, menoscabo de posibilidades sociales y económicas, o dificultades para autoreconocerse en medio del ajetreado mundo en el que vivimos.

Ser voluntario es una manera de vivir. A ve­ces, por planteamientos religiosos; otras, por altruismos de procedencia des­co­nocida; incluso por lo que viene a ser comúnmente llamada ‘humanidad’. Ser útil, ser solidario, ser compasivo, ser consciente de que debemos me­jo­rar nuestro entorno, ser…

En la vida hay distintas maneras de encarar la realidad. Una de ellas es dedicarse a ‘ver qué pasa’, y otra a ‘hacer que pase’. El vo­lun­tario toma el segundo ca­mino, el más difícil, sin duda, pe­ro el más gratificante: el que responde a nuestro instinto constructivo, positivo, solidario…

Cuando la vida avanza, los seres hu­manos, por lo general, alcanzan un estatus de madurez, equilibro, comodidad... que por lo común les lleva a una mentalidad de ‘privilegio’. Pero algunos, o casi todos en algunas ocasiones, transforman la men­talidad de privilegio en una mentalidad de servicio, y se comprometen y esfuerzan por compartir sus bienes y sus personas, sus tiempos y sus esfuerzos, sus sabidurías y sus experiencias, con quienes se en­cuentran en alguna situación de des­ventaja.

Ser voluntario en la vida es una forma de ser, un modo de vivir. Es como ser mi­li­tan­te, ser comprometido, ser activo en temas opcionales. Ser voluntario es ser pro­ta­gonista en primera persona de los com­promisos más sinceros, más auténticos, más valientes… Acertado o equivocado, compartido o ignorado, pero en cohe­rencia con lo que creemos, pensamos y defendemos. 

Todos aspiramos a que de nuestros comportamientos se desprendan senti­mientos de honorabilidad, de respetabi­lidad, de aceptación general. Se trata de lograr honor, no honores; de alcanzar el honor, no lo honores… Y la gran dificultad, la mayor parte de las veces, es interpretar adecuadamente qué es eso del honor. Y se trata, como decía Alexander Pope, de algo tan ‘sencillo’ como el “hacer bien tu parte”.

Voluntario es aquel que vive la so­li­da­ridad como opción de vida. Ser voluntario es vivir. Vivir con conciencia y mentalidad de servicio. Vivir con honor. Vivir como un ser integrado en su especie, en su medio, en su tiempo, en su cultura, en sus convicciones… 

Vivir.