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15:09h. martes, 13 de abril de 2021

Pandemia

Artículo de Francisco Montoro

Es posible que estemos en el principio del fin. Ahora que la vacunación está marchando -aunque lentamente- se nos muestra ya un resquicio para la esperanza. Y es que, tras un año agotador, ya se dibuja un espacio de ilusión y de tiempo nuevo que nos conduzca hasta el ‘paraíso’ perdido que llamábamos normalidad.

Hemos vivido sorpresas y estupefacción ante una realidad deprimente de contagios inesperados por un virus de origen desconocido, ante una escalada de noticias negativas con contagios    impensables, ante unas actitudes insospechadas de nuestra clase política y ante unos datos diarios atormentadores, que más que datos reales se nos antojaban como una pesadilla. Nuevos elementos en nuestras vidas, como mascarillas (higiénicas, quirúrgicas, FPP2,...) distancia social, hábitos higiénicos... Y bulos, muchos bulos, infinidad de bulos... pseudocientíficos, políticosanitarios, corrosivos, leyendas urbanas, humor negro, enfrentamientos partidarios, desafección al sentido común, búsqueda disparatada de remedios, aparición de ‘sabios’ solucionadores...  

Hemos padecido numerosas hipótesis sobre el origen de la desgracia. Que si un escape en un laboratorio de alto secreto, que si una mutación viral en un animal salvaje, que si una guerra entre grandes potencias, que si un diseño terrorista... Desde un mercado de China, desde un laboratorio ultrasecreto de los Estados Unidos, desde un recóndito enclave árabe, desde ‘otros mundos’... ¡De locos!

Hemos tenido que inventar una forma nueva de vivir. Todos hemos hecho un máster acelerado de supervivencia, a la vez que contemplábamos con estupor que miles y miles de paisanos se nos iban por la puerta de atrás. Hemos visto marchar numerosos amigos. Y lo han hecho en soledad, sin consuelo, sin una justificación, ni explicación lógica, sin darnos tiempo, ni ocasión, para despedirlos adecuadamente, sin rehacernos cada día mínimamente de la ruda y triste realidad y sorpresa del anterior. Con dolor, mucho dolor, y sorpresa tras sorpresa, golpe tras golpe. Hemos aprendido un vocabulario nuevo como estado de alarma, pandemia, contaminación, confinamiento, oleada, desescalada, nueva normalidad, etc., etc. 

Ahora nos hemos enterado que esto de las pandemias ocurre -o ha ocurrido- cíclicamente a lo largo de la Historia, casi a razón de una por siglo. Que la última fue hace cien años y fue bautizada como ‘Gripe española’. Y que a estas ‘malas rachas’, el subconsciente de los humanos las arrincona en el olvido.

La pandemia más grave de la Historia, la de 1a gripe ‘española’ (aunque se iniciara en Estados Unidos) de 1918, duró dos años, en tres oleadas de contaminación, con 500 millones de personas infectadas y un total de más de 50 millones de muertes. En aquella ocasión, la mayoría de las defunciones se produjeron durante la segunda ola de contaminación.
Por aquel entonces, la población soportaba tan mal la cuarentena y las medidas de distanciamiento social que, cuando tuvo lugar el primer desconfinamiento, la población empezó a alegrarse en las calles, dando de lado a las precauciones, abandonando el sentido de la responsabilidad. En las semanas siguientes llegó la segunda ola, con decenas de millones de muertes. En nuestro país, España, fallecieron alrededor de doscientas mil personas.

Y aunque parezca curioso la gran mayoría de los españoles de hoy no tenían noticias de la ‘Gripe española’ del pasado siglo. Nadie sospechaba, en el prepotente mundo de hoy, que algo parecido, o peor, podía volver a pasar.

Y estamos viviendo las consecuencias de la no prevención, del deterioro creciente del apoyo económico a la sanidad pública, a la investigación, a la planificación predictiva, a la protección comunitaria y responsable, a la educación en lo necesario, a la previsión exigible...

En pleno túnel, aunque atisbando la luz del final del tránsito, vamos esperanzados hacia la vacunación masiva. Pandemia, vacuna, esperanza. Avanzamos.