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22:29h. domingo, 07 de marzo de 2021

Mi amigo Bauti, el popular pedagogo axárquico López Blanco, reflexivo com­pañero con el que hemos compartido mu­chísimas horas de profesión, de esfuerzos y de entusiasmos, me enviaba hace unos días un texto de firma desconocida (¿Lo habrá escrito él?). Texto que él comparte en plenitud, y que, a sabiendas de que yo también, me invitaba a su difusión. La identificación con el mismo es manifiesta por parte de los que hemos dedicado nuestra vida profesional a la docencia, y que ingresamos en la enseñanza como “profesores de EGB”. Especialmente aquellos que ahora nos hallamos en el periodo llamado de la jubilación. Porque nos fuimos, o nos estamos yendo de la escuela; porque el tiempo avanza imparable y cruel, mudando a la sociedad y a nosotros. El texto dice así:

“Se van. Recogen sus cosas de la clase en una cartera, apagan la luz y se van. 

Llegaron en los setenta. Con sus gafas de pasta, su barba, sus pantalones de pana, sus faldas demasiado largas o demasiado cortas.

Llegaron a centenares, llenando colegios hechos a toda prisa a los que pusieron nombre de poetas o de viejos pedagogos proscritos. Llegaron con una inmensa sed de aprender a enseñar. Pintaron los muros grises de las escuelas con dibujos infantiles.

Querían cambiar el mundo con papel continuo, unos pinceles y unos botes de témpera.

Aprendieron en las escuelas de verano a bailar, a tocar el pandero, a hacer pasta de papel o a conocer el nombre de los árboles y de los pájaros. Se contagiaban unos a otros su ignorancia y la urgencia de cambiar una España aún demasiado sucia, demasiado triste. Se quitaron el don para tutearse con la gente. Ahora los maestros eran solo Jesús, Joaquín, Paloma, Javier, Nieves, Isidoro o Fernando…

Llenaron las bibliotecas de libros y de algún lector. La literatura infantil y juvenil se puso de moda y empezó a ser algo más que Julio Verne o Salgari. Aquellos profes volvieron a sacar a los chicos al campo, a ver las montañas, los ríos, más allá de los atlas. También a las calles de los barrios rescatando los carnavales, con ropas viejas y cabezudos de cartón. Con sus propios errores, y con los ajenos, fueron perdiendo por el camino sus utopías. No todas. Quizá la mayoría. Soportaron el capricho y la estupidez de los políticos y legisladores. Protestaron, a veces no lo suficiente. No les escucharon nunca.

De progres e ilustrados pasaron a ser analfabetos digitales. Pero todo se aprende si se quiere. Mal, pero se aprende. Y, como dice la canción, el tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos, menos para los alumnos. Ellos los siguen viendo como siempre, aunque tengan la misma edad que sus abuelos.

Cada año en el colegio se jubila uno o dos y deja la escuela en esos días azules, con ese sol de la infancia. Sus primeros alumnos tienen ya cuarenta años, o casi. Son los famosos millennials. Algunos son parados o médicos, enfermeros, abogadas, taxistas, incluso algún profesor. Son el resultado de años de trabajo sin ver nunca el fin ni el principio.

No todo fue inútil. Los hay generosos, con talento y un punto de rebeldía. Viven en España y algunos, demasiados, también en el extranjero.

Puede que paseen más por internet que por la calle. Tal vez alguno dejó colgado los estudios y el futuro y se mire las manos vacías. Eso, amigo, no se aprende en la escuela, por desgracia. Pero sobrevivieron a la EGB, al viaje de fin de curso a Mallorca, a los amores y desamores, a la desilusión y, ahora, a la crisis económica. 

La mayoría rechaza la idea de que nada cambiará. Lo aprendieron coloreando con plastidecor y rotuladores Carioca, oyendo las viejas canciones que hablaban de que los piratas pueden ser honrados y los príncipes, malos. Que a los lobitos buenos les maltrataban los corderos, y por eso, ellos no quieren ser ni corderos ni borregos.

Se van los profes de la EGB con el pelo gris, o sin pelo. Pero se van contentos. Hicieron lo que pudieron. Más o menos. Así que se sienten pagados cuando les reconoce por la calle la sonrisa tímida de una exalumna o reciben el abrazo de un muchachote con entradas que quizá se llame Sergio, ¿o era Iván? Entonces, nuestro corazón se alegra. Luego recogemos nuestras cosas y decimos, diremos adiós”.

El profesor de EGB que lo ha redactado sabe de lo que habla. Los maestros, la inmensa mayoría, también. Su lectura nos trae, a muchos, elevadas dosis de nostalgia, de densos recuerdos, de ilusionados sentimientos y de cómplices imágenes vitales de un querido tiempo vivido.