04:05h. Miércoles, 14 de Noviembre de 2018

Nadar y guardar la ropa

Artículo de Francisco Montoro

Los refranes son manifestaciones de la sabiduría popular. O lo que es igual, el conocimiento adquirido por generaciones sucesivas, que se concentran en píldoras valiosas de la madurez humana.

A veces no se trata de refranes sino, solamente, de dichos populares, frases, ideas sueltas..., que nos ilustran y ayudan a ‘ir viviendo’. ‘Nadar y guardar la ropa’ es una de ellas.
Nadar supone poseer una técnica que nos permite sobrevivir en un mundo hostil, complicado, al que no estamos adaptados, y que nos facilita permanecer operativos a pesar de vernos inmersos en un fluido ajeno a nuestras características naturales y que necesita de habilidades específicas y especiales para la supervivencia. Nadar es sostenerse flotando en un líquido, desplazarse o sumergirse sin tocar fondo. El agua representa la inseguridad, lo inestable, lo movedizo... Para nadar y flotar es conveniente no tener ataduras ni peso añadido al del propio cuerpo. Hay que despojarse de ropa y abandonar la orilla firme, adentrándose en esa masa líquida que envuelve y amenaza. Nadar  significa arriesgarse. 

Guardar la ropa es una actividad indispensable y de utilidad para los humanos, que pretende sostener bajo control aquello que precisamos, aquello que nos pertenece y que no podemos perder porque nos supondría incomodidad, empobrecimiento, descrédito... Guardar es sinónimo de custodiar, vigilar, conservar en seguro, no arriesgar, retener. La ropa es el símbolo de nuestra imagen exterior, de nuestra posición o situación en la vida ante los demás.

A veces, los humanos nos vemos impelidos a hacer más de una cosa a la vez, lo cual resulta actividad de mérito porque lo lógico es atender a nuestras actividades de una en una.
Cuando hablamos de ‘Nadar y guardar la ropa’ nos referimos a la precaución a tener en cuenta cuando nos lanzamos a alguna actividad que precisa atención y riesgo, a la que añadimos una tarea complementaria.

Freud decía que la vida humana se debate entre dos polos: seguridad y libertad. A más seguridad, menos libertad; a más libertad, menos seguridad. El hombre se mide por su praxis de libertad, por su capacidad de riesgo. Es más quien más arriesga; quien no arriesga, no gana, dice el proverbio.

Estamos viviendo tiempos curiosos y significativos, donde una de las variables más robustas es la clave electoral. En un mes, andaluzas, en seis meses, locales, y en un plazo no largo, aunque desconocido, generales. Tanto los electores como los candidatos viven tiempos complicados de equilibrio, de riesgo, de incertidumbre, de desconfianza...

Nadar y guardar la ropa son los dos extremos de una situación vital: inseguridad, desnudez y riesgo frente a seguridad, vestido y tranquilidad. Este refrán une lo imposible en la práctica. Cada día, por desgracia, es mayor el número de personas que hacen de este asunto su pauta de vida.

Gente que pasa por la vida, interviniendo con astucia para beneficiarse del provecho que pueda producir cada ocasión, sin arriesgarse. Gente que, a nuestro entender, es de poco fiar; gente que tira la piedra y esconde la mano.

Todos, alguna vez en la vida, al menos, nos hemos visto obligados a la doble actividad de nadar y guardar la ropa, simultáneamente. Es complicado, incómodo, desagradable y arriesgado. Pero tan real como la vida misma.

Sin embargo, a la vez, corren tiempos en los que no caben actitudes medias, ni personas no definidas. Es tiempo de riesgo, en libertad y en verdad. Para entrar en él hay que quedarse desnudos, pobres -sin ropa ni seguridad- hay que ser transparentes y cristalinos, tirarse al agua de la vida, mojarse, romper amarras... 

¡Qué difícil es el presente!